Venezuela SOS: Sobra Organización y Solidaridad

Por Mariana Barrios

La tierra habló

El pasado 24 de junio, durante 39 segundos, la tierra recordó con sonora brusquedad su naturaleza indómita. El doblete sísmico que sacudió el norte del país, ensañándose con especial rigor en las estructuras ya vulnerables de la costa central y la capital, detonó de inmediato las alarmas habituales. En el imaginario global, e incluso en el propio, se activó la desgarradora narrativa del infortunio: el código SOS internacional, el ruego histórico que recuerda el desamparo de las almas que claman por auxilio en medio de la dificultad.

Sin embargo, a medida que el polvo de los primeros derrumbes comenzaba a asentarse en las calles de La Guaira y otras zonas costeñas del país, el significado de ese viejo acrónimo de emergencia sufrió una metamorfosis radical. Lejos de la parálisis o del sálvese quien pueda, la respuesta civil demostró que en Venezuela la sigla ha adquirido una acepción estrictamente doméstica, luminosa y desafiante: ante la crisis, lo que S.O.S. significa es que Sobra Organización y Solidaridad.

La primera respuesta

No se trató de un estallido caótico de buenas intenciones, sino del despliegue inmediato de una musculatura social largamente entrenada. En las horas subsiguientes al temblor, antes de que las víctimas lograran comprender lo sucedido y que las maquinarias oficiales o los presupuestos burocráticos lograran sortear sus propios laberintos, las comunidades ya se habían convertido en sus primeros respondientes.

Ante la falta de equipos oficiales, los pobladores utilizaron herramientas improvisadas y sus propias manos para remover escombros y salvar vidas. Las universidades, academias culinarias, iglesias y comercios locales se transformaron en centros de recolección de agua, alimentos y medicinas. Iniciativas privadas y redes vecinales se unieron para llevar platos de comida caliente a las zonas devastadas y a los rescatistas voluntarios.

El poder del nosotros

La escritora Rebecca Solnit argumenta que, los desastres suelen ser las ventanas por donde asoma lo mejor de la condición humana, revelando que el orden social espontáneo es inmensamente más efectivo que la rigidez de los despachos. Junio fue la prueba empírica de esa tesis. A la ciudadanía venezolana le sobra organización porque lleva años gestionando la cotidianidad a pulso, aprendiendo que nuestra verdadera fortaleza no consiste en aguantar pasivamente el golpe, sino en saber cómo articularse de inmediato para levantarse juntos.

Pero la infraestructura logística no es nada sin el combustible que la mueve: la empatía radical. En un contexto donde las carencias materiales ya forman parte del paisaje estructural, el brote de ayuda mutua no provino de la opulencia, sino de la escasez compartida. Vimos el kilo de harina donado por quien apenas tenía dos; las motocicletas de los repartidores urbanos transformadas en ambulancias y transportes de insumos; las manos de jóvenes desconocidos removiendo escombros codo a codo con los afectados.

Ese es el verdadero capital social del país, un entramado invisible de confianza y fraternidad que las sucesivas crisis no han logrado resquebrajar. La solidaridad aquí no se ejerce como una caridad vertical y condescendiente, sino como una economía del cuidado mutuo, indispensable para sostener la vida colectiva cuando los servicios y la arquitectura física se desploman.

Más allá de las diferencias

El fenómeno no se quedó únicamente en el ámbito de las aceras y los vecindarios; escaló de forma inédita hasta los cimientos institucionales del país. En un ecosistema social tantas veces fracturado por la diatriba, el sismo operó como un inesperado disolvente de fronteras ideológicas y dogmáticas. Por un instante suspendido en el tiempo, los partidos políticos arriaron sus banderas de lucha para sumarse, sin consignas ni colores, al voluntariado civil.

Vimos una articulación ecuménica y conmovedora donde Cáritas y los templos católicos coordinaron logísticas codo a codo con las iglesias evangélicas; mientras tanto, los gremios de productores y las asociaciones empresariales ponían sus estructuras de transporte y recursos al servicio de iniciativas de ciudadanos particulares, médicos, ingenieros y profesionales independientes.

Nos fuimos encadenando en una malla invisible pero indestructible. Dejar a un lado la diferencia no fue una renuncia, sino un acto de madurez colectiva ante la coyuntura, una tregua sagrada que demostró que, cuando la urgencia lo exige, compartimos un piso común mucho más sólido que cualquier discordia teórica.

Solidaridad no basta

Sería ingenuo, e incluso irresponsable, permitir que la poesía de la hermandad civil eclipse las demandas pendientes. Que a la sociedad civil le sobren herramientas éticas para amortiguar el impacto del desastre no exime a las instituciones del Estado de sus competencias irrenunciables: la planificación urbana, el mantenimiento de infraestructuras críticas y la gestión  técnica de riesgos sísmicos son deudas estructurales que no se cancelan con voluntariado. La prevención salva vidas antes del sismo; la solidaridad mitiga el dolor después de que ocurre. Ambas deben coexistir, pero la segunda no debe ser el sustituto eterno de la primera.

Este ejemplo de unión, articulación y respuesta ante la catástrofe no puede quedarse atrapado en la memoria de la emergencia; debe servir de fundamento ético para entender cómo abordar la reconstrucción de toda nuestra nación. Porque la reconstrucción que Venezuela urge no se limita al concreto agrietado o a los puentes caídos tras el terremoto. Es una reconstrucción que debe calar en lo moral y en lo estructural: no en lo arquitectónico, sino en lo político y republicano. La asombrosa amalgama de voluntades que vimos en junio —donde el dolor del otro borró las parcelas ideológicas y los dogmas— es, en realidad, el modelo a escala de cómo se debe atender la crisis socioeconómica, política y humanitaria que arrastra el país. Nos demostró que los mecanismos para la salvación de la República ya existen y están vivos en el tejido social.

Este hallazgo es, además, un mensaje elocuente para la comunidad internacional y aquellos actores que hoy acompañan o cooperan en el diseño de nuestro futuro. La reconstrucción de Venezuela no se puede gerenciar con fórmulas rígidas importadas, ni bajo la lógica de visiones ajenas a nuestra propia idiosincrasia. Quien desee entender la verdadera naturaleza del venezolano, su capacidad de trabajo y el motor real que impulsará al país, no debe mirar únicamente las cúpulas o las agendas externas; debe mirar este asombroso despliegue de autonomía civil. Aquí está la radiografía de lo que somos: una sociedad que no espera recetas verticales, sino que posee la madurez para ser la arquitecta de su propio destino.

Esa misma amplitud de miras y generosidad que el ciudadano de a pie demostró en las calles tras el sismo es la que define nuestra visión de cara al concierto internacional y a la administración de nuestras inmensas riquezas. A quienes miran a Venezuela con legítimo interés económico o estratégico, les recordamos que el corazón de este país es tan vasto como sus recursos; aquí no se busca el aislamiento ni la exclusión, y hay un espacio legítimo y asegurado para la inversión y la cooperación global. Sin embargo, el único esquema viable para gestionar ese futuro es el del beneficio mutuo: un ganar-ganar donde la soberanía no se negocie y donde el conocimiento, el trabajo y el bienestar del venezolano de a pie sean el eje central de cada acuerdo. No dejamos a nadie por fuera, porque sabemos construir puentes; pero exigimos que se respete nuestra capacidad para decidir cómo, cuándo y con quién levantamos las bases de nuestra prosperidad.

El nuevo SOS

El próximo movimiento de las placas tectónicas nos encontrará probablemente bajo las mismas vulnerabilidades geográficas, pero nunca más desamparados entre nosotros. El verdadero epicentro de Venezuela no estuvo en las coordenadas del sismo, sino en el pecho de una ciudadanía que aprendió a gobernarse en la emergencia bajo la ley de la fraternidad. Cuando el suelo se mueve, el país lanza al mundo un SOS que ya no es un ruego de auxilio, sino una hoja de ruta y la rotunda certeza de que aquí sobra, y siempre sobrará, organización y solidaridad para refundar la República.

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3 comentarios en “Venezuela SOS: Sobra Organización y Solidaridad”

  1. Redacción Carlos Luis Barrios

    Recomiendo leer este artículo porque ofrece una mirada inteligente y profundamente humana sobre la respuesta de los venezolanos ante una de las tragedias más recientes del país. Mariana Barrios no solo describe lo ocurrido, sino que invita a reflexionar sobre el enorme valor de la organización ciudadana, la solidaridad y la capacidad de un pueblo para unirse cuando más lo necesita.

    Es un texto que deja una enseñanza importante: la reconstrucción de Venezuela no dependerá únicamente de sus instituciones, sino también de la fortaleza de su gente. Una lectura oportuna para comprender que, incluso en los momentos más difíciles, el país sigue encontrando razones para levantarse.

    1. Infinitas bendiciones Mariana Barrios. Excelente artículo. Una descripción hermosa de lo que vale un venezolano, a pesar de las dificultades siempre estamos prestos a servir sin importar cómo

  2. Exelente artículo realmente está situación nos movilizó como nación, todo juntos como hermanos dando lo mejor de sí para superar esta tragedia, definitivamente el pueblo salva al pueblo

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