
El politólogo venezolano sostiene que sustituir gobernantes no será suficiente mientras sobrevivan el centralismo, la arrogancia, el culto al poder y la costumbre de responsabilizar siempre al otro.
Desde Turín, Italia, el doctor Samuel Scarpato Mejuto conversa sobre El síndrome del fantasma caraqueño, una obra de sociología política que identifica más de cien comportamientos capaces de explicar algunas de las fracturas históricas de Venezuela. Entre la experiencia migratoria, la crisis institucional, la educación y la necesidad de formar nuevos liderazgos, el investigador propone una autocrítica que no absuelve al poder ni condena al ciudadano, pero obliga a preguntarse cuánto del país que rechazamos continúa viviendo dentro de nosotros.
Venezuela ha pasado demasiados años buscando un culpable definitivo. Cada generación ha señalado al gobierno anterior, al partido contrario, al empresario, al militar, al extranjero, al centralismo o a la propia historia. No han faltado diagnósticos, promesas de refundación ni dirigentes convencidos de que bastaba con ocupar el poder para corregir cuanto estaba mal. Sin embargo, después de tantas rupturas anunciadas, la nación continúa tropezando con conductas conocidas: el autoritarismo, el caudillismo, la exclusión, el desprecio hacia las regiones y esa peligrosa facilidad con la que un administrador temporal termina creyéndose propietario de la institución que dirige. Frente a esa repetición, el doctor Samuel Scarpato Mejuto plantea una hipótesis incómoda: quizás no sea suficiente cambiar a quienes gobiernan si permanecen intactos los comportamientos que les permiten gobernar de la misma manera.
Scarpato es doctor en Ciencia Política, investigador, profesor universitario y especialista en sociología política y análisis de políticas públicas. Su trayectoria también ha estado vinculada con el desarrollo rural sustentable, la seguridad alimentaria y la investigación científica, áreas desde las cuales ha observado las desigualdades territoriales y la debilidad estructural del Estado venezolano. Desde Turín, Italia, ha continuado pensando al país no únicamente desde la nostalgia del migrante, sino desde la disciplina del académico que sospecha de las explicaciones demasiado cómodas. Su libro El síndrome del fantasma caraqueño nace precisamente de esa sospecha: la crisis venezolana no puede analizarse solo como el resultado de una ideología o de un grupo político, porque existen prácticas culturales que atraviesan tanto a la izquierda como a la derecha. (https://a.co/d/0645IyQs) Adquiere tu ejemplar
El título del libro provoca antes de explicar. Puede parecer una acusación contra Caracas, pero el autor insiste en que no pretende responsabilizar a todos los habitantes de la capital ni establecer una superioridad moral de las regiones. El «fantasma caraqueño» representa una forma de entender el poder, el prestigio y la pertenencia nacional: una mirada centralista que considera secundario cuanto ocurre fuera del centro político, económico y mediático. Ese fantasma puede nacer en Caracas, pero también mudarse a Maracaibo, San Felipe, Madrid, Miami o Turín. No necesita una dirección postal; le basta con encontrar a alguien convencido de que su posición, su acento, su círculo social o su cercanía con el poder le otorgan más valor que a los demás.
El país frente al espejo
La propuesta de Scarpato no es amable, pero tampoco es nihilista. El investigador identifica más de cien comportamientos distribuidos en treinta y tres capítulos, y los presenta mediante ejemplos, reflexiones y un humor ácido que busca disminuir la resistencia natural del lector. Allí aparecen la arrogancia, la obsesión por aparentar, el desprecio hacia quien pregunta, el abuso de las jerarquías, la necesidad de protagonismo y la dificultad para aceptar una crítica. Son conductas que suelen parecer pequeñas cuando ocurren en una conversación, una oficina o un salón de clases, pero que adquieren dimensiones devastadoras al trasladarse a las instituciones públicas y a la conducción nacional.
El autor observa, además, que la apariencia ha funcionado durante décadas como un mecanismo de ascenso y reconocimiento social. La ropa, los automóviles, los círculos de influencia, el consumo ostentoso y la cercanía con figuras de poder han sido confundidos con señales de mérito. En esa lógica, no siempre importa ser, saber o construir, sino parecer cercano al lugar donde se toman las decisiones. La ostentación deja de ser una preferencia privada y se convierte en una forma de legitimidad. El resultado es una sociedad que premia la exhibición, sospecha de la modestia y, en ocasiones, confunde el éxito con la capacidad de demostrar que se posee más que los demás.
Durante la conversación, Scarpato ubica uno de los mayores peligros en la manera como dirigentes de ideologías aparentemente opuestas terminan reproduciendo comportamientos semejantes cuando alcanzan posiciones de mando. Cambia el discurso, se sustituyen los símbolos y se actualizan las consignas, pero permanece el impulso de controlar, excluir y premiar la fidelidad. El problema, por tanto, no se resuelve eligiendo entre etiquetas si quienes las representan conciben la política como una propiedad personal. La izquierda y la derecha pueden enfrentarse públicamente y, al mismo tiempo, coincidir en su intolerancia, en su desprecio por los límites institucionales y en su tendencia a rodearse de quienes aplauden.
A mi juicio, esta es una de las mayores fortalezas de la propuesta de Samuel Scarpato. Su análisis no se refugia en la falsa neutralidad ni borra las responsabilidades de quienes han destruido instituciones y vulnerado derechos; más bien se atreve a explorar el terreno cultural donde esas prácticas consiguen colaboradores, silencios y repetidores. Como entrevistador, encontré en él a un académico capaz de incomodar sin convertir la conversación en una reprimenda. No habla desde un pedestal moral. Se incluye en la revisión, reconoce contradicciones personales y comprende que la autocrítica solo tiene valor cuando quien la propone también acepta mirarse.
El poder no es una herencia
En buena parte de la historia venezolana, el acceso al poder ha sido tratado como una conquista definitiva. Quien llega a una alcaldía, un ministerio, una gobernación, un partido o una organización puede terminar comportándose como si la institución le perteneciera. Se confunde administrar con repartir, gobernar con favorecer y servir con construir redes de obediencia. Scarpato cuestiona esa deformación porque convierte los recursos públicos en instrumentos de gratitud personal. El funcionario deja de aplicar políticas y comienza a entregar beneficios como si provinieran de su patrimonio. El ciudadano, a su vez, puede terminar agradeciendo como favor aquello que le corresponde por derecho.
Esa lógica afecta también la planificación. Los presupuestos destinados al mantenimiento de carreteras, puentes, hospitales, sistemas eléctricos o servicios esenciales pueden sacrificarse para financiar respuestas inmediatas que resulten políticamente rentables. Scarpato no niega que existan emergencias ni poblaciones vulnerables que deban ser atendidas con rapidez, pero advierte sobre el peligro de destruir toda previsión administrativa bajo el argumento de estar ayudando. Cuando gobernar se reduce a repartir, el largo plazo desaparece. El mantenimiento se posterga, las infraestructuras colapsan y la improvisación termina presentándose como solidaridad.
El académico resume una de sus ideas más contundentes cuando sostiene que el poder no necesariamente corrompe: «El poder revela». Revela la formación previa, el sentido de los límites, la capacidad de escuchar y la relación de una persona con la realidad. Alguien que alcanza una posición sin preparación, sin trayectoria verificable y sin hábitos democráticos probablemente no desarrollará esas virtudes de manera espontánea después de asumir el cargo. Por ello, Scarpato insiste en la necesidad de evaluar perfiles, antecedentes profesionales, desempeño comunitario y capacidad administrativa. Una nación no debería entregar su conducción únicamente a quien ha dominado la retórica, la protesta o la maquinaria partidista.
Su cuestionamiento a la cantera tradicional de dirigentes resulta especialmente pertinente. Haber encabezado un centro de estudiantes, un sindicato o una organización partidista puede constituir una experiencia valiosa, pero no debería considerarse suficiente para administrar un país. El autor pregunta dónde se están formando los próximos liderazgos y qué criterios empleará la ciudadanía para reconocerlos. Propone observar los parlamentos locales, los consejos comunitarios, los gremios profesionales y los espacios donde el servicio pueda ser evaluado antes de que alguien aspire a responsabilidades mayores. La política necesita vocación, pero también competencia; necesita sensibilidad, pero no puede prescindir de conocimientos.
El centralismo que empequeñece al país
Uno de los ejes más sólidos de El síndrome del fantasma caraqueño es la crítica a la hipercentralización presupuestaria. Venezuela ha distribuido históricamente buena parte de sus recursos tomando como referencia la concentración poblacional y política, lo que termina reforzando las desigualdades existentes. Las universidades, los hospitales especializados, las infraestructuras culturales, los aeropuertos y los grandes proyectos se ubican donde ya existe mayor densidad de servicios. Las regiones que permanecen rezagadas reciben menos inversión precisamente porque tienen menos población, y tienen menos población porque carecen de oportunidades suficientes para retenerla. El círculo se cierra con una eficiencia casi cruel.
Scarpato recuerda que muchos pueblos venezolanos dependen de iniciativas familiares o privadas incluso para reparar sus entradas, embellecer espacios públicos o sostener proyectos culturales. Mientras determinadas zonas reciben complejos de gran escala, otras deben resolver necesidades básicas con recursos mínimos. No se trata de quitarle a Caracas cuanto le corresponde, sino de comprender que un país no puede desarrollarse si obliga a la provincia a migrar para estudiar, atender una enfermedad, encontrar empleo o acceder a espacios de creación. La desigualdad territorial no es únicamente económica: también comunica quién merece ser visto y quién debe conformarse con esperar.
El lenguaje revela ese orden simbólico. En Venezuela se habla con frecuencia de «Caracas» y «el interior», como si la capital fuera el país y todo lo demás una prolongación periférica. Scarpato ironiza con la expresión porque, al vivir en Italia, el juego entre interior y exterior adquiere un absurdo evidente. Aquello que parece una frase inocente reproduce una jerarquía: unos ocupan el centro de la narrativa y otros son definidos por su distancia respecto de él. El desprecio puede manifestarse en burlas hacia los acentos, en estereotipos regionales o en la idea de que hablar de determinada manera constituye la única forma correcta de hablar venezolano.
La reconstrucción nacional, por lo tanto, exigiría algo más profundo que descentralizar oficinas. Requeriría reconocer la diversidad productiva, cultural y humana del territorio. Exigiría que la seguridad alimentaria, el desarrollo rural, la protección ambiental y la economía regional dejaran de ser capítulos secundarios dentro de los programas nacionales. Scarpato ha trabajado precisamente en esas áreas y sabe que un país dependiente de pocas ciudades y de una sola lógica económica termina siendo más vulnerable. Redistribuir oportunidades no significa fragmentar a Venezuela, sino permitir que sus regiones contribuyan desde sus capacidades reales.
Migrar también obliga a aprender
La migración aparece en la conversación como una tragedia y, al mismo tiempo, como una escuela severa. Millones de venezolanos han debido adaptarse a sociedades donde las normas se aplican con mayor rigor, los impuestos forman parte de la vida cotidiana y los derechos conviven con deberes claramente exigidos. Esa experiencia puede revelar hábitos que en Venezuela permanecían normalizados: ignorar una regla de tránsito, improvisar ante un procedimiento, exigir atención sin cumplir requisitos o asumir que la simpatía personal sustituye la responsabilidad ciudadana. Vivir fuera obliga a comprender que la convivencia no depende únicamente de la cordialidad, sino también de la disciplina colectiva.
Scarpato considera que los venezolanos hemos crecido en una cultura especialmente consciente de los derechos, pero menos constante al momento de asumir deberes. No se trata de negar que el Estado venezolano haya incumplido obligaciones elementales ni de responsabilizar a la población por la crisis institucional. El punto es otro: una república no puede sostenerse si cada ciudadano reclama el cumplimiento ajeno mientras se concede excepciones personales. La democracia comienza también en la fila respetada, en el impuesto pagado, en la norma de convivencia y en la aceptación de que el espacio público no pertenece a quien grita más fuerte.
La autocrítica migratoria, sin embargo, debe administrarse con cuidado. En un contexto de xenofobia y estigmatización, señalar comportamientos negativos podría ser utilizado para justificar prejuicios contra toda una nacionalidad. Scarpato no desconoce ese riesgo. Su propuesta no afirma que los venezolanos sean esencialmente problemáticos, arrogantes o incapaces de integrarse. Por el contrario, reconoce la sensibilidad, la solidaridad y la capacidad de trabajo como virtudes que deben protegerse. La revisión busca separar aquello que merece conservarse de lo que necesitamos corregir; no entregar argumentos a quienes desprecian al migrante.
Esa distinción me parece fundamental. La venezolanidad no necesita una campaña de demolición emocional, sino una evaluación adulta. Un país herido puede sentirse tentado a refugiarse en una versión idealizada de sí mismo: fuimos los más alegres, los más generosos, los mejor educados, los anfitriones perfectos. Pero ninguna identidad se fortalece repitiendo elogios hasta convertirlos en dogma. También se fortalece aceptando fallas sin renunciar a la dignidad. Samuel Scarpato no propone avergonzarnos de ser venezolanos; propone dejar de utilizar el orgullo como excusa para no corregirnos.
La ciudadanía antes del salvador
La pregunta más difícil de la entrevista surge al imaginar una desaparición repentina de la clase política venezolana. ¿Estaría la sociedad preparada para construir algo diferente? Scarpato no ofrece una respuesta tranquilizadora. Sustituir dirigentes sin revisar los mecanismos que los producen podría conducir a la aparición de figuras con iguales defectos. Si los partidos continúan premiando la obediencia, si la ciudadanía elige por carisma y si la trayectoria profesional importa menos que la capacidad de movilizar emociones, el nuevo elenco puede terminar interpretando el mismo libreto.
De allí su insistencia en una frase breve que resume buena parte de la conversación. Cuando se le pregunta si Venezuela necesita un nuevo liderazgo o una nueva ciudadanía, responde sin rodeos: «Una nueva ciudadanía». La afirmación no minimiza la importancia de los dirigentes; establece que ningún liderazgo democrático puede sostenerse sin una sociedad capaz de vigilarlo, exigirle y sustituirlo cuando corresponda. Esperar un salvador significa renunciar anticipadamente a esa responsabilidad. El caudillo crece donde la ciudadanía se reduce a espectadora, beneficiaria o multitud movilizada.
La desconfianza acumulada complica cualquier proyecto colectivo. El venezolano desconfía del Estado, de los partidos, de la oposición, de los medios, de los empresarios y, a veces, del vecino. Esa reacción tiene antecedentes comprensibles: promesas incumplidas, corrupción, violencia institucional, propaganda y deterioro económico. Pero la desconfianza total puede convertirse en otra forma de parálisis. Cuando nadie cree en nadie, el espacio queda libre para quien controla los recursos, la fuerza o la narrativa. Reconstruir confianza no significa pedir ingenuidad; significa establecer reglas verificables, responsabilidades claras y mecanismos de rendición de cuentas.
Scarpato cuestiona, en ese sentido, los requisitos mínimos exigidos para aspirar a cargos de enorme responsabilidad. La legislación suele concentrarse en la edad, la nacionalidad y la inexistencia de antecedentes penales, pero dice poco sobre la capacidad demostrada para administrar, cumplir compromisos o convivir democráticamente. El académico lleva el argumento hasta ejemplos cotidianos: el comportamiento comunitario, la historia profesional, el respeto por los demás y la responsabilidad previa deberían servir como indicadores. Puede parecer una aspiración difícil de convertir en norma, pero apunta a un problema real: la sociedad exige más credenciales para dirigir una empresa que para conducir instituciones de las que depende la vida de millones.
Educar para pensar y decidir
La salida propuesta no se limita a la reforma electoral. Scarpato concede un papel central a la educación y recuerda la importancia del programa Aprender a pensar, impulsado en Venezuela durante la gestión de Luis Alberto Machado. La creatividad, la capacidad de resolver problemas y la toma de decisiones deberían enseñarse desde la infancia. Memorizar contenidos no basta si el estudiante no aprende a evaluar una situación, asumir consecuencias, escuchar una posición contraria y corregir un error sin sentir que su dignidad ha sido destruida.
El investigador también reivindica las artes, la música, la literatura, la filosofía y la conciencia ambiental. No las concibe como adornos escolares, sino como herramientas para desarrollar sensibilidad, pensamiento complejo y cooperación. Una sociedad obsesionada únicamente con competir puede producir profesionales técnicamente capaces, pero emocionalmente incapaces de construir comunidad. Aprender a reírse de los propios errores, en lugar de humillar a quien se equivoca, sería una pequeña revolución cultural en un país donde preguntar puede convertirse en motivo de burla y donde la crítica suele interpretarse como enemistad.
A ello suma la necesidad de vincular a las universidades con sectores estratégicos: la producción alimentaria, el desarrollo rural, la agricultura, el ambiente y las comunidades. Scarpato propone que una parte del servicio universitario se oriente hacia esas áreas, independientemente de que el estudiante curse Derecho, Arquitectura, Economía, Administración o cualquier otra carrera. El conocimiento debería salir de las aulas para responder a problemas concretos. Una universidad desconectada del territorio puede otorgar títulos, pero difícilmente contribuirá a reconstruir una nación.
La educación republicana supone también aprender a aceptar límites. Scarpato contrasta tradiciones políticas moderadas y radicales, revisa figuras históricas como Francisco de Miranda, Simón Rodríguez y Andrés Bello, y advierte sobre la tendencia venezolana a imaginar que una nueva Constitución o el cambio de nombre de una institución resolverán automáticamente problemas culturales. Derribar puede ser rápido; construir legitimidad exige paciencia, continuidad y respeto por procedimientos que no siempre producen recompensas inmediatas.
Autocrítica sin borrar responsabilidades
Uno de los riesgos de esta discusión consiste en convertir la responsabilidad ciudadana en una coartada para quienes controlan el Estado. Si todos somos parte del problema, alguien podría concluir que nadie es responsable de los abusos concretos. Scarpato rechaza esa equivalencia. Las violaciones de derechos humanos, la corrupción y el uso arbitrario del poder deben investigarse y sancionarse. La autocrítica social no reemplaza la justicia ni distribuye por igual responsabilidades que son distintas en naturaleza y magnitud.
Cuando se le pregunta si puede existir reconciliación sin justicia, responde: «Difícil». La palabra, aunque breve, contiene una advertencia. Reconstruir un país puede exigir acuerdos, transiciones y decisiones operativas complejas, pero pasar la página sin determinar qué ocurrió puede dejar intactas las estructuras que hicieron posible el daño. El investigador utiliza la imagen de un barco averiado: es necesario llegar a puerto, pero también reparar los huecos que podrían hundirlo antes de alcanzar la costa. Atender la emergencia y corregir las causas no son tareas excluyentes.
El desafío consiste en decidir qué puede esperar y qué debe abordarse de inmediato. Una sociedad en crisis necesita recuperar la economía, los servicios, la institucionalidad y la convivencia mientras enfrenta las heridas del pasado. No existe una secuencia perfecta. La reparación del barco ocurre durante la travesía. Esa imagen evita dos extremos: paralizar todo hasta resolver cada deuda histórica o sacrificar la justicia con el argumento de que primero debe estabilizarse el país. Ambas dimensiones son urgentes, aunque sus ritmos sean diferentes.
En este punto, la entrevista adquiere una profundidad que trasciende el libro. Samuel Scarpato no ofrece una fórmula de reconstrucción nacional ni presume haber encontrado una causa única. Propone un ejercicio de reconocimiento. La política venezolana ha oscilado entre extremos porque cada proyecto se presenta como una negación absoluta del anterior. El péndulo cambia de dirección, pero conserva la violencia de su movimiento. Moderar no significa carecer de convicciones; significa comprender que una república necesita continuidad, controles y ciudadanos capaces de convivir sin exigir la desaparición del adversario.
La esperanza después del diagnóstico
En el tramo final de la conversación, las preguntas rápidas permiten condensar algunas de sus posiciones. Considera que la izquierda y la derecha venezolana se parecen más de lo que reconocen, señala la pérdida del sentido de la realidad como uno de los comportamientos más peligrosos en un dirigente y defiende la sensibilidad como una virtud esencial de los venezolanos. No idealiza la migración ni asegura que automáticamente nos haya hecho mejores ciudadanos. Cambiar de país puede abrir una oportunidad de aprendizaje, pero ninguna frontera transforma por sí sola a quien se niega a revisar sus hábitos.
Scarpato tampoco se instala en la desesperanza. Su libro está escrito desde la convicción de que identificar un comportamiento permite modificarlo. La autocrítica sería inútil si solo sirviera para enumerar defectos nacionales. El propósito es recuperar lo más valioso de la venezolanidad: la cordialidad, la solidaridad, el humor, la capacidad de acompañar al otro y la disposición a comenzar nuevamente. El espejo no se coloca para humillar a quien se mira, sino para permitirle reconocer la mancha antes de salir de casa.
Al preguntarle qué le gustaría que pensara un joven que leyera su libro dentro de cincuenta años, cuando Venezuela ya se hubiera reconstruido, su respuesta apunta al esfuerzo: «Sí se pudo» y «valió la pena». Desea que aquella generación comprenda que la crisis, aunque dolorosa, pudo fortalecer a la sociedad y enseñarle a pensar. No hay romanticismo en esa esperanza. Los pueblos no necesitan sufrir para aprender, pero cuando el sufrimiento ya existe, renunciar al aprendizaje equivale a desperdiciar incluso la posibilidad de salir distintos.
La imagen del barco regresa antes de la despedida: «Si nos sentamos a llorar, el barco no va a llegar a puerto». La frase no desprecia el dolor ni exige una fortaleza teatral. Reconoce que el duelo puede acompañar el trabajo, pero no sustituirlo. Venezuela tiene derecho a llorar lo perdido, a reclamar justicia y a recordar a quienes fueron obligados a marcharse. También tiene la responsabilidad de reparar, enseñar, producir, descentralizar y formar ciudadanos que no conviertan nuevamente el poder en propiedad.
El síndrome del fantasma caraqueño propone, en definitiva, una discusión que muchos preferirían aplazar. Es más fácil derrotar simbólicamente al enemigo que revisar la conducta propia. Es más cómodo exigir transparencia que practicarla, denunciar el privilegio mientras se busca uno y criticar el centralismo cuando se está lejos del centro. La obra de Samuel Scarpato no asegura que todos los venezolanos sean iguales ni pretende explicar por sí sola la magnitud de la crisis. Su mérito consiste en formular una pregunta que ningún proyecto serio de reconstrucción debería evitar: ¿qué debemos cambiar en nosotros para que el futuro no termine pareciéndose demasiado al pasado?
Venezuela no necesita renunciar a su identidad para evolucionar. Necesita separar el orgullo de la arrogancia, la espontaneidad de la indisciplina, la alegría del irrespeto y la solidaridad del clientelismo. Necesita dirigentes preparados, pero también ciudadanos que no entreguen su criterio a cambio de una promesa. Necesita justicia sin venganza, reconciliación sin amnesia e instituciones que no dependan del humor de quien las ocupa. Sobre todo, necesita comprender que la democracia no comienza el día de una elección ni termina cuando se anuncian los resultados: se construye cada vez que alguien acepta que el país también pertenece a quien piensa distinto.
Tal vez el fantasma más difícil de expulsar no sea el que recorre los palacios, los partidos o los ministerios, sino el que aparece cuando creemos que la norma es para los demás, que nuestra región vale menos, que preguntar es signo de ignorancia o que gobernar consiste en repartir favores. Reconocerlo no nos hace peores venezolanos. Puede convertirnos, por fin, en ciudadanos más conscientes de la nación que todavía podemos construir.
Porque cambiar un gobierno puede tomar una jornada histórica. Cambiar una cultura política exige generaciones. Pero toda transformación colectiva comienza con un gesto íntimo: dejar de señalar el espejo como si el reflejo perteneciera siempre a otro.
La pregunta queda abierta para cada venezolano, dentro y fuera del país:
¿Qué comportamiento debemos cambiar primero para comenzar a reconstruir Venezuela?
La mayor virtud de Samuel Scarpato no está en ofrecer respuestas definitivas, sino en atreverse a formular preguntas que muchos prefieren evitar. Su libro y esta conversación nos recuerdan que reconstruir una nación implica revisar también nuestras conductas, nuestras costumbres y la manera en que entendemos el poder y la ciudadanía.
Leerlo es abrir un espacio para pensar a Venezuela desde una perspectiva poco habitual: la de la autocrítica serena, fundamentada y propositiva. Esa, precisamente, es la clase de conversaciones que merece la pena tener.
Carlos Luis Barrios