Una canción para Lucía

 

En agosto de 1985, la neblina descendía sobre Mucuchíes poco antes de las seis y borraba lentamente las montañas. Las calles olían a leña, a pan dulce y a tierra húmeda. En las casas se encendían las luces amarillas, mientras la plaza quedaba envuelta en ese silencio de los pueblos donde todos parecían conocerse, aunque todavía quedaran dos personas por descubrirse.

Daniel vio a Lucía por primera vez una mañana de domingo, después de la misa. Ella estaba junto a la fuente con sus primas, abrigada con un suéter azul y una bufanda demasiado larga. Había llegado desde Barquisimeto para pasar unas semanas en casa de sus abuelos.

Lucía levantó la mirada y lo sorprendió observándola.

Daniel fingió interesarse en las palomas. Ella sonrió.

Tenían dieciséis años.

Durante los días siguientes comenzaron a encontrarse en la plaza. Al principio se saludaban desde lejos. Luego Lucía se sentó una tarde en el mismo banco donde él fingía leer una revista.

—¿Siempre lees la misma página? —preguntó.

Daniel cerró la revista, avergonzado.

—Solo cuando alguien me distrae.

Lucía bajó los ojos. Fue la primera vez que el silencio entre ellos se pareció a un secreto.

Desde entonces caminaron juntos todas las tardes. Hablaban de las canciones de la radio, de las ciudades que querían conocer y de cómo sería la vida cuando fueran mayores. Daniel quería estudiar en Mérida. Lucía aún no sabía qué deseaba, pero decía que algún día tendría una casa con ventanas grandes y un jardín de hortensias.

Nunca se tomaban de la mano. Caminaban tan cerca que sus dedos se rozaban de vez en cuando, y aquel contacto breve los dejaba callados durante varios metros. Ninguno se atrevía a buscarlo; ninguno hacía nada por evitarlo.

Una tarde comenzó a lloviznar. Se refugiaron bajo el corredor de una casa cerrada. Lucía tenía pequeñas gotas sobre el cabello y las mejillas enrojecidas por el frío. Daniel quiso besarla, pero solo se atrevió a acomodarle la bufanda.

Sus dedos rozaron el cuello de ella.

Lucía lo miró como si hubiera comprendido todo lo que él no sabía decir.

—Mañana regreso a Barquisimeto —murmuró.

Daniel retiró las manos. De pronto, el pueblo entero le pareció demasiado pequeño para contener aquella noticia.

Esa noche llamó a la emisora de Mérida y pidió «Manantial de corazón», de Yordano. Esperó junto al teléfono del corredor hasta que el locutor anunció:

—Para Lucía, la muchacha de la bufanda larga, de parte de alguien que no quiere que se vaya sin saber que este agosto fue distinto.

Daniel marcó el número de la casa de los abuelos. Lucía contestó cuando la canción ya había comenzado.

Permanecieron en silencio, cada uno con el auricular junto al oído. No necesitaban hablar. La música llenaba la distancia entre ambas casas y decía por ellos aquello que todavía les quedaba demasiado grande.

—¿Fuiste tú? —preguntó Lucía al terminar.

—Sí.

Ella guardó silencio unos segundos.

—Entonces espérame mañana junto a la fuente.

Daniel llegó antes de las siete. Lucía apareció acompañada por su abuelo, que cargaba las maletas. Solo pudo apartarse unos minutos. Le entregó un casete transparente con una cinta blanca donde había escrito su nombre.

—Para que no te olvides de mí.

—No necesito esto para acordarme.

—Pero yo necesito saber que lo tienes.

Daniel tomó el casete. Sus manos permanecieron juntas un instante, tibias a pesar del frío. Lucía se acercó y lo besó apenas en la mejilla. Fue un roce tan leve que durante años él dudó si había sucedido o si lo había imaginado.

La vio subir al automóvil y desaparecer por la carretera entre la neblina.

Aquella tarde escuchó el casete. Había canciones grabadas de la radio, algunas incompletas y otras interrumpidas por la voz del locutor. En la última sonaba «Manantial de corazón».

Daniel rebobinó la cinta con un bolígrafo y volvió a escucharla.

Lo hizo muchas veces durante aquel agosto.

No porque la canción pudiera traer a Lucía de regreso, sino porque, mientras sonaba, todavía sentía sus dedos entre los suyos y aquel primer beso continuaba demorándose sobre su mejilla.

Comparte este artículo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio