No sé qué hiciste para gustarme tanto.
Tal vez fue aquella mañana en que me pediste los apuntes de Matemáticas. Cuando fui a entregártelos, pusiste tu mano sobre la mía para que no cerrara el cuaderno y nuestros dedos quedaron juntos durante unos segundos. Tú sonreíste. Yo también, aunque por dentro sentí que el corazón me daba un salto.
Desde entonces, cada vez que te acercas a mi pupitre, me pregunto si vienes por mis apuntes o porque de verdad te gusta hablar conmigo. A veces creo que es por mí. Sobre todo cuando me miras un poco más de la cuenta, cuando me esperas a la salida o cuando caminas a mi lado y tu hombro roza el mío.
Pero después la miras a ella.
Y cuando lo haces, el mundo se detiene. Me quedo observándote mientras sonríes de esa manera que yo quisiera guardar solamente para mí. Entonces siento algo extraño y triste, como si me muriera un poco sin que nadie pudiera notarlo.
Ojalá algún día me miraras así. Ojalá tomaras mi mano y no la soltaras enseguida. Yo caminaría contigo hasta donde quisieras, aunque no dijéramos una sola palabra.
Pero jamás te contaré nada.
Tengo miedo de perder tus sonrisas, tus saludos y esos pequeños instantes en los que puedo imaginar que vienes a buscarme por algo más que un cuaderno.
Por eso guardaré esta carta donde tú nunca puedas encontrarla.
Y mañana, cuando vuelvas a pedirme los apuntes, te los prestaré como siempre. Procuraré que no me tiemblen los dedos cuando vuelvas a tocarme.