El verano en Choroní olía a cacao tostado, sal y mangos abiertos contra las piedras. A las cuatro de la tarde, cuando el sol descendía detrás de la montaña y las fachadas coloniales recuperaban sus colores, Mariana atendía la pequeña posada de su abuela frente a la plaza Bolívar.
Fue allí donde conoció a Gabriel.
Llegó un lunes de julio, con una mochila demasiado grande, una cámara fotográfica y la torpeza de quien entra en un lugar creyendo que nadie reparará en su presencia. Preguntó por una habitación con vista al mar.
—Desde aquí no se ve el mar —respondió Mariana—. Para verlo hay que caminar.
Gabriel miró hacia el fondo de la casa, donde un corredor de baldosas antiguas conducía hasta un patio cubierto de cayenas rojas.
—Entonces caminaré.
Ella le entregó la llave del cuarto número tres y decidió que aquel muchacho le caía mal.
A la mañana siguiente lo encontró sentado en la cocina, intentando conversar con su abuela mientras bebía un café tan oscuro que parecía guardar la noche en el fondo de la taza. Había venido desde Caracas para fotografiar pueblos costeros antes de marcharse a estudiar fuera del país. Le quedaban veintisiete días en Venezuela.
—Veintiséis —lo corrigió Mariana—. Uno ya lo gastaste preguntando por una vista que no existe.
Gabriel sonrió. Tenía una manera tranquila de hacerlo, como si aceptara de antemano todas las derrotas.
Durante los días siguientes comenzó a esperarla al terminar su jornada. Caminaban hasta Playa Grande por la carretera estrecha, bajo los samanes y las matas de plátano. Él fotografiaba puertas, pescadores, perros dormidos y ancianas asomadas a las ventanas. Mariana se burlaba porque nunca retrataba el mar.
—El mar ya sabe que es hermoso —decía Gabriel—. La gente todavía necesita que se lo recuerden.
Ella fingía que aquellas palabras no la conmovían.
Una tarde cruzaron en lancha hasta Chuao. El pueblo los recibió con su olor a cacao secándose al sol y el golpe distante de los tambores. Mariana caminó descalza por la plaza, saltando entre los granos extendidos frente a la iglesia. Gabriel levantó la cámara, pero ella le cubrió el lente con una mano.
—Hoy no.
—¿Por qué?
—Porque si tomas una foto, después creerás que estuviste aquí. Y estar en un lugar es otra cosa.
Él bajó la cámara.
Entonces bailaron.
Ninguno sabía hacerlo bien. Gabriel tropezaba y Mariana se reía con la cabeza echada hacia atrás, mientras el tambor corría entre las casas y levantaba una alegría antigua. Cuando comenzó a llover, se refugiaron bajo el alero de una vivienda. El agua borró el polvo de sus brazos y enfrió las piedras de la plaza. Gabriel la besó sin anunciarlo, con una suavidad que no parecía propia de alguien a punto de marcharse.
Mariana no lo apartó.
Desde aquel día evitaron hablar de los veintisiete días.
Se encontraban al amanecer, antes de que la abuela abriera las ventanas de la posada. Nadaban hasta cansarse, compartían empanadas de cazón en el malecón y escribían sus nombres con los dedos sobre la arena mojada. A veces permanecían en silencio, mirando cómo las lanchas regresaban con el vientre lleno de pescado.
Gabriel le prometió cartas.
Mariana le dijo que no prometiera nada.
—¿No crees en el amor a distancia?
—Creo en la distancia —respondió ella—. El amor es el que suele dejar de creer.
La última noche cenaron en el patio de la posada. La abuela preparó pescado frito, tostones y una jarra de papelón con limón. Nadie mencionó el viaje. Las cayenas se movían bajo una brisa leve y, desde alguna casa vecina, llegaba la voz de un hombre cantando un bolero.
Cuando la abuela se retiró, Gabriel puso sobre la mesa un sobre cerrado.
—Ábrelo mañana.
—Mañana no quiero nada tuyo.
—Por eso debes abrirlo mañana.
El autobús salió antes del amanecer. Mariana no fue a despedirlo. Permaneció acostada, escuchando el motor alejarse por la carretera hasta que el rumor se confundió con el mar. Solo entonces abrió el sobre.
Dentro encontró una fotografía.
No aparecían juntos. Tampoco estaba la plaza de Chuao ni la playa bajo el atardecer. Era una imagen del patio de la posada: las baldosas húmedas, la mecedora vacía de su abuela y una cayena roja recién caída. Al reverso, Gabriel había escrito:
No fotografié el mar porque sabía que tendría que dejarlo. A ti te fotografié sin que aparecieras, porque todavía no sé cómo marcharme.
Mariana guardó la fotografía en el cajón donde su abuela conservaba las cuentas vencidas, los escapularios rotos y las cartas de los muertos. Después continuó atendiendo la posada.
Durante algunos meses llegaron mensajes desde ciudades cuyos nombres le parecían fríos. Luego fueron espaciándose hasta desaparecer. Mariana nunca le reclamó. Había amores que no terminaban por falta de sentimiento, sino porque la vida, esa administradora despiadada, cerraba sus cuentas sin consultar a nadie.
Muchos años más tarde, un hombre llegó a la posada acompañado por una niña. Preguntó si quedaba alguna habitación con vista al mar.
Mariana levantó la cabeza.
Gabriel estaba más delgado y tenía algunas canas, pero conservaba aquella sonrisa serena de quien acepta las derrotas antes de librarlas. La niña sostenía una cámara fotográfica entre las manos.
—Desde aquí no se ve el mar —respondió Mariana.
Él miró hacia el corredor. Las cayenas continuaban floreciendo en el patio, rojas y obstinadas, como si para ellas no hubiera pasado el tiempo.
—Entonces caminaremos.
Mariana tomó la llave del cuarto número tres y la dejó sobre el mostrador. No preguntó quién era la niña ni cuánto tiempo pensaban quedarse. Afuera, Choroní olía a cacao, sal y mangos abiertos contra las piedras.
El verano, comprendió, no había regresado.
Tan solo llevaba todos aquellos años esperando que alguien volviera a pronunciarlo.