
Cada vez más personas encuentran en la inteligencia artificial algo que ya no logran encontrar en otros humanos: tiempo para escucharlos
Hace unos días, después de un turno de trabajo larguísimo, un venezolano me dijo algo que todavía no logro quitarme de la cabeza. Estábamos en una tienda casi vacía de Long Island comprando café recalentado cuando soltó:
—Últimamente hablo más con ChatGPT que con mi propia familia.
No me reí.
Porque entendí exactamente lo que quería decir.
Sus padres siguen en Venezuela. Sus amigos viven ocupados sobreviviendo. Y él, como muchos migrantes, pasa buena parte de sus días trabajando, resolviendo problemas, pagando cuentas y tratando de no derrumbarse demasiado fuerte. Me contó que a veces llega de madrugada al apartamento, se sienta en la cama sin sueño y abre ChatGPT para escribir cualquier cosa. Estrés. Ansiedad. Ideas sueltas. Rabia. Miedo. No porque crea realmente que una máquina puede comprenderlo, sino porque del otro lado, al menos, siempre hay una respuesta.
Y mientras lo escuchaba pensé en algo incómodo: quizás estamos entrando en una época donde la inteligencia artificial ya no solo organiza información. También está empezando a ocupar espacios emocionales que antes pertenecían a otros seres humanos.
Lo inquietante es que casi nadie parece querer hablar seriamente de eso.
No desde el alarmismo tecnológico barato. No desde la película futurista donde los robots dominan el mundo. Hablo de otra cosa mucho más cotidiana y silenciosa. Personas cansadas. Gente emocionalmente agotada. Migrantes que viven solos. Jóvenes que perdieron habilidades sociales después de años relacionándose más con pantallas que con personas. Adultos incapaces de pagar terapia en Estados Unidos porque una sesión puede costar lo mismo que una compra completa del supermercado.
Y en medio de todo eso aparece la inteligencia artificial: disponible las veinticuatro horas, rápida, aparentemente paciente y siempre lista para responder.
Hace poco releía una entrevista de la socióloga Sherry Turkle publicada en El País. Turkle, que lleva años estudiando la relación emocional entre humanos y tecnología, decía algo que no he podido sacarme de la cabeza: “Esperamos más de la tecnología y menos de las personas”.
La frase tiene más de diez años. Y sin embargo parece escrita para esta semana.
Mientras la leía pensé en todas esas conversaciones que uno escucha ahora entre migrantes. Gente que dice que ya no quiere “molestar” a sus amigos con problemas personales. Personas que sienten culpa por llamar a alguien para hablar de ansiedad, tristeza o miedo. Trabajadores que pasan doce horas atendiendo clientes y al final del día ya no tienen energía emocional para sostener otra conversación humana compleja.
Entonces escriben en una pantalla. Y la pantalla responde. Tal vez por eso el fenómeno de la inteligencia artificial se está entendiendo mal. El verdadero tema no es la tecnología, sino el agotamiento emocional de esta época.
Porque sí, la IA se equivoca muchísimo. A veces inventa datos. A veces responde con una seguridad absurda sobre cosas que no entiende. Yo mismo pasé por esa etapa donde empiezas a consultarla para todo, como si detrás de la pantalla existiera una especie de conciencia superior incapaz de cometer errores. Hasta que un día descubres algo bastante humano y decepcionante: la máquina también alucina, también improvisa y también puede decir disparates con absoluta convicción.
Pero aun así la gente vuelve.
Y creo que vuelve porque la inteligencia artificial ofrece algo que cada vez escasea más: atención inmediata.
No te deja en visto.
No parece cansarse de escucharte.
No interrumpe para hablar de sí misma.
No te responde tres días después con un “perdón, estaba ocupado”.
Eso no significa que exista verdadera empatía allí. La máquina no sabe lo que significa sentirse humillado, perder un país o llorar en silencio después de una jornada de trabajo. Puede organizar palabras sobre el dolor, pero no sabe qué hacer con él. Y aun así, para alguien que lleva demasiado tiempo sintiéndose solo, esa diferencia puede empezar a importar menos de lo que debería.
Eso me preocupa.
Porque las relaciones humanas reales son incómodas. La gente se contradice. Se distrae. Se equivoca. A veces responde mal. A veces no sabe qué decir. Pero justamente allí vive parte de la intimidad verdadera: en aprender a convivir con alguien que no está programado para complacernos.
La inteligencia artificial siempre responde rápido, siempre parece disponible y nunca parece cansarse de nosotros. Y cuando uno pasa demasiado tiempo acostumbrándose a conversaciones diseñadas alrededor de sus propias necesidades, los seres humanos empiezan a sentirse emocionalmente más difíciles.
Más lentos.
Más agotadores.
Tal vez por eso tanta gente termina desahogándose con una pantalla. No porque crea que una máquina puede quererla, sino porque cada vez cuesta más encontrar humanos con tiempo emocional para escuchar. Porque lo que está ocurriendo habla menos sobre máquinas y más sobre nosotros. Sobre una generación cansada de esperar respuestas, cansada de sentirse una carga emocional y cansada de buscar espacios donde todavía sea posible sentirse escuchado.
Y quizás esa sea una de las contradicciones más extrañas de nuestra época. Nunca habíamos tenido tantos espacios para hablar. Redes sociales, mensajes instantáneos, comentarios, audios, videollamadas, publicaciones que desaparecen en veinticuatro horas. Todo el mundo parece estar diciendo algo constantemente. Pero entre más hablamos, más efímeras se vuelven muchas conversaciones. Como mensajes perdidos en WhatsApp que se responden por compromiso o terminan enterrados entre notificaciones. Tal vez por eso tantas personas ya no buscan solamente hablar. Buscan sentir que alguien realmente permanece allí mientras ellas hablan.
Probablemente, allí está la parte más triste de todo esto: no que una máquina haya aprendido a imitarnos tan bien, sino que cada vez más personas parezcan conformarse con esa imitación.
¿Cuándo fue la última vez que sentiste que alguien te escuchó de verdad sin mirar una pantalla?
Te leo en los comentarios. Quizás más personas se sienten identificadas con esto de lo que imaginamos.