Hoy el Día de la Madre tiene olor a tierra removida

 

Hoy el mundo compra flores. Hay hijos entrando a restaurantes con regalos entre las manos. Las redes sociales se llenan de fotografías familiares, desayunos sorpresa y mensajes hablando del amor más puro que existe: el de una madre. Hoy millones celebran. Ríen. Brindan. Publican recuerdos felices.

Y, al mismo tiempo, en Venezuela, una anciana mira cómo sacan de la tierra el cuerpo de su hijo.

Ese contraste debería estremecer a cualquiera.

Mientras Jorge Rodríguez repite esta semana en redes sociales la frase “supéralo, perdónanos y vente”, Carmen Navas presencia la exhumación de Víctor Hugo Quero, detenido por organismos del Estado venezolano y desaparecido durante meses hasta aparecer muerto bajo custodia estatal. Durante más de un año, esa madre recorrió cárceles, tribunales y oficinas preguntando dónde estaba su hijo. Nadie respondía. Nadie daba explicaciones. Nadie asumía responsabilidad. Hasta que finalmente descubre que había sido enterrado en secreto.

Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿cómo se supera algo así?

El peso del miedo

Porque para quien no es venezolano, quizás todo esto parezca lejano o abstracto. Pero Venezuela lleva más de veinticinco años acumulando historias parecidas. Madres buscando hijos detenidos. Familias destruidas por la persecución política. Jóvenes asesinados en protestas. Personas encarceladas por pensar distinto. Millones obligados a emigrar mientras aprenden a vivir con una nostalgia que nunca termina de sanar.

Por eso la frase “supéralo, perdónanos y vente” no cayó como un mensaje de reconciliación. Cayó como sal sobre una herida abierta.

Porque precisamente Jorge Rodríguez y Delcy Rodríguez han construido durante años un discurso político sostenido en el resentimiento, la confrontación y la división. Durante décadas señalaron enemigos internos, persiguieron adversarios y alimentaron un lenguaje donde pensar distinto podía convertirse en una condena. Y ahora, después de tanto dolor, después de tantos hogares rotos y tantos venezolanos dispersos por el mundo, piden perdón y exigen que simplemente “lo superemos”.

Pero el trauma no funciona así.

Las heridas colectivas no desaparecen porque alguien pronuncie una frase en televisión o en redes sociales. Un país no sana por decreto. Mucho menos cuando todavía existen madres enterrando hijos bajo sospechas, silencios y miedo.

La diáspora rota

Hoy millones de venezolanos viven en España, Estados Unidos, Colombia, Chile o México intentando reconstruir sus vidas lejos de casa. Algunos limpian hoteles. Otros manejan Uber. Otros sirven mesas mientras intentan no quebrarse recordando lo que dejaron atrás. Y aunque muchos han logrado avanzar, hay una pregunta que sigue persiguiendo a la diáspora venezolana:

¿Quién garantiza que regresar no signifique terminar igual que Víctor Hugo Quero?

Esa es la parte que muchos prefieren ignorar. El miedo no desaparece porque alguien diga “vente”. El miedo nace de historias reales. De familias destruidas. De personas que un día salieron de su casa creyendo que volverían y jamás regresaron. De madres como Carmen Navas, que hoy debería estar celebrando el Día de la Madre abrazando a su hijo y, en cambio, contempla una tumba abierta.

Hay dolores que no caben en un slogan político.

Lo que no se olvida

Y sí, hoy la gente tiene derecho a celebrar. Nadie debería sentirse culpable por abrazar a su madre, por agradecerle la vida o por encontrar felicidad en medio de tanta oscuridad. El problema no es celebrar. El problema sería olvidar. Convertir tragedias como esta en una noticia pasajera que desaparece entre promociones comerciales y videos virales.

Ahí empieza el verdadero peligro.

Porque los países no se destruyen solamente cuando colapsa la economía. También se destruyen cuando el sufrimiento deja de conmovernos. Cuando una madre desenterrando a su hijo ya no provoca indignación sino cansancio. Cuando el horror se vuelve paisaje.

Y Venezuela lleva demasiado tiempo viviendo entre ruinas emocionales.

Hoy, mientras muchos levantan una copa diciendo “feliz Día de la Madre”, Carmen Navas vuelve a enterrar a su hijo.

Y quizás lo más devastador no sea la crueldad de esta historia.

Quizás lo más devastador sea que todavía existan personas pidiendo que simplemente lo “superemos”.

¿Cuántas madres más tienen que llorar a sus hijos para que el dolor de Venezuela deje de parecernos una noticia normal?

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