
Me tomó al menos cuarenta y ocho horas procesar la muerte de Carmen Navas.
Quizás porque durante meses vi el rostro de una madre que todavía se sostenía gracias a una pequeña esperanza. La esperanza de que su hijo siguiera vivo. La esperanza de encontrarlo en alguna cárcel, en algún hospital, en algún rincón donde todavía pudiera abrazarlo una vez más. Y ahora entiendo algo doloroso: Carmen Navas comenzó a morir mucho antes del día en que su corazón se detuvo este domingo 17 de mayo de 2026.
Comenzó a apagarse lentamente el día en que Víctor Quero salió de su casa y nunca volvió.
Durante dieciséis meses recorrió cárceles, tribunales y oficinas públicas preguntando dónde estaba su único hijo. Nadie respondía. Nadie daba explicaciones claras. Nadie le decía que Víctor había muerto bajo custodia del Estado venezolano desde julio de 2025 y que incluso había sido enterrado en secreto. Carmen Navas sobrevivía sostenida únicamente por esa necesidad humana de seguir creyendo que todavía quedaba algo por salvar.
Pero hay verdades que destruyen por dentro.
Y cuando finalmente supo dónde estaba su hijo, cuando vio aquella tumba, cuando entendió que llevaba meses buscándolo mientras él ya estaba muerto, algo dentro de ella terminó de quebrarse para siempre. Alcanzó a enterrarlo dignamente. Alcanzó a despedirse. Alcanzó incluso a convertirse en símbolo de miles de madres venezolanas atravesadas por el mismo dolor. Y pocos días después, ella también se fue.
La noticia me conmovió profundamente.
Porque Carmen Navas no era solamente una mujer buscando a su hijo. Era Venezuela. El rostro de cientos de madres que todavía esperan respuestas. Madres con hijos desaparecidos. Presos. Exiliados. Muertos. Madres que envejecen mirando teléfonos que nunca suenan. Madres que viven partidas entre la esperanza y el miedo. Madres que quizás jamás volverán a abrazar a quienes aman. Madres cuyos hijos se los tragó Darien, o fueron arroyados en una carretera caminando a Ecuador, Perú, Colombia o Brasil. Madres que nunca más supieron de sus hijos porque el régimen les arrancó la vida. Por eso mi artículo del Día de la Madre estuvo dedicado a ella.
Y hoy duele todavía más releerlo sabiendo que esa mujer ya no está.
Es triste. Es indignante. Porque mientras los que ocupan ilegalmente el poder repiten que “hay que pasar la página”, “supéralo, perdónanos y vente” todavía existen venezolanos enterrando hijos, buscando desaparecidos y sobreviviendo a heridas que ningún discurso político puede borrar.
Hay dolores que no se superan. Hay ausencias que no se perdonan con un vente. Hay países que terminan rompiendo emocionalmente a su gente.
Y esta sigue siendo la Venezuela que permanece en manos de personas capaces de convertir el sufrimiento humano en rutina.
Lo más aterrador es que Carmen Navas murió sin justicia.
Y quizás esa sea la herida más profunda de todas.