
Adonay Lizardo.
Permítanme comenzar con una confesión que suena exagerada, pero es totalmente cierta: mis diseños llegaron al espacio desde un país sin electricidad. No yo, mis vectores. Yo estaba lidiando con un apagón nacional de más de siete días. Pero sí: mis creaciones han estado en órbita. Mis píxeles se volvieron extraterrestres antes que yo. Y si eso no es la definición contemporánea del éxito —lograr lo imposible sin levantarte del escritorio—, no sé qué lo sea.
La historia, sin embargo, no es tan limpia como un render en alta resolución. Es una mezcla de pánico existencial, ambición desbordada y una cuota de suerte tan descarada que todavía no sé si agradecerla u ofenderme.
Desde niño soñaba con el cosmos. Mi padre, mitad astrónomo y mitad astrólogo, me enseñó a mirar el cielo como quien lee un mapa sagrado. Y cuando alguien me preguntaba qué quería ser, yo respondía con la humildad propia de un acuariano creativo:
“Quiero dejar mi huella en Júpiter”.
Para mí, el universo no era un decorado; era mi lienzo definitivo.
Pero entonces llegó la realidad, esa vieja aguafiestas, a recordarme que los sueños también se chocan contra apagones, crisis y facturas vencidas.
Houston: tenemos un bebé y cero corriente
A inicios de 2019, mi vida iba relativamente bien. Diseñador freelance, proyectos constantes, la sensación ingenua de que tenía el control. Hasta que mi pareja de entonces y yo recibimos la noticia que cambia la vida: seríamos padres.
Alegría, sí. Pánico absoluto, también.
Y como si no fuera suficiente, el anuncio coincidió con el gran apagón nacional de marzo. Imaginen la escena: estás a punto de traer una nueva vida al mundo… en un país donde lo básico —agua, electricidad, paz mental— funciona por ratos. Mi negocio digital, que yo consideraba tan moderno, resultó inútil sin corriente. La incertidumbre era aplastante, pero no podía detenerme: mi hijo venía igual, con necesidades intactas y un país colapsado alrededor.
El internet y mis contactos fuera de Venezuela eran el único rayo de luz. Pero necesitaba electricidad aunque fuera unas horas al día. Así que hice lo que cualquier ser humano desesperado y creativo hace: improvisé.
Arrendé un escritorio en un co–working con planta eléctrica. Delegué lo que no podía controlar —la luz, el internet— y me convertí en un diseñador operativo en condiciones lunares. Reinventé mi modelo de negocio, desarrollé habilidades raras, hice networking como si mi vida dependiera de ello (técnicamente sí). Y poco a poco, el caos empezó a fluir a mi favor.
La estrategia del “tocar la puerta”
En plena campaña de supervivencia profesional, descubrí una vacante en una agencia cuyo portafolio intimidaba a cualquier mortal: Google, Mercedes Benz y, por si fuera poco, la mismísima NASA.
Mi cerebro infantil programado para amar el cosmos hizo clic inmediato.
Postularme de forma tradicional era demasiado aburrido. Así que encontré un pequeño error de usabilidad en su página, lo corregí con un diseño conceptual y lo envié como quien lanza una botella al mar digital. Agregué una animación irresistible —porque nadie recuerda un PDF, pero sí una animación bien hecha— y esperé.
A la mañana siguiente tenía un correo en mi bandeja. Querían hablar conmigo.
Toqué la puerta de mis sueños y,
cuando se abrió, me aterré.
Pero entré igual.
Tras algunos proyectos preliminares, llegó la noticia que cambió mi historia: diseñaría las etiquetas de los uniformes espaciales y parte del branding para las misiones de Space Flight Industries.
Ahí estaba yo, en una ciudad con fallas eléctricas crónicas, diseñando piezas que vivirían dentro de cohetes. La ironía era tan gruesa que se podía cortar con un bisturí digital. Era mi venganza silenciosa contra el interruptor de luz.
Astronauta digital con brújula clásica
A diferencia de los libros de autoayuda, mi camino no fue lineal. Fue un zigzag entre la obsesión creativa, la espiritualidad práctica y el rechazo absoluto a cualquier forma de vida que oliera a oficina tradicional.
La gente insiste en que debo “enfocarme”.
Pero mi enfoque ha sido justamente lo contrario: ser multifacético. Marketing, diseño, psicología, negocios, espiritualidad… Todo lo que me permitiera encontrar esa libertad que siempre he perseguido.
La regla es simple: si una oportunidad no huele a libertad, la rechazo. Mis mentores —Chris Do, Blair Enns— me enseñaron que mi valor no está solo en mis manos, sino en mi cabeza, y en cómo esa cabeza dialoga con mi corazón creativo. Es ese saber lo que me permite elegir, cobrar mejor y trabajar solo en lo que despierta mi deseo de crear, no mi necesidad de sobrevivir.
Para sostener ese equilibrio, me convertí en un monje del diseño: Karate para la disciplina, meditación para el caos, Yoga para la resistencia emocional. Una tríada improbable, pero efectiva. Necesitaba cuerpo, mente y espíritu sincronizados para enfrentar las dudas propias y las ajenas. Porque mientras el país se desmoronaba y mi hijo crecía en el vientre de su madre, yo apostaba por algo más grande que un empleo estable: apostaba por mi visión.
La píldora de la paciencia
El éxito, contrario a la estética de Instagram, toma tiempo. Mis diseños llegaron al espacio, sí, pero no por suerte. Llegaron por años de preparación, por atreverme a tocar puertas de manera poco convencional, por reinventar mi negocio en medio del colapso, y por la paciencia —esa virtud subestimada en la era del “todo ya”.
Einstein decía que uno puede vivir como si nada fuera un milagro o como si todo lo fuera. Yo prefiero una tercera vía: vivir como si cada pequeño avance fuera un recordatorio de que la preparación siempre encuentra la puerta adecuada.
Diseñar para cinco misiones espaciales fue mi propio Júpiter, la culminación de un sueño que parecía absurdo en medio de apagones y gasolina racionada. Fue la prueba de que la suerte existe, pero solo si te encuentra trabajando… y ojalá con un backup eléctrico cerca.
Hoy sigo creando, educando, reinventando, y ayudando a otros a mirar más allá del caos local para construir su propio universo posible. Trabajo en proyectos que buscan digitalizar países enteros —como la alianza con Google en El Salvador— para que lo que vivimos en Venezuela no se repita allá.
Porque si algo aprendí es esto:
Los sueños se alcanzan tocando puertas, sí.
Pero también se alcanzan encendiendo tu propia luz cuando todo a tu alrededor se queda a oscuras.