Miguel Foronda: cuando la poesía guarda lo que la ciencia no puede explicar

Un poeta entre la memoria, el duelo y la ciencia

Entre células y versos, entre Madrid y Nueva York, Miguel Foronda construye una casa hecha de memoria y cicatrices. Aquí habla del dolor, del movimiento y del lenguaje que lo salva.

Hay personas que viven entre dos mundos sin romperse. Miguel Foronda es una de ellas. Madrileño, doctor en oncología molecular, investigador en neuro-oncología en Nueva York y poeta de una sensibilidad que desarma, es de esos creadores que convierten lo cotidiano en una especie de laboratorio emocional donde la memoria respira, se agrieta y vuelve a recomponerse.

Nos conocimos hace un año en la Feria Hispano Latina de Queens, entre libros, café tibio y esas conversaciones que se alargan sin proponérselo. Desde entonces supe que algún día tendría que traerlo a este espacio donde el periodismo se cruza con la literatura para intentar explicar, aunque sea un poco, esa mirada que ve el mundo desde dos cicatrices: la científica y la poética.

Su primer poemario, Si hablo de mi casa, nació desde una fractura que lo marcó profundamente. Y es desde ese umbral —esa casa rota que uno aprende a habitar— desde donde Miguel construye una voz que dialoga consigo misma para no olvidar lo esencial.

La herida dentro de casa

El libro parte de algo muy duro: el fallecimiento de mi hermano”, confiesa. Y ese es el punto de partida que lo obliga a reorganizar el mundo a golpes de lenguaje. Cuando la vida se tambalea, uno toma notas para sostenerse.

Me encontré con un mundo alrededor que se derrumba. Tienes unas circunstancias estables y, de pronto, algo de ese calibre te replantea muchas cosas”, relata con una calma que solo se alcanza después de haber atravesado la tormenta.

Su urgencia fue escribir para retener. Para evitar que el dolor se diluyera en la niebla de los días. “Tenía la necesidad de plasmar en palabras todo lo que estaba pasando para no perderlo… quería retener esa sensación, saber lo importante que fue para mí”.

Lo sorprendente es que nunca había escrito poesía antes.

Siempre me interesó, pero nunca me atreví. La gente cree que el lenguaje poético es difícil o inaccesible, pero yo creo que esa dificultad esconde la habilidad de llegar a lugares muy concretos”.

Y fue así: palabra a palabra, reconstruyó una casa emocional donde la memoria, el cuerpo y el país se mezclan hasta volverse indistinguibles.

Poemario y visita guiada

Cuando ya tenía la mitad de los textos escritos, descubrió que, sin proponérselo, había construido una estructura narrativa. “Me di cuenta de que lo que hablaban esos poemas era de recuerdos, vivencias y sensaciones que se construyen alrededor de la casa”.

Fue entonces cuando decidió plantear el libro como quien invita a alguien a recorrer un espacio íntimo. Una casa compuesta de fotografías incompletas, huecos, objetos sin nombre y rincones donde la luz cae de manera distinta.

Quería que el lector entrara a esa casa como quien visita el hogar de un amigo; que viera fotos que quizá no entiende pero que igual permiten reconstruir el relato”, explica.

Pero esa casa no es un inmueble: es una herida. Es un territorio emocional donde lo vivido y lo perdido comparten la misma sala. “La casa es un relato de la herida vital… un espacio que te habita, aunque no quieras”.

Ciencia y poesía

Miguel trabaja en neuro-oncología en Nueva York. Su día a día ocurre entre células, microscopios y la incertidumbre de lo que aún no sabemos sobre el cerebro. Y, aun así, evita mezclar esos dos territorios.

Siempre he tratado de separar mi trabajo científico de mi escritura… por eso hay pocos poemas científicos”.

Pero la ciencia, de alguna manera, se filtra. Como si el laboratorio dejara huellas invisibles en su forma de nombrar el mundo.

Mientras escribe su nuevo proyecto —“un bestiario de criaturas invisibles, microscópicas, habitantes de zonas remotas del océano”— empieza a explorar cómo el lenguaje científico puede convertirse en material poético. “El lenguaje de la ciencia encapsula cosas difíciles. Tiene una calidad que me interesa para experimentar”.

Miguel es un puente que todavía no ha mostrado todo lo que puede cruzarse sobre él.

Migrar cambia el pulso

Vivir entre Madrid y Nueva York le ha enseñado que no siempre nos construyen los lugares que habitamos, sino los destinos hacia donde queremos movernos.

La ciudad que más me construye es la que deseo alcanzar. A mí lo que me estimula es la idea del movimiento”.

Lo cuenta con un gesto suave, como quien acepta que parte de su identidad está siempre en tránsito. La migración es una mudanza interior permanente: se desmontan certezas, se empacan afectos, se desplazan raíces.

Creo que he ganado perspectiva… he aprendido a alejarme de la urgencia de publicar y a escuchar el silencio de los procesos”, admite. Es un aprendizaje que solo se obtiene cuando la vida obliga a parar, a mirar las cosas desde arriba.

Poesía como resistencia

Para Miguel, escribir no es un acto decorativo: es una forma de supervivencia. “La poesía es, para mí, el género más radical. No es complaciente. Es exigente. Requiere tiempo… y ganarle tiempo al capitalismo ya es una forma de resistencia”.

Su frase cae como un manifiesto. No escribe para entretener: escribe para detenerse. Para nombrar lo que duele. Para evitar que la vida pase demasiado rápido y lo arrastre sin permiso.

Hay que perder tiempo para aprovechar la poesía”, dice. En esa aparente paradoja, la poesía se convierte en un acto político, íntimo y vital.

Mirada acuciosa

Antes de publicar, trabajó años como editor científico. Y ese oficio lo marcó. “Me aportó atención al detalle, paciencia, y la capacidad de ver un texto como un conjunto”.

Nunca ha editado literatura ajena, pero reconoce que toda esa formación académica terminó moldeando su mirada de escritor. Sabe detenerse. Sabe cortar. Sabe dónde el texto respira.

No todo lo que es emocional para ti lo es para todo el mundo”, reflexiona. Ese descubrimiento lo obligó a convertir lo personal en algo universal. A transformar el duelo en una casa habitable para cualquiera.

Prefiere recordar

Entre las preguntas más íntimas, recoge una que todavía lo acompaña como un eco:

Si la memoria fuera una enfermedad, ¿cuál sería su cura?

Su respuesta deja ver la complejidad del científico y del poeta:

La memoria se cura con lenguaje. El relato que nos hacemos constituye nuestra personalidad. Y también puede reconstruir o borrar aquello que recordamos”.

Sobre el olvido, es contundente:

Me rompe más lo que olvido.

Prefiero recordar, aunque duela”.

Ese es Miguel: alguien que prefiere la herida antes que la ausencia.

Varias vidas

Cuando se le pregunta qué parte de sí mismo preferiría no volver a habitar, responde sin dramatismo: la indecisión. “Si pudiera cambiar algo, sería haber elegido otra carrera además de esta. No porque no me guste, sino porque dejé muchas otras que me interesaban tanto como esta”.

Entre esas posibilidades: filosofía, física, literatura. Un mapa inmenso donde caben varias vidas que no vivió. Sin embargo, el destino —ese hilo que no controlamos— lo convirtió en un científico que escribe poesía. Y quizá ese cruce era inevitable.

Un mensaje para quien lee

Antes de despedirse, deja un gesto que es casi un abrazo:
Animo a todo el mundo a leer. Es la forma más real de ganarle tiempo a la vida. Leer es dedicarse a uno mismo”.

La entrevista termina. Miguel vuelve a su laboratorio; la ciudad sigue tibia detrás del vidrio; y uno entiende que hay personas que escriben desde un lugar donde la ciencia termina y comienza el alma.

Este reportaje es, al final, una habitación más dentro de esa casa que él decidió abrirnos.

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