
M. Alejandra Delgado Moreno
Nunca intentes hablar con un sin cara.
Era el octavo día de diciembre, el día de la Santísima Virgen. Unas chispitas mariposas, algunos
volcanes, fuegos artificiales, la gran celebración colombiana con velitas y faroles. Yo apenas
tenía diez años. La hubiera olvidado fácilmente como cualquier otra festividad, pero esta no fue
como las demás.
El dolor en el vientre bajo, el té de canela, la luna llena, el rito de transición, las señoras
bailando en círculo a mi alrededor. Abrí los ojos, no recordaba haberme dormido. Rápidamente
escaneé la habitación, el techo blanco, las paredes sucias, la luz tenue. Estoy dormida. El aroma
a podredumbre. La cobija en el piso. No me puedo mover.
Luché.
—¡Despiértese ya!
Fallé.
Mi cuerpo temblaba al ritmo del pánico. Mi tronco se desprendía con fuerza de la cama. Miré
hacia atrás y ahí estaba, yo, mi pobre yo, con los ojos de par en par mirando al techo con
angustia; el corazón era casi imperceptible y respiraba con dificultad. Quise recuperar mi
cuerpo.
¡No quiero morir!
¿Quién es esa mujer?
Casi esquelética, con el cabello desgreñado sobre la cara y una túnica rota, me arrastraba fuera
de mi cuerpo, directo hacia ella.
Sujeté inútilmente la sábana, intenté hacerle resistencia, pero seguía siendo raptada con furia.
—¡Ayuda! —intenté gritar. Nada salió.
Padre nuestro que estás en el cielo… ¿Qué sigue?
Empecé una, y otra, y otra vez.
La figura se rió de mí y susurró «Cállese» con mil voces, algunas humanas y otras monstruosas.
Los murmullos se incrementaron hasta hacerse gritos ininteligibles que me aturdieron.
Cerré los ojos. Clamé al cielo por última vez. Abrí la boca, me impulsé hacia atrás, y un alarido
desde el plexo solar me guio de vuelta.
Eran las famosas tres de la mañana.
La cama estaba empapada. Encendí la luz. Una mancha de sangre en la sábana y en la
entrepierna de mi último pijama de flores marcaron la iniciación demoníaca.
Durante mucho tiempo, figuras sin rostro me visitaron con cada luna nueva. A veces era un niño
de camiseta azul que caminaba con una biblia abierta en sus manos, mientras repetía la misma
oración una, y otra, y otra vez… hasta caer a un abismo al final del pasillo. Miles de esculturas
religiosas salían de las paredes a mirarlo. Sin embargo, nunca me habló, nunca me miró. No
como la niña de seis años, de cabello negro y medias de tul blancas, que se sentaba en el borde
de mi cama a hablar del monstruo que se había robado su vestido blanco. Me explicaba su plan
para enloquecerlo hasta que se suicidara, luego se colgaba del cuello usando una cortina como
nudo dogal, mientras se burlaba de todos mis intentos por despertar.
Pasaron muchos años de encuentros y desencuentros, de amuletos, de apuntar la cama
siempre al norte, de dormir con el televisor encendido, de aprender técnicas para salir de la
parálisis, de tomar cualquier precaución. Un día de los muchos del proceso de pasaje hacia la
adultez, simplemente dejé de recibirla, y ella dejó de insistir.
Hasta anoche.
Algo cambió, algo me la recordó, algo en el juego dinámico de mi inconsciente la invitó a mi
mesa, un conjuro, el estrés, la incertidumbre del futuro, la luna nueva, no sé qué. Pero aquí
estuvo de nuevo.
Esta vez, me habló de mis secretos, de mis deseos, de mis miedos, de mis pecados, de mi hijo y
mi esposo. Como una vieja amiga, feliz por el reencuentro. Escarbó en mi inconsciente. Se burló
de mí y de mis intentos por mantenerla lejos.
Un peso en el pecho, como bloques de cemento que me inmovilizaban, la incapacidad de gritar,
y mi cuerpo tembloroso anunciaron su regreso. Moví mis pies, mis manos, y luego la cabeza.
Estaba a salvo. Miré a mi lado, con los ojos de par en par y la boca abierta, mi esposo luchaba
por salir.
Adiós a los sueños fantásticos con hermosas orcas en la ventana, los arcoíris, los castillos, los
amaneceres, los jardines con mariposas, los bailes bajo la luna.
Todo se desvanecía en el pánico y el esfuerzo por no volver a cerrar los ojos. Nunca más.
M. Alejandra Delgado Moreno es licenciada de profesión y escritora por vocación. Apasionada
por la palabra como un medio de exploración emocional y social, sus obras se adentra en los
territorios invisibles de la memoria, el miedo y la espiritualidad cotidiana. En sus relatos, las
tradiciones, los ritos y los fantasmas del inconsciente dialogan con la experiencia femenina y la
vulnerabilidad humana, creando atmósferas donde lo real y lo onírico se confunden.