Emmanuel Montes Álvarez: el escritor que permanece en Cuba mientras sus libros encuentran libertad lejos de la isla

Desde La Habana, el autor cubano-español desafía el olvido literario, cuestiona las restricciones culturales y encuentra razones íntimas para permanecer en su país.

Autor de Los días que pienso en ti y El otro lado del río, Montes Álvarez recupera voces marginadas, explora la identidad cubana y reivindica la esperanza como una posibilidad narrativa frente al desencanto de su generación.

Carlos Luis Barrios | Nueva York

La primera dificultad para conversar con Emmanuel Montes Álvarez no fue encontrar las palabras, sino conseguir que pudiéramos escucharnos. Entre Nueva York y La Habana había algo más que kilómetros: una conexión a internet condicionada por las circunstancias, la incertidumbre de los cortes eléctricos y esos contratiempos que, en determinados países, han dejado de ser excepcionales para convertirse en parte de la rutina. Coordinar nuestra entrevista exigió paciencia. Sin embargo, nunca pensé en desistir. Quizás porque soy venezolano y conozco demasiado bien lo que significa intentar comunicarse con alguien cuando la electricidad, el agua o las telecomunicaciones pueden fallar sin previo aviso. Antes de encender las cámaras, Cuba ya había comenzado a contarnos algo sobre sí misma.

Los canarios llaman a Venezuela la octava isla, una expresión afectuosa que recuerda los profundos vínculos migratorios entre ambos pueblos. Algunos venezolanos, en cambio, han comenzado a referirse a su país como una segunda Cuba, una comparación nacida de las preocupaciones políticas y de ciertas experiencias compartidas de deterioro institucional y social. No se trata de confundir dos naciones con historias diferentes ni de reducirlas a sus gobiernos. Mucho menos de descalificar a sus habitantes. Se trata de reconocer que las dificultades cotidianas pueden producir una familiaridad inesperada entre personas que viven a cientos de kilómetros de distancia. Esa cercanía hizo que los obstáculos de nuestra entrevista me resultaran comprensibles, aunque no por ello menos reveladores.

Cuando finalmente conversamos, descubrí a un escritor que no parecía interesado en ofrecer respuestas cómodas. Emmanuel, cubano-español y residente en La Habana, ha construido parte de su trayectoria fuera de los circuitos editoriales de su país. Es autor de *Los días que pienso en ti* y *El otro lado del río*, y dedica una parte importante de su actividad digital a divulgar la literatura cubana, especialmente la de escritores que han sido marginados o que desarrollaron sus carreras en el exilio. Habla con entusiasmo, introduce referencias históricas y no vacila en cuestionar las premisas de una pregunta cuando considera que merecen otra interpretación. Detrás de su aparente serenidad hay una mirada crítica que no necesita levantar la voz para hacerse escuchar.

Me interesaba conocer su pensamiento, pero también al hombre que existe detrás de los libros. Quería comprender cómo conviven en él la inconformidad con determinadas realidades cubanas y el profundo vínculo afectivo que mantiene con su país. No buscaba clasificarlo políticamente ni convertir la conversación en un interrogatorio ideológico. La literatura nos ofrecía una puerta de entrada mucho más amplia: desde ella podíamos hablar de censura, identidad, juventud, migración y memoria sin reducir su experiencia a una etiqueta. Emmanuel aceptó recorrer ese territorio con una franqueza que, por momentos, transformó la entrevista en una reflexión sobre el sentido mismo de pertenecer a un lugar.

Los escritores que quedaron fuera

Durante décadas, la literatura cubana estuvo atravesada por divisiones que no respondían exclusivamente a la geografía. Emmanuel considera que las fronteras más profundas fueron políticas e ideológicas, capaces de condicionar la circulación de libros y el reconocimiento de determinados autores. El exilio, la marginación y las tensiones con las instituciones culturales contribuyeron a fragmentar una tradición que, a su juicio, debería comprenderse en toda su diversidad. La llegada de internet modificó parcialmente ese panorama. Aunque el acceso digital continúa siendo desigual, hoy existen posibilidades de descubrir obras publicadas fuera de Cuba y de establecer conversaciones que antes resultaban mucho más difíciles.

Esa apertura explica buena parte de su trabajo como divulgador. En sus publicaciones aparecen nombres como Virgilio Piñera, Reinaldo Arenas, José Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante, escritores cuyas trayectorias permiten explorar algunas de las contradicciones más profundas de la cultura cubana contemporánea. Emmanuel no pretende presentarse como el descubridor de esas figuras. Su propósito es acercarlas a lectores que quizá conocen sus nombres, pero nunca han tenido la oportunidad de leerlas. La diferencia es importante: rescatar una obra no consiste únicamente en recordar que existe, sino en devolverle la posibilidad de establecer un diálogo con nuevas generaciones.

Le pregunté cómo decidía qué escritores merecían regresar a la conversación pública, consciente de que toda selección deja inevitablemente otros nombres fuera. Su respuesta fue menos categórica de lo que esperaba. Reconoció que cualquier criterio de lectura o recomendación es limitado y que ninguna persona puede abarcar la totalidad de una tradición literaria. Esa conciencia de sus propias limitaciones me pareció una muestra de madurez intelectual. En tiempos en que las redes sociales recompensan las opiniones absolutas, Emmanuel prefiere asumir que su mirada es parcial. No necesita convertir sus preferencias en verdades universales para defender el valor de los libros que recomienda.

Su participación en espacios culturales independientes, entre ellos un club de lectura llamado Jardín, le ha permitido comprobar que todavía existen lectores dispuestos a descubrir autores desconocidos. También ha intervenido en conversaciones organizadas por La Jeringa, una plataforma cultural de La Habana. Son iniciativas que difícilmente ocuparían grandes titulares internacionales, pero que cumplen una función esencial: mantener la circulación de ideas fuera de los mecanismos tradicionales de promoción. La cultura no depende únicamente de quienes producen las obras. También necesita personas capaces de tender puentes entre los libros y sus posibles lectores. Emmanuel ha encontrado en esa tarea una manera de participar activamente en la vida literaria de su país.

La censura y el precio de escribir

La conversación adquirió un tono más crítico cuando abordamos las posibilidades de publicar en Cuba. Emmanuel fue contundente al describir las dificultades que enfrentan los escritores. Habló de la escasez de recursos, de los retrasos editoriales y de las restricciones que, según su experiencia, condicionan la publicación de determinadas obras. «No hay papel para imprimir libros», afirmó al explicar una parte del problema. Pero también denunció la censura, una cuestión que no puede reducirse a las limitaciones materiales. La falta de recursos dificulta la producción editorial; la censura, en cambio, introduce una barrera relacionada con aquello que puede decirse y circular públicamente.

Sus declaraciones obligan a mirar más allá de la imagen romántica del escritor que persevera frente a las adversidades. La creación literaria necesita libertad, pero también condiciones materiales que permitan transformar un manuscrito en un libro accesible para los lectores. Cuando publicar depende de procedimientos prolongados o de estructuras capaces de restringir determinados contenidos, la independencia del autor se vuelve especialmente vulnerable. Emmanuel ha encontrado alternativas en editoriales extranjeras, una experiencia que demuestra su capacidad para buscar oportunidades, aunque también evidencia las dificultades que describe dentro de su país. Su trayectoria internacional no elimina esas limitaciones; permite observarlas desde otra perspectiva.

Para él, la literatura posee una cualidad que la distingue de los discursos orientados a conseguir adhesiones: su capacidad para provocar dudas. En lugar de ofrecer respuestas cerradas, una novela puede mostrar las contradicciones de una sociedad y permitir que cada lector construya su propia interpretación. Esta idea explica también su rechazo a imponer obligaciones a los escritores. Cuando le pregunté si la literatura debía mirar necesariamente hacia los sectores marginados, respondió: «La literatura no tiene obligación de nada». No estaba negando el valor de las obras comprometidas con determinadas causas, sino defendiendo que ese compromiso debe surgir de la libertad creativa y no de una exigencia exterior.

Hay una tensión especialmente interesante en su postura. Emmanuel rechaza que la literatura deba obedecer mandatos, pero ha decidido dedicar parte de su trabajo a divulgar autores relegados de determinados espacios culturales. Lejos de parecerme una contradicción, encuentro allí una diferencia fundamental entre una responsabilidad elegida y una obligación impuesta. Su actividad como promotor cultural responde a sus convicciones, no a la pretensión de establecer lo que otros escritores deben hacer. Esa independencia le permite cuestionar tanto las restricciones institucionales como los lugares comunes de la propia creación literaria, sin convertir su pensamiento en un conjunto de consignas.

La razón más íntima para quedarse

Hubo una pregunta que modificó la temperatura emocional de nuestra conversación. Emmanuel se había presentado como cubano-español y yo quería saber por qué, teniendo la posibilidad legal de vivir en España o en otro país de la Unión Europea, había decidido permanecer en La Habana. Era una inquietud delicada. No quería insinuar que marcharse fuera una obligación ni que permanecer constituyera una declaración de apoyo al sistema político. Me interesaba comprender qué puede resultar más poderoso que la posibilidad de comenzar una vida en otro lugar. Emmanuel agradeció la pregunta y explicó que, aunque otras personas se la habían planteado en privado, era la primera vez que respondía públicamente.

Comenzó hablando de sus costumbres, de su relación con la ciudad y de esa sensación de pertenencia que se construye a través de los años. La Habana es el lugar donde nació y donde transcurre su vida. Allí están sus libros, sus rutinas y los espacios familiares que forman parte de su identidad. Sin embargo, la explicación más profunda llegó cuando mencionó a sus padres. Emmanuel mantiene con ellos un vínculo muy estrecho y considera importante acompañarlos mientras pueda hacerlo. Para él, estar presente tiene un significado que ninguna remesa económica consigue sustituir completamente. La distancia puede aliviarse con llamadas y ayudas materiales, pero existen gestos cotidianos que solamente pueden realizarse estando cerca.

Entonces habló de cargar agua para su madre cuando falla el suministro, de buscar soluciones durante los apagones y de atender necesidades que, en otras circunstancias, podrían parecer insignificantes. Mientras lo escuchaba, comprendí que aquella era una de las respuestas más importantes de toda la entrevista. No porque resolviera las contradicciones de la vida cubana, sino porque revelaba una dimensión que los análisis políticos suelen dejar fuera: el cuidado de quienes amamos. Emmanuel no estaba defendiendo las carencias de su país. Estaba explicando por qué, a pesar de ellas, todavía encuentra razones para quedarse.

Como venezolano que vive fuera de su tierra, esa confesión me resultó especialmente cercana. La migración suele presentarse como una elección entre oportunidades y sacrificios, pero pocas veces se habla con suficiente profundidad de las responsabilidades afectivas que quedan atrás. Hay personas que se marchan porque necesitan construir un futuro diferente y otras que permanecen porque consideran indispensable acompañar a sus seres queridos. Ninguna de esas decisiones merece convertirse automáticamente en un juicio moral. Emmanuel me recordó que la pertenencia no siempre responde a una convicción política. A veces se expresa en algo tan sencillo y tan inmenso como estar disponible cuando una madre necesita que su hijo le acerque un cubo de agua.

La patria que viaja en los libros

Su decisión de permanecer en Cuba no le impide reconocer la importancia del exilio en la historia literaria de su país. Por el contrario, considera que una parte fundamental de esa tradición se ha desarrollado fuera de la isla. Durante nuestra conversación recordó a escritores que construyeron sus carreras en otras ciudades y reflexionó sobre la relación entre migración, identidad y creación artística. Para Emmanuel, las circunstancias políticas no pueden separarse completamente de las decisiones de abandonar un país. Incluso cuando una persona emigra por motivos económicos, las condiciones que determinan sus oportunidades forman parte de un contexto social y político más amplio.

Cuando le pregunté qué conserva un escritor después de muchos años lejos de su tierra, su respuesta se acercó a una idea de gran belleza literaria: la patria como infancia. Los primeros recuerdos, las palabras familiares, los paisajes y las experiencias que construyen nuestra sensibilidad pueden acompañarnos mucho después de haber abandonado el lugar donde nacimos. La literatura permite recuperar esos fragmentos sin necesidad de reconstruirlos exactamente como ocurrieron. Quizás por eso algunos escritores consiguen narrar con extraordinaria intensidad ciudades que llevan décadas sin visitar. La distancia transforma la mirada, pero no siempre consigue borrar aquello que permanece en la memoria.

Emmanuel evocó también una canción de Willy Chirino en la que aparece la imagen de un colibrí llevado desde Cuba en una maleta. La referencia conectaba con sus propios intereses literarios y con una pregunta que atravesó nuestra conversación: la posibilidad de encontrar una patria en los libros. Para quienes han emigrado, una canción, una novela o una palabra pueden convertirse en formas inesperadas de regreso. No reemplazan el territorio perdido ni resuelven las consecuencias del desarraigo, pero permiten conservar una relación íntima con aquello que se dejó atrás. En esa capacidad de transportar recuerdos reside una de las dimensiones más conmovedoras de la literatura del exilio.

La juventud cubana y el derecho a imaginar otro futuro

Emmanuel pertenece a una generación que ha crecido entre dificultades económicas persistentes y un profundo desgaste de las expectativas colectivas. Su valoración del presente cubano es severa. Considera que muchos de los cambios observados durante los últimos años han empeorado las condiciones de vida y han incrementado el escepticismo de los jóvenes frente a los discursos públicos. No habla desde una nostalgia idealizada por un pasado que no vivió, sino desde la experiencia de alguien que observa cómo las limitaciones cotidianas condicionan los proyectos personales. Su testimonio no representa necesariamente a toda la juventud cubana, pero ofrece una mirada directa sobre el desencanto que percibe en su entorno.

Sin embargo, cuando le pregunté qué perspectiva faltaba en la literatura contemporánea de su país, no respondió con una nueva denuncia. Habló de la esperanza. Considera necesario escribir historias que permitan imaginar otras posibilidades de existencia, incluso en medio de circunstancias adversas. No propone ignorar las dificultades ni reemplazar la crítica por optimismo superficial. Su inquietud apunta hacia la repetición de ciertos temas que, a fuerza de convertirse en fórmulas narrativas, pueden limitar la diversidad de la creación literaria. Después de tantos relatos sobre la precariedad y el desencanto, Emmanuel quisiera encontrar también historias capaces de explorar el deseo de vivir y la búsqueda de la felicidad.

Esa preocupación ayuda a comprender su interés por la novela histórica. En *El otro lado del río* explora aspectos del siglo XIX cubano y los procesos que contribuyeron a la formación de la identidad nacional. Durante nuestra entrevista explicó su interés por un científico alemán que llegó a la isla y por una perspectiva narrativa capaz de observar aquel período más allá de los grandes enfrentamientos militares. La historia de Cuba ha estado marcada por conflictos y episodios de violencia, pero Emmanuel considera que también existen otras experiencias dignas de ser contadas. En su reflexión apareció una imagen sugerente: contemplar el vuelo de un pájaro puede resultar más hermoso que presenciar una guerra. La literatura, después de todo, también tiene derecho a detenerse en la belleza.

Un escritor que no necesita tener siempre la razón

Una de las características que más aprecié de Emmanuel fue su disposición a disentir. Cuando le pregunté por los jóvenes que conocen mejor las tendencias de TikTok que la obra de escritores fundamentales de Cuba, rechazó la idea de que esa distancia constituyera necesariamente un problema. Considera perfectamente posible desarrollar una vida plena sin convertirse en lector habitual. Su respuesta me sorprendió porque se apartaba de una afirmación frecuente entre quienes trabajamos con libros: que la lectura debería ocupar un lugar central en la vida de todas las personas. Emmanuel no necesita imponer esa convicción para defender su pasión por la literatura.

Ese intercambio me permitió descubrir a un interlocutor que escucha las preguntas sin sentirse obligado a aceptar sus premisas. En ocasiones introducía matices, cuestionaba determinadas interpretaciones o reconocía los límites de sus conocimientos. Esa actitud hizo que nuestra conversación resultara especialmente enriquecedora. La inteligencia no consiste únicamente en recordar autores, fechas o títulos, sino también en comprender que una pregunta puede admitir varias respuestas. Emmanuel parece sentirse cómodo en ese territorio de incertidumbre. No necesita presentarse como dueño de una verdad definitiva para sostener sus ideas con firmeza.

Su trabajo como promotor cultural adquiere mayor relevancia desde esa perspectiva. Las redes sociales suelen premiar la velocidad, la confrontación y las opiniones contundentes, pero él ha encontrado un espacio para conversar sobre libros y establecer vínculos con personas que comparten sus intereses. No pretende sustituir a las bibliotecas, las editoriales ni las instituciones académicas. Su contribución consiste en acercar obras y autores a lectores que quizá nunca habrían llegado hasta ellos. Como escritor y editor, valoro especialmente esa labor. Un libro necesita ser escrito, pero también necesita encontrar a alguien dispuesto a abrir sus páginas. Entre ambos momentos existe un trabajo cultural que merece reconocimiento.

Dos patrias y una última pregunta

Hacia el final de la entrevista le propuse un ejercicio imaginario. Le pregunté qué idea sobre Cuba desearía preservar si desaparecieran todos sus archivos, bibliotecas y hemerotecas, y solamente pudiera transmitirse un recuerdo de generación en generación. Emmanuel eligió a José Martí, una figura que considera esencial para comprender la identidad cubana. Entonces recordó los versos iniciales de *Dos patrias*: «Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche». La elección parecía reunir, sin necesidad de explicaciones adicionales, buena parte de lo que habíamos conversado: la relación entre literatura y memoria, la pertenencia y la capacidad de las palabras para sobrevivir al paso del tiempo.

Cuando terminó nuestra conversación, pensé en la distancia que separa las imágenes que solemos construir sobre Cuba de las experiencias concretas de quienes viven allí. Emmanuel no es únicamente un escritor que cuestiona las restricciones culturales de su país, ni un divulgador interesado en recuperar autores olvidados. Es también un hijo que quiere permanecer cerca de sus padres, un lector que disfruta compartiendo sus descubrimientos y un novelista que busca nuevas maneras de narrar la historia cubana. Ninguna de esas dimensiones explica por sí sola su personalidad. Juntas, en cambio, permiten acercarnos a un hombre cuya relación con su país está hecha de afectos, inconformidades y preguntas todavía abiertas.

Me quedo con su deseo de que la literatura cubana encuentre nuevas formas de hablar de la esperanza. No porque las palabras puedan resolver los problemas materiales de una sociedad ni porque los escritores tengan la obligación de ofrecer consuelo. Me parece importante porque revela una voluntad de imaginar el futuro sin negar las dificultades del presente. Emmanuel ha elegido permanecer en La Habana, pero sus libros han comenzado a recorrer otros territorios. Quizás algún día decida marcharse o quizá continúe escribiendo desde la misma ciudad. Lo esencial es que su obra no quede limitada por las fronteras que tanto le interesa cuestionar.

Nuestra entrevista comenzó entre dificultades de conexión y terminó con un verso de Martí. Entre ambos momentos conocí a un escritor que no renuncia a su mirada crítica, pero tampoco permite que las adversidades definan por completo su relación con la vida. Y esa es, quizás, la imagen que prefiero conservar: la de Emmanuel Montes Álvarez pensando en los libros que todavía quiere escribir, en los autores que aún desea compartir y en las historias que permanecen esperando una voz.

Porque el futuro de una nación también se construye con aquello que sus escritores se atreven a imaginar.

Y tú, lector, ¿crees que la literatura puede ayudarnos a recuperar la esperanza cuando la realidad parece empeñada en arrebatárnosla?

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