
La escritora venezolana propone mirar con otros ojos a quienes sostienen hogares, acompañan enfermos y transforman el servicio en una forma de dignidad.
¿Qué tienen en común una periodista, una migrante, una cuidadora y una trabajadora doméstica? En nuestra entrevistada son la misma persona. Salió de Venezuela con el sueño de estudiar periodismo narrativo y terminó aprendiendo a cambiar pañales, cocinar, limpiar casas y cuidar adultos mayores. Lo que parecía un desvío del destino se convirtió en la mejor escuela para escribir sobre migración, dignidad y la condición humana.
María Teresa Canelones Fernández sonríe cuando aclara que no se considera feminista. Lo dice con la serenidad de quien no necesita etiquetas para explicar su manera de ver el mundo. Sin embargo, basta recorrer las páginas de Historias domésticas para descubrir una obra profundamente comprometida con la dignidad de miles de mujeres que limpian casas, cuidan adultos mayores, acompañan enfermos y sostienen hogares ajenos mientras intentan reconstruir el suyo. Quizá la palabra más adecuada para definir su literatura no sea empoderamiento femenino, sino empoderamiento humano. Porque sus libros no hablan únicamente de mujeres. Hablan de seres humanos enfrentando la incertidumbre, la migración, la enfermedad, el trabajo y la permanente necesidad de empezar de nuevo.
La dignidad también cruza fronteras
En tiempos donde el éxito suele medirse por cargos, salarios o reconocimiento público, María Teresa decidió dirigir la mirada hacia un universo que rara vez ocupa titulares. Mientras buena parte de la literatura contemporánea persigue grandes conflictos políticos o sofisticadas ficciones psicológicas, ella encontró historias en una cocina, en un geriátrico, en una silla de ruedas, en una habitación donde una cuidadora cambia un pañal por octava vez en un mismo día o en el silencio de una mujer migrante que termina llorando sola después de apagar la luz de una casa que nunca será la suya. Allí descubrió una humanidad que pocas veces encuentra espacio en los discursos públicos y mucho menos en las conversaciones cotidianas.
Su bibliografía confirma que no se trata de una casualidad. Rompiendo las fronteras del corazón, Historias domésticas, Reflexiones de una insensata y Marlon Brando y la chica de la valija parecen libros distintos, pero todos responden a una misma pregunta: ¿qué ocurre cuando una persona abandona las certezas con las que fue educada y se ve obligada a reinventarse? Cada obra representa una estación distinta de ese recorrido. La migración, el trabajo, la memoria, la vida cotidiana y la observación paciente terminan convirtiéndose en piezas de una misma historia.
Durante nuestra conversación comprendí que, más allá de los libros, María Teresa es una observadora incansable. Antes de responder cualquier pregunta hace una breve pausa, como si necesitara volver a caminar por los lugares donde ocurrieron aquellas experiencias. Esa actitud explica buena parte de su escritura. No intenta convencer al lector de nada. Prefiere invitarlo a mirar con ella.
Cuando la literatura encontró el camino
Su relación con la literatura comenzó mucho antes de emigrar. Mientras otros niños ocupaban las tardes jugando, su madre decidió entregarles a ella y a sus hermanos un cuaderno, un lápiz y un libro. Aquella escena doméstica, aparentemente sencilla, terminó sembrando una vocación que décadas más tarde recorrería varios países latinoamericanos.
—Mi mamá nos dijo: «Muchachos, necesito trabajar y necesito que ustedes se ocupen leyendo y escribiendo»— recuerda con gratitud.
Desde entonces comenzó a inventar historias. No imaginaba que un día dejaría de inventarlas para escribir las que la propia vida le pondría delante.
Del periodismo institucional al viaje
Como muchos periodistas venezolanos, desarrolló durante años una carrera institucional. El trabajo era estable, pero algo le producía una inquietud constante. Sentía que la realidad que quería contar estaba ocurriendo en otra parte. Fue entonces cuando apareció el periodismo narrativo. Descubrió a Alberto Salcedo Ramos, Leila Guerriero, Martín Caparrós y otros cronistas latinoamericanos que demostraban que era posible convertir la realidad en literatura sin abandonar el rigor periodístico. Aquellas lecturas terminaron funcionando como una brújula.
Mientras hablaba de esos autores comprendí que, en el fondo, María Teresa no estaba buscando una nueva técnica para escribir. Estaba buscando una nueva manera de mirar. El periodismo narrativo le permitió entender que las historias más poderosas no siempre nacen de los grandes acontecimientos. Muchas veces esperan en los lugares donde casi nadie se detiene.
Con esa convicción emprendió un viaje que originalmente tenía un destino claro: Buenos Aires. Su intención era estudiar un posgrado en periodismo narrativo. Sin embargo, la realidad económica obligó a modificar los planes. Colombia fue la primera parada. Después llegaron Ecuador, Chile y finalmente Argentina. Como sucede con frecuencia en la migración, el recorrido terminó siendo mucho más importante que el destino.
Durante buena parte de ese viaje no se sentía migrante. Se definía, entre risas, como «una turista sin cámara fotográfica». La diferencia parece mínima, pero no lo es. El turista observa una ciudad sabiendo que regresará a casa. El migrante, en cambio, entiende que deberá construir otra casa. Esa revelación llegó lentamente. Fue el contacto cotidiano con otros venezolanos, con nuevas culturas y con la necesidad de buscar trabajo lo que terminó haciéndole comprender que ya no estaba simplemente viajando.
«Descubrí que era una migrante», dice sin dramatismo, como quien acepta una verdad que necesitaba tiempo para ser comprendida.
Esa conciencia transformó también su escritura. Los apuntes que había comenzado como una especie de terapia personal empezaron a adquirir otra dimensión. Ya no escribía únicamente sobre lo que veía. Escribía sobre lo que aquellas experiencias estaban haciendo con ella. Descubrió que el viaje no consistía únicamente en atravesar fronteras geográficas. También estaba cruzando fronteras emocionales, culturales y profesionales que nunca había imaginado.
Aprender a mirar antes de escribir
Hay un momento de la conversación que considero especialmente revelador. Le pregunto qué aprendió observando personas de distintas nacionalidades. Su respuesta evita cualquier lugar común sobre la diversidad cultural.
—«Somos seres humanos y tenemos sueños.»
Puede parecer una afirmación evidente. Sin embargo, basta observar el tratamiento que muchas veces reciben los migrantes para entender que esa obviedad sigue siendo necesaria. Con demasiada frecuencia reducimos a las personas a una nacionalidad, una profesión o una condición económica. María Teresa decidió hacer exactamente lo contrario. En cada país encontró personas distintas, pero necesidades sorprendentemente parecidas. Todos buscaban trabajar, construir un proyecto de vida, sentirse útiles y encontrar un lugar donde pertenecer.
Esa mirada explica por qué en sus libros aparecen tan pocos prejuicios. Ella misma reconoce que una de las mayores enseñanzas del periodismo narrativo consiste precisamente en observar antes de emitir un juicio. «Mi religión en este momento es el periodismo narrativo», afirma. No utiliza la palabra religión desde un sentido espiritual, sino como una forma de disciplina personal. Mirar primero. Comprender después. Escribir al final.
Esa filosofía terminó acompañándola incluso cuando la necesidad económica la llevó a desempeñar trabajos que jamás había imaginado realizar.
La academia le había enseñado a ejercer el periodismo. La migración comenzó a enseñarle oficios.
Y allí apareció uno de los grandes temas de nuestra conversación.
La capacidad de reinventarse.
La creatividad también alimenta la esperanza
Existe una idea profundamente instalada en buena parte de América Latina según la cual el éxito consiste en estudiar una carrera universitaria y ejercerla durante toda la vida. Todo aquello que se aparte de ese recorrido suele interpretarse como un fracaso. María Teresa cuestiona esa lógica desde su propia experiencia. Limpió casas, repartió volantes, trabajó como cajera de un autolavado, cocinó para familias, cuidó personas con discapacidad y adultos mayores. En ningún momento habla de esos trabajos con vergüenza. Al contrario. Los recuerda como espacios donde descubrió habilidades que desconocía.
«No nos enseñan oficios», reflexiona.
La frase merece detenerse un momento. Quizá uno de los mayores vacíos de nuestros sistemas educativos consiste precisamente en haber separado el conocimiento intelectual del trabajo manual. Pareciera que aprender electricidad, carpintería, cocina o cuidados personales tuviera menos valor que obtener un título universitario. Sin embargo, basta observar cualquier proceso migratorio para descubrir que son precisamente esos conocimientos prácticos los que muchas veces permiten empezar de nuevo con mayor rapidez.
María Teresa no desprecia la formación académica. Ella misma es periodista. Lo que cuestiona es una educación que prepara profesionales, pero pocas veces enseña a adaptarse cuando la vida obliga a cambiar de rumbo. Esa reflexión adquiere todavía más fuerza cuando recuerda su llegada al mundo de los cuidados. Nunca había cambiado un pañal. Nunca había cuidado a una persona con discapacidad. Y, sin embargo, fue precisamente allí donde comenzó uno de los aprendizajes más profundos de toda su vida.
Las mujeres que sostienen el mundo
La primera vez que una empresa de cuidados la envió a atender a una paciente, María Teresa creyó que se trataba de una jornada como cualquier otra. No imaginaba que aquella visita terminaría convirtiéndose en uno de los capítulos más importantes de su vida y, años después, en uno de los relatos más conmovedores de Historias domésticas. Al llegar descubrió que debía cuidar a una joven con discapacidad severa. Nunca había cambiado un pañal. Nunca había enfrentado una situación semejante. Su reacción inmediata fue humana: sintió miedo, angustia y unas inmensas ganas de salir corriendo. Sin embargo, permaneció allí. Respiró profundamente, volvió a respirar y decidió intentarlo.
Con el paso de los días, aquella mujer que inicialmente representaba un desafío terminó enseñándole una lección que ninguna universidad le había ofrecido: servir también puede transformar a quien sirve.
Ese episodio ocupa un lugar central dentro de Historias domésticas porque rompe con una idea profundamente instalada en nuestras sociedades: la de creer que el cuidado es un oficio menor. María Teresa plantea justamente lo contrario. Cuidar exige inteligencia emocional, paciencia, creatividad, tolerancia y una enorme capacidad de adaptación. Requiere comprender enfermedades, convivir con el dolor ajeno y, muchas veces, sostener emocionalmente a familias enteras que atraviesan momentos extremadamente difíciles.
Resulta paradójico que una labor de semejante complejidad continúe siendo una de las menos reconocidas socialmente. Quizá el problema nunca haya sido el trabajo doméstico ni el cuidado de personas; quizá el verdadero problema sea la forma en que históricamente hemos decidido valorar unos oficios sobre otros.
Mucho más que un oficio
Durante la entrevista insistió varias veces en una idea que atraviesa todo el libro: las cuidadoras no solamente acompañan pacientes; también acompañan emociones. Mientras la medicina intenta aliviar el cuerpo, ellas conviven diariamente con la tristeza, la ansiedad, el deterioro físico y el miedo de quienes saben que probablemente no volverán a recuperar la vida que tenían antes de enfermar. Esa convivencia modifica inevitablemente a quien cuida. «Ponerse en los zapatos del otro» deja de ser una frase hecha para convertirse en una práctica cotidiana. Al escucharla comprendí que Historias domésticas no es únicamente una denuncia sobre condiciones laborales. Es también un tratado silencioso sobre la empatía.
Precisamente por esa razón el libro evita construir un discurso de confrontación entre cuidadoras y familias. María Teresa reconoce que encontró hogares donde fue recibida con afecto y respeto, así como otros donde experimentó situaciones difíciles. Su interés nunca estuvo en dividir a unos y otros, sino en mostrar que la enfermedad también transforma a quienes rodean al paciente. Hay familiares agotados, personas que cargan años cuidando a un ser querido, empresas que reducen el cuidado a una transacción económica y pacientes que reaccionan con rabia porque sienten que han perdido el control sobre sus propias vidas. El resultado es un escenario profundamente humano donde nadie sale completamente ileso.
Uno de los aspectos que más llamó mi atención fue el uso constante del humor. Resulta llamativo que un libro que aborda explotación laboral, enfermedad y migración consiga arrancar sonrisas. Basta recordar el célebre capítulo dedicado al papel higiénico, donde un simple rollo de papel termina convirtiéndose en símbolo de las tensiones domésticas, para entender que María Teresa encontró en la ironía una herramienta narrativa extraordinariamente eficaz. Ella misma reconoce que muchas de las situaciones que en su momento le provocaron indignación terminaron convirtiéndose, años después, en episodios capaces de despertar una sonrisa. No porque dejaran de ser injustas, sino porque la distancia emocional le permitió comprender que el humor también puede denunciar.
Mientras conversábamos pensé que quizá ese sea uno de los mayores aciertos de su escritura. Hay autores que describen el sufrimiento con solemnidad. María Teresa, en cambio, consigue mostrar la complejidad de la condición humana sin perder de vista la ternura. En sus páginas aparecen pacientes malhumorados, familias obsesionadas con detalles mínimos, personas generosas, ancianas que terminan consolando a sus propias cuidadoras y jóvenes con discapacidad capaces de transformar una rutina médica en un momento de alegría. Esa combinación convierte Historias domésticas en un libro difícil de clasificar. No es una denuncia social en sentido estricto. Tampoco un libro de memorias tradicional. Mucho menos un manual para cuidadoras. Es, ante todo, una exploración de la naturaleza humana.
Reinventarse también es resistir
La conversación dio entonces un giro hacia un tema que, en mi opinión, constituye el verdadero corazón de toda su obra: la salud mental. Le pregunté por la fortaleza emocional necesaria para atravesar tantos cambios, tantos países y tantos trabajos distintos. Su respuesta evitó los discursos motivacionales tan frecuentes en estos tiempos. No habló de fórmulas mágicas ni de pensamientos positivos. Habló de mantener la mente ocupada, de cuidar aquello que consumimos, de observar con quiénes nos relacionamos y, sobre todo, de cultivar un diálogo interior que nos permita afrontar las crisis sin perder la serenidad. «Hay que hablar con el cerebro», dijo sonriendo, como si resumiera en una frase una filosofía construida a lo largo de años de incertidumbre.
Esa reflexión conecta naturalmente con Reflexiones de una insensata, un libro donde reivindica el valor de las pequeñas acciones cotidianas. Pelar ajos, lavar verduras o quitar telarañas dejan de ser tareas insignificantes para convertirse en ejercicios de presencia y equilibrio. Confieso que esa mirada me resultó particularmente interesante porque cuestiona una cultura obsesionada con la productividad permanente. Pareciera que solo aquello que genera dinero merece ser valorado. María Teresa propone una lógica distinta: mantenerse ocupado también puede ser una forma de proteger la salud emocional.
Hay otra afirmación suya que merece ser destacada. Cuando le pregunté qué consejo daría a quienes desean emigrar, no habló primero de documentos ni de oportunidades laborales. Habló de observar la cultura del país de destino, comprender cómo piensa su gente, conocer sus costumbres y llegar dispuesto a aprender. Esa respuesta revela nuevamente la coherencia entre la escritora y la persona. Antes de pretender ser comprendido, hay que intentar comprender. Es una lección sencilla, pero extraordinariamente vigente en un mundo donde cada vez resulta más fácil emitir opiniones rápidas sobre realidades que apenas conocemos.
En varios momentos de la entrevista insistió también en la importancia de aprender oficios. Lo dijo sin ningún complejo. Cocinar, limpiar, reparar una puerta, cuidar a un adulto mayor o atender un comercio son habilidades que pueden convertirse en la diferencia entre quedarse paralizado o seguir avanzando cuando la vida cambia de dirección. Mientras la escuchaba recordé cuántas veces la educación latinoamericana continúa presentando determinados trabajos como opciones de segunda categoría. Quizá haya llegado el momento de revisar ese paradigma. Ningún oficio digno disminuye a una persona. Por el contrario, amplía su capacidad para enfrentar el futuro.
Al revisar su trayectoria comprendí que sus cuatro libros forman, en realidad, una sola obra. Rompiendo las fronteras del corazón narra el viaje. Historias domésticas retrata el aprendizaje. Reflexiones de una insensata muestra el proceso interior. Marlon Brando y la chica de la valija recupera la memoria. Son distintos capítulos de una misma búsqueda: entender al ser humano desde la experiencia vivida. Quizá por eso resulta imposible separar a la periodista de la escritora. Ambas conviven permanentemente en su manera de observar el mundo.
Antes de despedirnos le pregunté por sus proyectos actuales. Lejos de hablar de grandes planes editoriales, respondió con la misma sencillez que atravesó toda la conversación. Continúa trabajando, explorando nuevas áreas comerciales y, cuando es necesario, sigue cuidando personas y realizando labores domésticas. No lo dice con resignación. Lo dice con orgullo. «Me siento periodista, me siento cuidadora, me siento editora, me siento profesora», afirma. Esa multiplicidad de identidades resume perfectamente el espíritu de su obra: el ser humano no debería quedar reducido jamás a un solo oficio.
Al terminar la entrevista me quedó una sensación difícil de ignorar. Durante años hemos repetido discursos sobre igualdad, dignidad y derechos laborales, pero seguimos construyendo jerarquías invisibles entre profesiones. Admiramos a quien dirige una empresa, pero pocas veces pensamos en quienes limpian sus oficinas. Celebramos el éxito económico, pero olvidamos a quienes pasan noches enteras cuidando ancianos, acompañando enfermos o manteniendo hogares en funcionamiento. Quizá por eso libros como Historias domésticas resultan necesarios. No porque pretendan idealizar esos trabajos, sino porque nos obligan a mirar donde normalmente apartamos la vista.
María Teresa Canelones no escribió un manifiesto. Escribió un espejo. En él aparecen migrantes, cuidadoras, trabajadoras domésticas, pacientes, familias y también nosotros mismos. Sus páginas nos recuerdan que la dignidad no depende del uniforme que llevemos puesto ni del cargo que figure en una tarjeta de presentación. Depende de la manera en que decidimos relacionarnos con los demás y del respeto que somos capaces de ofrecer a quienes sostienen silenciosamente buena parte de nuestra vida cotidiana.
Quizá esa sea la verdadera enseñanza de esta conversación. La grandeza humana rara vez hace ruido. Muchas veces entra por la puerta de servicio, prepara el desayuno, cambia un pañal, limpia una habitación, acompaña un tratamiento médico y, cuando termina la jornada, regresa a casa sin imaginar que alguien podría escribir un libro sobre su historia.
Y tal vez esa sea, precisamente, la misión más noble del periodismo y de la literatura: devolverles un nombre, una voz y un lugar en la memoria colectiva a quienes casi siempre han permanecido fuera de foco.
¿Cuántas historias extraordinarias seguirán esperando detrás de esos oficios que la sociedad aún insiste en llamar ordinarios?
Leer a María Teresa Canelones es reconciliarse con una verdad que muchas veces preferimos ignorar: las historias más importantes de la vida casi nunca ocurren donde apuntan las cámaras. Sus libros rescatan a quienes sostienen silenciosamente el mundo desde una cocina, un hospital, una habitación o un largo camino de migración. Lo hace sin victimizar, sin idealizar y sin resentimientos; observa, comprende y escribe con una honestidad que nace de la experiencia vivida.
Su obra deja una enseñanza poderosa. Ningún trabajo digno empequeñece a una persona y ningún sueño queda cancelado por la necesidad de empezar de nuevo. Al contrario, es precisamente en los momentos de mayor incertidumbre donde aparecen la creatividad, la resiliencia y la capacidad de reinventarse. Sus páginas nos recuerdan que antes de ser profesionales, migrantes, cuidadoras o escritores, todos compartimos la misma condición humana.
Leer a María Teresa Canelones no solo es descubrir una escritora. Es aceptar una invitación a mirar con más respeto a quienes muchas veces permanecen invisibles y comprender que, en ocasiones, la verdadera grandeza no hace ruido: simplemente sirve, acompaña y sigue adelante. Esa, quizás, sea la mayor lección que deja su literatura.
Carlos Luis Barrios
Carlos Luis, es un honor y un regalo de la vida que un GRAN escritor y narrador como tú haya destinado su tiempo -que es oro- para contar este viaje.
¡Estoy muy emocionada!
Tú trabajo periodístico, es imperdible, y se convertirá en lectura obligatoria para las viejas y nuevas generaciones de comunicadores que desarrollan la línea del Periodismo Narrativo y Literario en el país.
Ha sido una suerte el descubrir tú página web.
Representas una inspiración y una esperanza para el periodismo venezolano, por tú impecable forma de narrar, disciplina, y por esa manera particular de decir.
Ojalá pronto los estudiantes de comunicación social de Venezuela además de ver y leer tus entrevistas -así como tus artículos y trabajos de investigación- también puedan escucharte “en vivo y en directo” jejejeje 🙃.
Tú escritura continuará alumbrando e inspirando a multitudes 🤗
Gracias ⭐
Abrazossss con cariño y admiración
Excelente entrevista 👏🏽 👏🏽 👏🏽 👏🏽 Bendiciones por tu talento de escritor y periodista. Seguiré escuchándote y leyéndote. Un abrazo 🤗 😊