Lo que fuimos y lo que aún somos

Carlos Luis Barrios.

Leí un artículo titulado Lo que fuimos y, sin querer, emprendí un viaje hacia adentro. No fue nostalgia: fue curiosidad. La misma que sentí cuando era niño y un tío me dijo, con una sonrisa medio distraída, “tú eres observador”.

No entendí qué quería decir, pero desde ese día empecé a mirar el mundo con más atención. Las manos de mi madre al cocinar, los silencios de mi padre cuando se quedaba mirando al horizonte, la profundidad de las miradas, las conversaciones que se partían en dos cuando alguien callaba lo que dolía. Ser observador, sin saberlo, fue mi primer oficio. Y ese hábito, más que una habilidad, terminó definiendo mi vida.

Hoy, tantos años después, volví a observarme.

El Carlos Luis de hace diez años, el de veinte, y aquel niño que aún no sabía ponerle nombre al miedo. Lo miro sin juicio, con una ternura que antes no tenía. Lo veo tropezar, amar, fallar, insistir.

Y me doy cuenta de que el tiempo no borra, transforma. Que los miedos de entonces se disuelven, pero dejan su eco.  Ya no temo al fracaso, sino al olvido.Ya no me asusta perder, sino no sentir.

¿En qué momento empezamos a medirnos por lo que logramos y no por lo que comprendemos?

¿Cuándo se volvió tan difícil detenernos a pensar sin sentir culpa?

Vivimos en tiempos donde mirar atrás se confunde con debilidad, donde se valora más el ruido que la pausa. La inmediatez se ha vuelto religión. La reflexión, un lujo.

Pero mirar atrás, mirarse atrás, es también una forma de resistencia: una manera de recordarnos que no somos datos ni etiquetas, sino historias en movimiento.

He aprendido a hablarme con más gentileza. A no corregirme tanto. A no exigirme que cada día sea una versión mejor de mí, sino más sincera. Esa es la única madurez que reconozco: la de no huir del espejo cuando devuelve lo que no queremos ver.

Ser periodista, lo entiendo ahora, es mucho más que narrar lo que ocurre afuera. También es registrar las transformaciones del alma humana, las nuestras y las ajenas. Porque mientras observo el mundo, también me observo a mí: ese es el oficio invisible que no aparece en los currículos, pero nos define.

He amado, he perdido, he cambiado de ciudades y de piel. Y, en cada etapa, me he reencontrado con ese niño curioso que lo miraba todo en silencio. Quizás la madurez consista en eso: en seguir preguntando sin esperar respuestas.

¿Quién soy cuando nadie me ve?

¿El periodista o escritor que intenta entender a los otros o el hombre que se sigue buscando entre sus palabras?

 Tal vez ambos. Tal vez ninguno.

Hoy miro mi entorno y veo que muchos viven con el alma en automático, desconectados de su historia, apurados por llegar a ningún lado. Nos cuesta tanto detenernos a sentir que hemos confundido movimiento con progreso. Y sin embargo, lo que realmente nos salva no es avanzar, sino comprender por qué caminamos.

Me quedo con lo bello de cada etapa: con los errores que me enseñaron humildad, con las pérdidas, la ternura, con la certeza de que no todo se supera, pero todo se entiende.

He comprendido que observar es amar sin poseer. Y que escribir, como mirar, es una forma de permanecer.

Vivimos rodeados de información, pero cada vez comprendemos menos. Tal vez por eso recordar quién fuimos sea el acto más revolucionario de nuestro tiempo.

Y cuando pienso en aquel tío, aquel que sin saberlo me entregó la llave de mi destino, sonrío. Porque tenía razón: observar es un modo de no perderse. Y yo sigo aquí, observando.

Ahora, creo que el pasado no está atrás, sino adentro de nosotros. Se hace presente cada vez que elegimos mirarlo sin miedo.

¿Hace cuánto no te detienes a observarte con la misma curiosidad con la que miras el mundo?

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