El rumor del espejo

José Luis Rivas

Cuando Mateo tenía catorce años, odiaba mirarse al espejo. No porque no le gustara su cara, sino porque el reflejo parecía repetir todo lo que escuchaba en el colegio:

—¡Cuatro ojos! ¡Camina como robot! —gritaban los chicos del fondo.

—Déjalo, ni habla —reía otro.

Cada palabra se le clavaba como un alfiler invisible. Al principio pensó que el silencio era su escudo. Luego entendió que lo estaba convirtiendo en su prisión.

Una tarde, la profesora de literatura pidió escribir un cuento sobre “lo que más te duele”. Mateo dudó, pero escribió: “El niño que quería desaparecer”. No le puso su nombre, aunque todos sabían que era él. Cuando leyó su historia en voz alta, el aula quedó muda.

—¿Por qué el niño quería desaparecer? —preguntó la profesora con suavidad.

—Porque nadie lo veía —respondió sin levantar la mirada.

Hubo risas incómodas al fondo, pero la maestra no las dejó pasar.

—A veces, quienes más se burlan son los que más temen verse a sí mismos —dijo mirándolos con firmeza.

Ese día, algo cambió. No en los demás, sino en Mateo. Por primera vez entendió que no podía controlar las palabras ajenas, pero sí la forma en que lo tocaban.

Pasaron los años. Los que se burlaban se convirtieron en sombras borrosas en su memoria. Él, en cambio, encontró refugio en los libros, en la música y en su propia voz. En la universidad, se presentó a un concurso literario con un relato titulado “El rumor del espejo”. Ganó el primer lugar.

Durante la ceremonia, un joven se acercó y le dijo:

—Yo también fui de los que te molestaban… Quería pedirte perdón.

Mateo sonrió.

—Ya estás perdonado. Lo hice el día que entendí que no necesitaba ser aceptado para tener valor.

Al regresar a casa, se miró en el espejo. Por primera vez no vio al chico frágil, sino al hombre que aprendió a levantarse.

Reflexión y moraleja:
El bullying no define a quien lo sufre, sino a quien lo ejerce. Las palabras pueden herir, pero también pueden sanar cuando uno aprende a usarlas para contar su historia.
Mateo comprendió que el verdadero poder no está en responder con odio, sino en convertir el dolor en propósito.

Hoy, cuando visita escuelas, les dice a los estudiantes:

—No se crean las mentiras que otros dicen de ustedes. Los que hoy los hacen sentir pequeños, mañana no recordarán ni sus nombres. Pero ustedes sí recordarán quiénes decidieron ser después de todo eso.

Y al final, levanta su premio, no como trofeo, sino como espejo: para que cada chico o chica que alguna vez fue humillado se vea reflejado y sepa que también puede vencer.

Porque a veces, los que callan… solo están aprendiendo a escuchar su propia voz.

José Luis Rivas, joven escritor colombiano de 23 años, cursa actualmente la carrera de Comunicación Social. Su sensibilidad y mirada reflexiva lo han llevado a explorar temas como la superación personal, el bullying y la búsqueda de identidad en la juventud.

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