Juan Cortizo: el muchacho que quiso darle forma al futuro

Entre diseños, formas orgánicas y sueños, llevó la artesanía venezolana hasta Milán.

Con apenas 22 años, el diseñador industrial venezolano Juan Cortizo llevó su proyecto Quíbor hasta el SaloneSatellite de Milán, una de las vitrinas más importantes del diseño emergente del mundo. Pero detrás de las piezas de madera, las curvas orgánicas y los reconocimientos internacionales, hay una historia de perseverancia, intuición y una profunda conexión con sus raíces.

Mientras muchos jóvenes venezolanos sueñan con abandonar el país, Juan Cortizo decidió mirar hacia adentro. Encontró en los artesanos larenses, en las enseñanzas de su padre y en una estética que él define como “futurismo orgánico”, el lenguaje con el que hoy comienza a abrirse espacio en la escena internacional del diseño.

Hay personas que construyen objetos para resolver problemas. Otras fabrican muebles, lámparas o electrodomésticos destinados a ocupar un rincón cualquiera de una casa. Juan Cortizo pertenece a una categoría distinta. Sus piezas no buscan solamente cumplir una función; intentan provocar una emoción, despertar una curiosidad o detener al espectador durante unos segundos para preguntarse de dónde viene esa forma que parece viva.

Quizá por eso, cuando habla de diseño industrial, rara vez comienza hablando de materiales o procesos. Habla de sueños, de intuición, de esa necesidad casi infantil de inventar cosas que, según cuenta entre risas, su madre le recuerda desde pequeño.

“Mi mamá siempre me lo dice: hasta el sol de hoy sigo inventando, sigo creando cosas nuevas; mi mente siempre está trabajando”.

Donde nacen las ideas

Antes de convertirse en uno de los jóvenes venezolanos seleccionados para exponer en el SaloneSatellite de Milán, Cortizo pensó que su camino sería la arquitectura. Soñaba con diseñar su propia casa, el lugar donde algún día vivirían su familia y sus seres queridos. Sin embargo, una visita al Instituto de Diseño de Caracas terminó cambiando el rumbo de su vida.

Primero probó suerte en Diseño de Interiores. Apenas unos meses después comenzó a colarse en los talleres de Diseño Industrial, observando los proyectos de los estudiantes más avanzados. Algo hizo clic.

“Creo que ha sido la mejor decisión que he tomado en torno a mi carrera profesional”.

Su estilo tampoco tardó en definirse. Mientras muchos apostaban por líneas rectas y soluciones funcionales, él se sentía atraído por las curvas, las formas orgánicas y la sensación de movimiento. Nombres como Ross Lovegrove o Luigi Colani comenzaron a convertirse en referencias inevitables.

“Yo no soy una persona rígida ni en mi estilo de vida ni en las cosas que diseño”.

Un proyecto llamado Quíbor

La historia de Quíbor comenzó como una tesis universitaria, pero terminó convirtiéndose en una declaración de principios. El reto consistía en integrar técnicas artesanales venezolanas dentro de una propuesta de diseño contemporáneo.

El joven diseñador viajó a Lara y encontró algo más que madera y talleres: descubrió una comunidad de artesanos que todavía conserva técnicas transmitidas de generación en generación. En lugar de utilizarlos únicamente como proveedores, decidió convertirlos en aliados creativos.

“El proyecto busca brindarles una mejor calidad de vida y también sacarlos de su zona de confort”.

La relación no fue sencilla. Las piezas que imaginaba parecían demasiado complejas para los métodos tradicionales. Muchos le advirtieron que no serían viables. Algunos profesores incluso le repetían una frase que todavía recuerda.

“Mira, eso no se puede”.

Pero Cortizo nunca entendió esas palabras como una sentencia. Más bien las convirtió en combustible.

“Nunca lo tomé como un obstáculo, sino como un motor para seguir luchando por mis ideas”.

El viaje hacia Milán

Cuando recibió la invitación para participar en el SaloneSatellite, no imaginaba que aquel proyecto universitario terminaría exhibiéndose frente a cientos de diseñadores de todo el mundo. Mucho menos esperaba recibir una mención especial.

El recuerdo sigue siendo uno de los momentos más intensos de su vida. Mientras escuchaba el anuncio, su padre viajaba en un avión rumbo a Italia para acompañarlo. Cuando aterrizó, la noticia ya había recorrido medio planeta.

“Ellos estaban volando y cuando llegaron ya sabían que había recibido la mención especial”.

En medio de un espacio dominado por muebles, revestimientos y objetos decorativos, las cornetas desarrolladas por Juan Cortizo llamaron la atención por su lenguaje distinto. Eran piezas contemporáneas, sí, pero también profundamente venezolanas.

Su mentor le resumió aquel instante con una frase que todavía lo acompaña.

“Chamo, rompiste el molde”.

Crear también es resistir

En tiempos donde la velocidad parece imponerse sobre la profundidad, Cortizo defiende una idea distinta del éxito. Para él, diseñar no consiste únicamente en producir objetos bellos, sino en sostener una visión propia incluso cuando nadie termina de comprenderla.

La experiencia en China, durante su residencia en la Rong Design Library, terminó de confirmar esa filosofía. El proyecto original que llevaba preparado no pudo realizarse y tuvo que reinventarse casi desde cero. De ese imprevisto nació la lámpara Trébol, inspirada en la esperanza, la fe, el amor y la suerte.

“La suerte es la intersección entre la preparación y la oportunidad”.

Quizá esa frase explique buena parte de su recorrido. Porque detrás del reconocimiento internacional no parece haber una historia de casualidades, sino de disciplina silenciosa, de horas de trabajo y de una voluntad obstinada por mantenerse fiel a sí mismo.

Mirar al cielo

Cuando se le pregunta qué consejo daría a otros jóvenes, no habla de premios ni de dinero. Regresa, inevitablemente, a una frase que heredó de su padre y que parece resumir toda su manera de entender la vida.

“Con la mirada al cielo, pero con los pies en la tierra”.

Tal vez allí esté el verdadero corazón de esta historia. En un país acostumbrado a las despedidas y a las incertidumbres, un muchacho decidió mirar las vetas de la madera, las manos de los artesanos y las formas de la naturaleza para construir una idea de futuro.

Un día no muy lejano, sus piezas seguirán ocupando galerías, hoteles o casas en cualquier rincón del mundo. Quizá el muchacho que soñaba con diseñar desde Caracas termine colaborando con los nombres que hoy admira.

Pero hay algo que probablemente nunca cambie: ese impulso de seguir inventando.

De seguir creyendo que una tabla de madera puede convertirse en emoción. Que un objeto puede contar una historia. Que el futuro no tiene por qué parecerse a una máquina fría, sino a algo vivo.

Y mientras existan jóvenes capaces de convertir las raíces en alas, Venezuela seguirá teniendo mucho más que exportar que sus nostalgias.

 

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