El verdadero regalo

silviarosa73@gmail.com

Cada año llegaba la Navidad, y había quienes creían que era la época más bella del año porque nacería el Niño Jesús. Otros, en cambio, pensaban que la Navidad no era más que una temporada mercantil, cuya única imagen era Santa Claus: aquel señor panzón y barbudo vestido de rojo que traía regalos desde el Polo Norte. Pero lo cierto es que la Navidad tenía un significado más profundo: no se trataba solo de juguetes ni de comida navideña.

Los adornos se colocan por tradición, pero el pesebre lo es aún más, porque con él representamos el nacimiento del Niño Jesús.

En una humilde vivienda vivía una vendedora de dulces de la estación de autobuses junto a sus tres hijos. No tenía esposo: él se había ido al Cielo tras un accidente con un tractor. Era agricultor y trabajaba en una zona rural donde muchas personas cultivaban sus propias fincas. Aquel día, mientras maniobraba el tractor, la máquina se le vino encima. Cuando lo encontraron, ya no tenía signos vitales.

La tragedia obligó a la joven mujer a abandonar la finca: no podía encargarse al mismo tiempo de la tierra y de sus hijos, que entonces tenían tres, seis y ocho años. Se mudaron a la capital y se acomodaron en casa de una hermana, quien solo tenía un cuarto disponible. Allí logró sostenerse un tiempo mientras dejaba a los niños con su tía para poder trabajar.

Poco después, supo de una pequeña casa en un barrio capitalino. Con algunos ahorros y lo poco que ganaba, pudo dar la cuota inicial y mudarse con sus hijos. No tenía cómo pagar colegio ni guardería, así que los llevaba consigo al trabajo. De su primer empleo fue despedida, pero recibió una bonificación que le permitió seguir adelante.

Luego consiguió trabajo vendiendo dulces en los autobuses de un terminal. El salario apenas alcanzaba para medio comer, y cuando las ventas bajaban, enseñó a su hijo mayor a vender con ella. Se levantaban muy temprano. Algunos días vendían bien; otros, casi nada. Pero seguían.

Poco a poco fue amoblando la casa. Al principio solo tenían colchones y una cocina. Había pasado casi todo el año con pocos recursos, pero nunca dejaba a sus hijos con nadie. A donde iba, los llevaba.

De la finca solo trajo sus ropas… y un pesebre. Aquel pesebre que colocaba todos los años. Ese diciembre sería la primera vez que lo armaría en su nueva casa.

Le pedía mucho a Dios que la ayudara. Y aunque no siempre lo veía, Él la ayudaba cada día. En el terminal, cuando las ventas eran pocas, siempre aparecía alguien que le regalaba algo para sus niños.

Llegó la Navidad. No había árbol, ni coronas, ni regalos. Solo aquel pesebre, que ella cuidaba como un tesoro. Lo armó con cariño: el pequeño pueblo de figuras, las casas, los árboles, los animales diminutos, todo recreando aquel momento ocurrido hacía más de dos mil años: el nacimiento de Jesús. Lo iluminó con sus luces de colores.

Cuando fue a colocar al Niño, no lo encontró. Pensó que lo había dejado atrás o que se había roto en el viaje, pero no había restos en el saco donde lo guardaba. Con tristeza, decidió que tendría que comprar otro.

Pero el Niño no se había perdido.

Su hijo menor lo tenía abrazado en su camita, dormido. Y entonces ella sintió —sin saber cómo— que el Niño había cobrado vida, y que el mayor regalo no estaba en las cosas, sino en ver a sus tres hijos junto a ella.

De pronto, alguien tocó la puerta. Eran algunos compañeros de trabajo que llegaban con regalos y alimentos para desearle una Feliz Navidad.

Ella agradeció a todos…
pero en su mente susurró:

—Gracias, querido Niño Jesús.

Comparte este artículo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio