Eduardo Abad: el pintor que convirtió la nostalgia en un hogar creativo

Desde España, el artista venezolano redefine su oficio entre la memoria, el color del Caribe y la disciplina aprendida tras toda una vida como ingeniero.

Migró a los 60 años, dejó atrás una carrera como ingeniero mecánico y apostó por la pintura como un acto de resistencia emocional. Hoy, Eduardo Abad se ha convertido en uno de los retratistas y paisajistas venezolanos más comentados en redes, un creador que defiende la autenticidad en un mercado saturado y que transforma sus fotografías de montaña en obras que respiran país.

A veces el arte no nace de la ambición, sino de una herida. De un silencio. De un país que se quiebra al mismo tiempo que empuja a sus hijos a buscar otro destino. Eduardo Abad, venezolano radicado en Tenerife, lo descubrió tarde: que la pintura no era un pasatiempo, sino una deuda pendiente consigo mismo. Una voz interior que lo acompañó desde la infancia y que, al migrar, se convirtió en refugio, en disciplina y en raíz.

Eduardo Abad habla con la serenidad de quien ha vivido varias vidas. Ingeniero mecánico formado en la Universidad Simón Bolívar, pasó décadas dedicado a su profesión hasta que la realidad venezolana lo obligó a detenerse y repensarlo todo. “Salí de Venezuela casi a los 60 años y entendí que era absurdo empezar una vida nueva revalidando títulos cuando tenía una tarea pendiente entre las manos”, cuenta. Esa tarea era la pintura, un oficio que había acompañado en paralelo desde niño y al que siempre regresaba como quien regresa a casa.

La epifanía antes de la pandemia

Abad llegó a Tenerife meses antes de la pandemia. Allí ocurrió el giro silencioso: el artista derrotó al ingeniero. “Si te digo exactamente cuándo pasó, fue unos meses antes del COVID. Ese fue el momento en que comprendí que lo mío ya no era un hobby. Era mi destino”, recuerda.

Durante años había estudiado, practicado, expuesto y alimentado esa parte artística sin imaginar que un día sería su profesión principal. Pero la migración, y su crudeza, le mostró que la vida también empuja. A veces con ternura; a veces con una cachetada. “La vida te dice: haz lo que siempre quisiste hacer”, confiesa.

El país como materia prima

Aunque vive en España, su obra está hecha de Venezuela. Paisajes, montañas, selvas, aves, lagunas. Todo parte de su archivo personal de montañista y fotógrafo. “Yo no me imagino subir una montaña sin una cámara en la mano. No sé si soy un fotógrafo que ama la montaña o un montañista que ama la fotografía”, dice entre risas.

Ese vínculo lo acompañó incluso antes de migrar. “La distancia nunca fue ausencia. Venezuela ya era mi tema antes de dejarla”, explica. De sus expediciones conserva miles de imágenes que hoy funcionan como referencia para cuadros donde la selva, el Ávila y Canaima vuelven a existir con una luz que no renuncia al Caribe.

El retrato que no perdona

Aunque muchos lo conocen por sus retratos, él mismo reconoce que el paisaje ocupa más de su tiempo. Pero cuando se sienta frente a un rostro, algo pasa. “La expresión facial es lo más difícil que un artista puede enfrentar. Un paisaje perdona. Un rostro no. Si no se parece, no sirve”, afirma con una honestidad que no hace concesiones.

Uno de sus retratos más significativos es el de su esposa. “Quizá ese ha sido el mejor retrato que he hecho. Se lo regalé por el día de los enamorados. Tonos violetas y azules, casi dos metros de ancho. Fue especial.”

El color como identidad caribeña

Su obra explota en colores. Sobresaturación, metálicos, dorados, intensidades inimaginables. No es casual. “La explosión de color del Caribe es única. Tú puedes jugar con ella y nadie va a creer que eres un pintor sueco. Lo tuyo es caribeño, inevitablemente”, explica.

Para él, copiar una foto no tiene sentido. Su intención es transformar. Crear. Exagerar. Dar vida. “Si quieres un paisaje exacto, amplías una fotografía. Mi trabajo es aportar algo distinto.”

El ingeniero que no murió

Aunque abandonó la ingeniería, el método sigue dentro. Orden, proporciones estrictas, dibujo previo impecable. “Me cuesta mucho liberarme de eso. Hago el dibujo exacto, mido todo, respeto cada línea. Ahí está el ingeniero. Y luego llega el artista con el color, el contraste, la emoción”, dice.

Esa mezcla —razón y sensibilidad— se ha convertido en su sello.

La tentación del éxito fácil

En tiempos donde el arte digital, las impresiones en masa y las modas pasajeras dominan el mercado, Abad defiende la originalidad. “La tentación más grande es hacer algo comercial que venda rápido, pero que no aporta nada. Yo prefiero estar un mes haciendo una obra que solo puedo ofrecer yo.”

Rechaza los atajos. Rechaza las producciones en serie. Rechaza lo que no tenga alma. “No me siento honesto haciendo algo que cualquiera podría hacer.”

La madurez como herramienta creativa

A sus 60, la vulnerabilidad dejó de ser debilidad. Es brújula. Es lenguaje. “He desarrollado un estilo propio. Mucho contraste, mucha fidelidad en la forma. La mano ya trabaja sola, entra en trance. Eso antes no ocurría.”

Cuando una obra no alcanza lo que imaginó, no duda. La destruye. “Si me queda por debajo, la pinto en blanco encima y empiezo de nuevo. No regalo mediocridad.

El silencio del taller

De todas las lecciones que le ha dado la migración, hay una que guarda con especial cuidado. “Las dos manos que más te van a ayudar son las tuyas. En el taller estás solo. No puedes pedirle a nadie que pinte por ti.”

Por eso, sus obras no tienen copias digitales ni impresiones limitadas. Lo suyo es entrega absoluta. Pieza única. Objeto irrepetible.

Venezuela como revelación

A veces, cuando expone sus cuadros, los extranjeros le piden pruebas de que los paisajes que pinta existen de verdad. “Venezuela tiene lugares tan absurdos y tan hermosos que piensan que los inventé. Tengo que mostrarles la foto para que me crean”, dice entre risas.

Sus cuadros revelan un país que duele, pero también un país que aún sorprende.

Un mensaje para los que se fueron

Al final de la conversación, se queda en silencio unos segundos, como quien sabe que va a decir algo que viene del centro del pecho.

No permitan que Venezuela salga de ustedes. Si se olvidan de sus raíces, desaparecen.

Ese es Eduardo Abad: un artista que, desde España, sigue pintando el país que se niega a dejar morir.

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6 comentarios en “Eduardo Abad: el pintor que convirtió la nostalgia en un hogar creativo”

  1. Nunca, nadie había escrito sobre mi labor como artista de una forma tan magistral. Estoy sorprendido y muy halagado por este texto.
    Sólo un Escritor, con mayúsculas, pudo hacerlo. Nada que añadir. Ni una coma que mover. Ninguna idea quedó por fuera.
    No esperaba tanto. Es un honor.
    Quedo muy agradecido

  2. Carmen Cecilia Torres

    La esencia de Eduardo como ser humano es lo que vemos en sus pinturas, por eso es irrepetible. Saludos y bien merecido cada exito.

  3. He sido testigo de su desarrollo y revelación como artista plástico.
    Yo lo conocí como explorador, montañista y buen fotógrafo desde hace varios años ya, con quien tuve la oportunidad de conquistar algunas cumbres por ahí.
    Éxito amigo

  4. Nayarit Rivero

    Excelente escrito.
    Eduardo Abad es un artista que cada día se supera así mismo.
    Estoy muy orgullosa de mí esposo.

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