
Por Iraidy Agüero.
Era jueves por la noche. Hacía un calor infernal que me hacía sudar en zonas inimaginables, dejándome una sensación de fealdad, brillante y grasienta como una tajada. El ventilador, lejos de refrescar, escupía fuego; quemaba mi piel y alimentaba un mal humor creciente. Aquel maldito ventilador emitía un sonido metálico que me tenía los nervios de punta; juraba que el motor se fundiría en cualquier momento y sería mi fin. Entonces, la vida me demostró que todo siempre podía empeorar: se fue la luz.
Soltando una serie de improperios contra todo y nada a la vez, abrí las ventanas de la sala y me desplomé en el sofá. Me di por vencida; la frustración pesaba tanto como el calor y el silencio. El reloj marcaba las nueve de la noche; según mis cálculos, pasaría al menos tres o cuatro horas a oscuras. Tenía tanto por hacer… El departamento era un caos de cajas y maletas, pero ahí, quieta entre el desorden, me entregué a mis pensamientos. Deseaba un poco de ayuda o, al menos apoyo emocional. Me sentía sola.
Acepté durante años que familiares y amigos me tacharan de fría y poco empática. En mi adolescencia y a principios de los veinte, me esforzaba por demostrarles que era una buena persona, pero el resultado siempre era el mismo. Hace mucho que dejaron de importarme esas etiquetas. Prefiero que crean eso de mí porque la verdad es aún más miserable: soy una cobarde.
Huía cuando sentía que perdía el control, cuando tenía miedo o cuando me atravesaba el dolor. Estaba cansada; había huido tanto en los últimos años que, por un momento casi me perdía a mí misma. Como si fuera posible huir de uno mismo.
Quería mirarme al espejo y sentirme orgullosa de la mujer en la que me había convertido. Estaba dispuesta a cambiar mi vida, aunque no tuviera idea de por dónde iniciar.
Trabajé durante cinco años en el departamento de marcketing para una empresa agroindustrial en Maracaibo. Sin embargo, los últimos meses me sentí fuera de mí, perdida y sin un rumbo claro, eso me llevó a renunciar a mi trabajo y regresar a mi ciudad natal: Trujillo. No medí las consecuencias; fue otra de mis huidas desesperadas.
Una corriente de aire frío se coló por las ventanas y, de pronto, las luces se encendieron al tiempo que se me erizaba la piel. Me quedé esperando los vítores de mis vecinos, pero el silencio fue absoluto; en su lugar, un toque a la puerta me hizo dar un respingo. Miré el reloj: las nueve y uno. Me pareció imposible; habría jurado que estuve a oscuras por lo menos una hora. Revisé mi teléfono y noté que estaba apagado. Volvieron a tocar, esta vez con golpes firmes pero pacientes. Me acerqué a la puerta con el ceño fruncido, convencida de que abrir era una pésima idea.
—Carlota, soy yo. Gustavo.
El corazón me dio un vuelco. Corrí a la puerta y abrí, sintiendo una alegría que no era capaz de explicar.
—¿Qué haces aquí? —pregunté al encontrarme con la amplia sonrisa de mi hermano mayor.
—Pensé que te daría gusto verme.
Habían pasado seis meses desde la última vez que nos vimos, tres semanas desde nuestra última llamada y dos días desde que dejó de responder a mis mensajes. Recordar esto me produjo un vuelco extraño en el pecho y mi sonrisa se fue apagando. Pero eso ya no importaba: él estaba ahí, junto a mí.
Intenté abrazarlo, pero él me detuvo.
—Estoy sudado —dijo—. Caminé mucho para llegar aquí. ¿Puedo pasar?
Le indiqué que entrara mientras sentía cómo aquel frío repentino, impropio de la ciudad más caliente del país, se instalaba silenciosamente entre nosotros.
Algo en él se veía diferente. Lo observé durante un largo rato, hasta que mi mirada insistente llamó su atención. Con los brazos cruzados y una expresión inquisitiva, me preguntó:
—¿Qué tanto me miras? ¿Pasa algo?
Gustavo era un hombre risueño y bromista, capaz de llenar vacíos incómodos con cualquier comentario y de dar consejos tan profundos como los de un viejo sabio. Pero aquella noche, frente a mí, sentí que se trataba de alguien más; no era mi hermano.
—Te ves diferente…
—¿Diferente? —quiso saber con una sonrisa burlona.
—Tus mejillas y tu nariz están sonrosadas, te creció el cabello y subiste de peso.
No respondió; se limitó a sonreír mientras se dejaba caer en el sofá y dejaba su morral en el piso. Me apresure a agregar:
—Solo digo que te ves muy bien —se me hizo un nudo en la garganta siquiera de pensarlo—. Te ves sano.
Se produjo un silencio incómodo entre nosotros. Su sonrisa permanecía intacta, pero mi comentario parecía haber hecho mella en él. Tras unos segundos que se sintieron eternos, al fin respondió:
—Por primera vez en mi vida me siento en paz—cerró los ojos, recostó la cabeza en el espaldar del sofá y agregó—: incluso feliz.
Tenía razón. Verlo allí, adueñándose de mi sala, me arrancó una sonrisa que se escapó junto a un suspiro. Intenté acercarme, pero en cuanto advirtió mis movimientos, abrió los ojos y se puso en pie de un salto mientras recogía su morral del suelo.
—Estoy cansado, necesito dormir. Fue un viaje largo —dijo, estirándose mientras recorría el lugar con la mirada—. ¿En dónde puedo pasar la noche?
—En mi habitación —respondí sin dudar—. Yo me quedaré en el sofá cuando termine de recoger lo que falta.
El departamento donde viví por años era diminuto: apenas una habitación, un baño y una sala integrada a la cocina. Gustavo asintió y, con un par de zancadas de sus largas piernas, atravesó el lugar hasta detenerse en el umbral. Desde allí me preguntó dónde se encendía la luz; me apresuré a hacerlo por él y, justo cuando estaba a punto de cerrar la puerta, soltó una advertencia:
—Mañana debemos llegar temprano a casa. Trata de descansar.
Me quedé despierta un rato más empacando las pocas pertenencias que aún buscaban un lugar. Cuando finalmente terminé, bajé al estacionamiento a dejar todo en el carro; me fui a dormir pensando en que ahorraría tiempo por la mañana y tal vez no me estresaría tanto.
A mitad de la madrugada, un frío sepulcral me obligó a levantarme a cerrar las ventanas. Entré a tientas a la habitación en busca de un suéter y un par de medias que me abrigaran el resto de la noche. Gustavo dormía boca abajo, en camiseta y bóxer como si aquel frío no le afectara en lo más mínimo.
Me quedé dormida, más por el cansancio que por otra cosa; el frío había contraído hasta el último músculo de mi cuerpo. Cuando desperté, los primeros rayos de sol ya se asomaban por la ventana y descubrí que la alarma no había sonado. Salté del sofá y corrí al baño. Me di una ducha breve con un agua que parecía sacada de la nevera; ni siquiera en los Andes, durante el invierno, se sentía algo así. Mi hermano ya estaba en la sala, sentado en un sillón mientras revisaba su morral. Evité distraerme: entré directo a la habitación, me vestí lo más rápido posible antes de volver con él.
—¿Vas a salir sin comer? —preguntó Gustavo.
Respondí con un desinteresado «ujum» sin mirarlo a la cara. Mientras me colocaba el reloj y un suéter, atravesé la sala para tomar mi teléfono y le indiqué con un gesto que era hora de partir. Gustavo recorrió el lugar con los ojos, se detuvo en mi maleta y luego en mí; asintió una vez.
Cuando mi hermano cruzó la puerta, vestido con jeans y una camiseta blanca similar a la que llevaba puesta la noche anterior, sentí la intensidad de su perfume. Por un breve instante me sentí confundida; todo aquello era muy extraño, no tenía sentido.
—¿Por qué estás aquí? —pregunté con firmeza.
—No quería que regresaras sola a casa.
La puerta del departamento vecino se abrió, interrumpiendo nuestra conversación. La tensión entre mi hermano y yo era palpable, pero al señor Marcelino pareció no importarle; simplemente ignoró la presencia de Gustavo y se dirigió a mí con sus comentarios y preguntas imprudentes. Con un gesto de fastidio, le pedí a mi hermano que se adelantara. Lo vi entrar en el ascensor, cuando las puertas se cerraron, el vecino levantó una ceja.
—Anoche oí bastante movimiento en su departamento.
—Como verá me estoy mudando; estuve hasta tarde recogiendo mis cosas —respondí con falsa cortesía, señalando mi única maleta.
—Con razón se oía que movía todo de un lugar a otro, abría la puerta y incluso hablando.
—Bueno, entre el apagón y la llegada de mi hermano perdí mucho tiempo…
—Anoche no se fue la luz —me interrumpió rascándose la cabeza.
— Lo siento, ya me tengo que ir —corté la conversación de golpe, dándole la espalda.
Cerré la puerta del departamento con manos temblorosas; aún era temprano, pero ya estaba haciendo bastante calor. De pronto, me estorbaba el suéter que traía puesto. El hombre seguía escudriñando en mí con su mirada, obstaculizando mi camino.
—Usted sabe que los rumores corren —insistió el hombre, bajando la voz—: ¿su hermano no estaba enfermito?
—Señor Marcelino, se me está haciendo tarde. Fue un placer verlo.
—La vamos a extrañar. Sabe que estamos a la orden por aquí y que tiene amigos que la quieren mucho —dijo él, mientras tomaba una de mis manos y la cubría con las suyas.
Aparté mi mano sin inmutarme y, en cuanto las puertas del ascensor se abrieron, subí en absoluto silencio sin voltear a ver al entrometido vecino. Al llegar a la planta baja, le entregué la llave del departamento al vigilante que me esperaba. Ya en el estacionamiento, mi hermano me recibió con su sonrisa burlona, presumiendo de una tranquilidad que jamás le había visto.
Emprendimos el regreso a Trujillo. Intenté, sin éxito, comunicarme con mi familia. Desde el apagón de la noche anterior mi teléfono parecía haber muerto; estaba conduciendo a ciegas, pero Gustavo me calmaba asegurando que no tenía de qué preocuparme.
Tuve que detenerme a cargar gasolina, ponerme una chaqueta sobre el suéter y comprar unos chicles, buscando desesperadamente que el masticar calmara el pitido que me taladraba los oídos desde la noche anterior. Subí al carro haciendo muecas y presionándome los oídos con los dedos, consciente de que el bombero de la estación me miraba como si me hubiera vuelto loca.
—¿Soy la única que tiene tanto frío? —pregunté mientras me ajustaba el cinturón de seguridad.
—¿Con quién habla? —soltó el bombero, intentando curiosear por la ventana que ya terminaba de subir.
—Gracias por ayudarme con la mudanza. Este viaje no seria lo mismo sin ti —le dije a mi hermano, ignorando por completo al hombre.
El resto del trayecto se nos fue recordando juegos, aficiones y tantas experiencias que hicieron maravillosa nuestra infancia. Hablamos de cómo crecimos juntos y de las personas en las que nos habíamos convertido hasta que, tras tantas risas, el silencio volvió a instalarse. Se me formó un nudo en la garganta; no me atrevía a mencionar la enfermedad que por tantos años le había amargado la vida.
Me estacioné a pocas calles de casa, con las lágrimas amenazando con saltar de mis ojos en cualquier momento.
—Gustavo, te debo una disculpa —solté con la voz quebrada—. Fui una cobarde. Irme y dejarlo todo cuando recién te habían diagnóstico el cáncer fue… —tragué saliva para poder seguir—. Por favor, perdóname, fui egoísta. No soportaba verte así; me negaba a aceptar que estabas enfermo y que podía perderte.
—Y yo que creía que de los dos tú eras la fuerte —comentó con su sonrisa burlona—. Nunca me molestó que te fueras; me hacía feliz verte haciendo lo que amas. Incluso me gustaba visitarte y, estando aquí, esperaba con ansias tus visitas.
Una risa amarga se me ahogó entre los sollozos. Mi hermano esperó con paciencia a que yo me calmara y, cuando al fin pude volver a hablar, me escuchó con atención.
—Renuncié a mi trabajo porque no soportaba estar lejos de ustedes, lejos de ti mientras pasabas por esta recaída —dije sorbiendo por la nariz—. Te prometo que esta vez no te voy a dejar solo; voy a estar a tu lado sosteniendo tu mano todas las veces que haga falta.
—Carlota, no me imagino una hermana distinta a ti. Cada día agradecía tenerte conmigo porque eres una mujer maravillosa, y me dolía ver lo dura que eres contigo misma, como si te culparas por algo. Necesito que me prometas que…
—Lo que sea… —lo interrumpí, asintiendo una y otra vez mientras me limpiaba las lágrimas de las mejillas con entusiasmo desesperado.
—Promete que vas a comenzar a vivir tu vida —dijo con total seriedad—. Viaja, inicia tu propio negocio, forma una familia… que sé yo, haz lo que te dé la gana.
Esa última frase le salió como un grito que venía de lo más profundo de su ser. Lo decía con tanta convicción que me había dejado sin palabras; solo podía escucharlo mientras movía la cabeza para asentir. Él continuó:
—Literalmente puedes hacerlo todo. Carlota, eres la dueña de tu propio destino. Por favor, no permitas que nadie te diga cómo vivir tu vida.
Encendí el auto y nos pusimos en marcha de nuevo. Gustavo acababa de darme una lección de humildad y entereza que me reinició el alma. Sentía que ahora podía tomar cualquier decisión y sería la correcta; e incluso si no lo fuera, ya no seria el fin del mundo.
A medida que me acercaba a la casa de mis padres, noté que la calle estaba inusualmente concurrida. Bajé la ventanilla y empecé a reconocer los rostros: frente a la casa vecina había grupos sentados en la acera. Casi todos vestían de negro; algunos se fundían en abrazos rotos por el llanto.
—Creo que murió alguien en la casa de los Ortega —le susurré a mi hermano.
—Tengo que hacer algo —respondió él—. Nos vemos adentro.
Nos miramos una última vez en una silenciosa despedida; entonces bajó del auto y su figura se perdió, sin más, entre la multitud.
Salí del auto sin llevarme nada, impulsada todavía por la fuerza de las palabras de Gustavo. Caminé hacia la entrada imaginando, casi con emoción, la cara que pondrían mis padres al vernos llegar a los dos juntos.
La casa de mis padres estaba abierta de par en par, con la gente entrando y saliendo. Una que otra persona me daba palmaditas en la espalda, como si intentaran brindarme un consuelo que yo aún no entendía. Mi sobrina se acercó a mí y me entregó un libro sobre teosofía; lo abrí justo por donde estaba marcado con una cinta roja: mayavi-rupta. Al terminar de leer lo que eso significaba, Una mariposa negra apareció frente a mí y me eché a correr tras ella.
Descubrí un ataúd en mitad de la casa que mis padres habían convertido en un hogar para mi hermano y para mí. El alma se me cayó a los pies. Busqué con la mirada a mis seres queridos y allí estaban todos: mis padres, mi cuñada, mis sobrinas y…
Me acerqué al ataúd y dentro yacía mi hermano, consumido por una enfermedad que no había logrado superar. Retrocedí presa del pánico; me negaba a aceptar que había muerto cuando habíamos pasado juntos las últimas horas. Volví a acercarme, necesitaba convencerme de que se trataba de alguien más, pero Gustavo seguía ahí, con su sonrisa burlona.
Un grito desgarrador salió de lo más profundo de mi ser, en una voz que no reconocía como mía. El puñal frío de la tristeza me rompía el corazón en mil pedazos mientras caía de rodillas, presionando las manos contra el pecho para contener el dolor que se extendía por mi cuerpo sin tregua.
Honestamente, este relato no solo me gustó, sino que me conmovió profundamente. Es una historia vívida, encantadora y capaz de sumergir al lector en los sentimientos más íntimos de su protagonista. Cada escena se siente cercana, humana y cargada de una sensibilidad que permanece incluso después de terminar la última página.
Los invito a leerlo y a dejarse llevar por esta hermosa experiencia literaria.
**Uniendo Letras Contra el Cáncer.**
Es un viaje a través de sentimientos puros y que puedes conectar. Cada letra y párrafo vale cada segundo de lectura.
Lagrimas con solo leer.
Hermosa experiencia concuerdo, no duden en leerla.