Un pronunciamiento de la Sociedad Venezolana de Medicina Interna coincide con una nueva controversia en redes protagonizada por Gianpiero Fusco, cuestionado esta vez por sus afirmaciones sobre cáncer y quimioterapia.
La Sociedad Venezolana de Medicina Interna encendió esta semana una discusión que va mucho más allá de las redes sociales. La organización manifestó su preocupación y rechazo ante la difusión de información sobre salud, remedios y tratamientos sin suficiente respaldo científico por parte de creadores de contenido ajenos al área médica. Su presidenta, Mariflor Vera, recordó que las decisiones sobre diagnóstico y tratamiento se sustentan en investigación, ensayos clínicos y evidencia científica, y advirtió sobre el riesgo de que una persona abandone o retrase un tratamiento siguiendo recomendaciones de alguien no cualificado.
Aunque el comunicado no menciona directamente a Gianpiero Fusco, conocido como “El Tigre”, desde mi óptica resulta difícil ignorar el contexto en el que aparece. Días antes, Fusco había generado una nueva controversia al asegurar públicamente que, si padeciera cáncer, no se sometería a quimioterapia. Sus declaraciones incluyeron cuestionamientos a medicamentos y recomendaciones relacionadas con ayuno, exposición al sol y otras prácticas. Por la proximidad entre ambos acontecimientos, distintos medios venezolanos han relacionado el pronunciamiento de la Sociedad con esta polémica, aunque hasta ahora no puede afirmarse que la institución haya señalado formalmente a Fusco.
No es, además, la primera vez que el influencer queda en el centro del debate público. Sus opiniones sobre alimentación, medicamentos y salud han sido cuestionadas en redes por la falta de bases científicas verificables que respalden algunas de sus afirmaciones. Y apenas dos meses antes enfrentó otra fuerte controversia: después de los terremotos que golpearon Venezuela el 24 de junio, publicó un video en el que vinculó la condición física de las personas con su capacidad para sobrevivir o ayudar a familiares durante la emergencia. Las palabras provocaron rechazo, el video fue retirado y posteriormente Fusco asumió públicamente la responsabilidad y pidió disculpas.
El asunto merece una reflexión que trasciende a Fusco. Tener millones de visualizaciones, una comunidad de seguidores o una experiencia personal exitosa no convierte automáticamente una opinión en evidencia científica. Las redes democratizaron la posibilidad de comunicar, pero no democratizaron las competencias profesionales. Cuando se habla de cáncer, medicamentos o tratamientos capaces de modificar el curso de una enfermedad, una afirmación puede dejar de ser simplemente contenido polémico y convertirse en una decisión con consecuencias para quien la escucha.
Desde mi perspectiva, el debate no debería centrarse en silenciar a los influencers, sino en exigir responsabilidad proporcional al alcance que poseen. Fusco tiene derecho a explicar cómo vive, qué come, cómo entrena e incluso qué decisiones tomaría personalmente frente a una enfermedad. El límite se vuelve mucho más delicado cuando esa experiencia individual adquiere apariencia de consejo médico para miles de personas. En asuntos de salud, la popularidad puede amplificar una voz; lo que no puede hacer es sustituir la evidencia.