Hay videos que duran apenas unos minutos y, sin embargo, son capaces de resumir años enteros de contradicciones políticas. Eso fue precisamente lo que ocurrió esta semana con las declaraciones de Delcy Rodríguez sobre los acontecimientos posteriores al 3 de enero. Mientras observaba el material que circuló ampliamente en redes sociales, no pude evitar recordar aquella consigna que Hugo Chávez convirtió en símbolo de resistencia: “Rodilla en tierra”. Durante años, esa frase fue utilizada para desafiar a Estados Unidos, para alimentar la narrativa del enemigo externo y para convencer a millones de venezolanos de que cualquier negociación con Washington equivalía a una rendición. Sin embargo, el tiempo tiene la mala costumbre de desmontar los discursos más grandilocuentes.
Lo verdaderamente llamativo no fue escuchar a Delcy Rodríguez intentando justificar decisiones políticas complejas. Lo verdaderamente llamativo fue constatar hasta qué punto ha cambiado el lenguaje del poder. Los mismos dirigentes que durante años prometieron enfrentar al “imperio” hasta las últimas consecuencias ahora parecen obligados a responder a exigencias, condiciones y realidades que ya no pueden ignorar. La retórica revolucionaria que alguna vez se presentó como una demostración de fortaleza ha terminado cediendo espacio al pragmatismo. Y no porque haya existido una reflexión ideológica profunda ni una autocrítica sincera, sino porque la realidad económica, política y diplomática terminó imponiéndose sobre la propaganda.
La escena adquiere un matiz todavía más irónico cuando se observa a Nicolás Maduro Guerra entre los asistentes, asintiendo mientras escucha explicaciones que, en otro momento de la historia chavista, habrían sido interpretadas como una claudicación. Allí radica el verdadero valor simbólico de este episodio. No estamos viendo únicamente a una dirigente explicando circunstancias políticas; estamos viendo a una generación del poder admitir, aunque sea de manera indirecta, que el mundo real funciona de forma muy distinta a como fue descrito durante más de dos décadas desde las tarimas oficiales. Resulta difícil no sonreír cuando uno recuerda la cantidad de veces que se prometió independencia absoluta frente a Estados Unidos y observa ahora cómo buena parte de las expectativas del gobierno parecen depender precisamente de las decisiones que se tomen en Washington.
Por eso, cada vez que vuelvo a escuchar aquella vieja consigna de “rodilla en tierra”, no puedo evitar pensar que la frase sigue vigente, aunque con un significado completamente distinto al que imaginaron sus creadores. La rodilla continúa en tierra. Lo que ha cambiado es la dirección de la mirada. Y esa, probablemente, sea una de las ironías más contundentes que ha producido el propio chavismo: descubrir que después de tantos años construyendo un relato contra Estados Unidos, terminó necesitando de Estados Unidos mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
