La ley avanzó. ¿La sociedad también?

A propósito del Mes del Orgullo, una pregunta sigue vigente desde Alaska hasta la Patagonia: ¿ha superado América la homofobia o simplemente aprendió a ocultarla mejor?

Durante años pensamos que el reconocimiento legal sería suficiente. Que aprobar el matrimonio igualitario, castigar la discriminación o reconocer derechos civiles resolvería un problema que llevaba siglos instalado en nuestras sociedades. Sin embargo, la realidad parece más compleja.

La entrevista reciente del filósofo francés Didier Eribon en El País vuelve a colocar sobre la mesa una reflexión incómoda. El insulto homófobo no es únicamente una palabra. Es un mecanismo de control social. Un recordatorio constante de quién pertenece y quién no. De quién encaja y quién debe justificarse.

Y basta recorrer América para comprobarlo.

Países como Argentina, Uruguay, Brasil, Colombia, Chile, Costa Rica, Cuba y México reconocen actualmente el matrimonio igualitario. Sobre el papel, representan algunos de los avances más importantes de la región en materia de derechos civiles. Sin embargo, las agresiones, los discursos de odio y la discriminación continúan apareciendo en escuelas, lugares de trabajo, comunidades religiosas, espacios deportivos y, sobre todo, en las redes sociales.

La paradoja es evidente: muchas veces las leyes avanzan más rápido que la cultura.

La homofobia ya no siempre se presenta como una prohibición abierta o una agresión física. A menudo adopta formas más sutiles. Se esconde detrás del chiste que humilla, del comentario familiar que excluye, de la burla en internet o del argumento que pretende negar derechos en nombre de una supuesta tradición. Cambian las palabras, pero el mensaje sigue siendo el mismo: marcar una diferencia para convertirla en desigualdad.

En países como Venezuela, donde ni siquiera existe el reconocimiento legal del matrimonio igualitario, el desafío es todavía mayor. No solo persisten los prejuicios sociales, sino que también permanecen vacíos legales que dejan a miles de personas sin protección efectiva frente a la discriminación.

La pregunta entonces no es si América ha superado la homofobia.

La verdadera pregunta es cuánto estamos dispuestos a educar para superarla.

Porque ninguna ley, por avanzada que sea, puede reemplazar lo que ocurre en una casa, en un salón de clases, en una iglesia, en una red social o en una conversación cotidiana. La tolerancia no se decreta. El respeto no se impone. Ambos se construyen.

Quizás por eso la reflexión de Eribon sigue resonando con tanta fuerza. Porque nos recuerda que la igualdad jurídica es un punto de partida, no una meta alcanzada.

Y porque, en pleno 2026, todavía hay demasiadas personas que siguen escuchando el mismo insulto una y otra vez a lo largo de su vida.

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