
Hay quienes creen que la represión comienza cuando una patrulla se detiene frente a una casa o cuando un funcionario toca una puerta de madrugada. Yo creo que comienza mucho antes. Empieza el día en que una persona decide no publicar un comentario en sus redes sociales. El día en que un periodista borra una frase antes de enviarla. El día en que una madre le pide a su hijo que no hable de política en público. Allí también está la represión, aunque no aparezca en ninguna fotografía.
Durante años, Venezuela ha vivido bajo una pedagogía del miedo. Una lección repetida tantas veces que ya no necesita explicaciones. Todos conocen las consecuencias. Todos conocen a alguien que fue despedido, perseguido, detenido, amenazado o empujado al exilio. No hace falta que la represión alcance a millones de personas; basta con que alcance a unas cuantas para que el mensaje llegue al resto.
El poder entendió hace mucho tiempo que gobernar a través del temor es más eficiente que gobernar a través de la fuerza. Por eso la censura no siempre clausura medios: también provoca autocensura. Por eso la persecución no siempre termina en una cárcel: muchas veces termina en un aeropuerto. Por eso el castigo no siempre busca destruir a quien lo recibe, sino advertir a quienes observan desde la distancia.
Quizás la prueba más evidente de este fenómeno no sea el número de presos políticos ni las denuncias de organizaciones internacionales. Quizás sea el silencio. El silencio de quienes antes hablaban. El silencio de quienes dejaron de denunciar. El silencio de quienes un día entendieron que en Venezuela decir lo que se piensa puede tener consecuencias demasiado altas.
Y cuando una sociedad comienza a callar por miedo, la represión ya ha cumplido su propósito. No necesita estar en todas partes. Le basta con que todos crean que puede estarlo.