Lo que queda del 1 de mayo

Hay fechas que no se olvidan… se transforman. El Día del Trabajador nació como una conquista colectiva, una especie de tregua digna en medio del esfuerzo humano, una pausa que el mundo se ganó a pulso tras huelgas, protestas y sangre obrera en el siglo XIX  . En Venezuela, esa fecha también fue durante años un símbolo concreto: descanso, familia, playa, carretera abierta y un país que —con sus fallas— aún permitía planificar un fin de semana largo sin sentir culpa. Era, sin exagerar, una pequeña victoria íntima.

Si el calendario marcaba viernes, el cuerpo ya lo sabía desde el lunes. Uno empezaba a empacar sin maletas: la emoción, el escape, la risa adelantada. Ir a Morrocoy, a Chichiriviche, a cualquier rincón donde el agua salada se mezclara con la sensación de merecerlo. No era lujo; era equilibrio. Trabajábamos, sí, pero también sabíamos detenernos. Y en esa pausa había algo profundamente humano: el reconocimiento de que la vida no podía ser solo producir.

La distancia

Pero para quienes estamos fuera, ese primero de mayo ya no ocurre en el calendario… ocurre en la memoria. La diáspora le cambió el sentido a la fecha sin pedir permiso. Hoy no hay carretera, ni cava, ni planes de última hora. Hay trabajo. Turnos. Responsabilidades. Rutinas que no entienden de nostalgia. Y, sin embargo, en medio de esa jornada, algo se mueve por dentro: una imagen breve, un recuerdo insistente, una forma de felicidad que ya no está, pero que sigue siendo nuestra.

No es amargura. Tampoco es queja. Es conciencia. Los venezolanos que estamos en Estados Unidos, en Europa, en cualquier rincón de Latinoamérica, sabemos que este día dejó de ser una pausa para convertirse en una reafirmación. Trabajamos —a veces el doble—, no solo por nosotros, sino por los que se quedaron. Enviamos, sostenemos, resolvemos. Nadie nos aplaude. Nadie nos felicita. Entonces aprendimos algo simple, pero poderoso: nos felicitamos nosotros mismos. Porque irse también fue un acto de valentía. Porque quedarse de pie, lejos de casa, también es una forma de victoria.

Lo que nos sostiene

El Día del Trabajador, para la diáspora, ya no es descanso… es propósito. Es entender que cada hora invertida tiene un eco en otro país, en otra casa, en otra mesa donde alguien espera. Es asumir que, aunque no estemos físicamente, seguimos siendo parte del engranaje que mantiene viva a Venezuela desde afuera. Y eso —aunque no se celebre con playa ni con brindis— también tiene dignidad.

Sí, echamos de menos lo que era. Claro que sí. Pero no estamos detenidos en la nostalgia. Estamos en movimiento. Construyendo. Apostando. Esperando —con paciencia y con carácter— un cambio que nos permita, algún día, volver a celebrar sin distancia. Mientras tanto, seguimos. Trabajando. Creciendo. Resistiendo. Y, sobre todo, creyendo.

¿Cuándo fue la última vez que te felicitaste por todo lo que has tenido que superar para llegar hasta aquí?

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8 comentarios en “Lo que queda del 1 de mayo”

  1. Yanali Yovera

    Hay publicaciones que no se leen… se sienten.
    Esta logra algo difícil: recordarnos que el trabajo no solo construye países, también reconstruye identidades cuando toca empezar de cero.
    Me quedo con esa idea poderosa: también es válido felicitarnos. No por haber llegado “lejos”, sino por no habernos rendido en el camino.. Hermoso ❣️…….

  2. Leerte mi divino Carlos. ,en esta hermosa reflexio’n del hacer. , Servir llamado en los tiempos , trabajo donde cada Ser. , ofrece desde sus talentos. , destrezas , competencias. , en fin. , a realizar una tarea. , y alli entra el Gozo de hacerlo y bien ! , y celebrarlo todos los dias , es la Vida. ,que nos brinda ese regalo ! Sin fecha el calendario , exoresio’n de nuestro terruño , concientes es Aqui y el Ahora. , Vivir. Felicidades a todos los Seres que desde sus hogares y fuera de ello , el reloj les alerta es hora de ponerse al servicio. , y con ello irreversible la abundancia en todas nuestras areas de vida. ! Feliz Dia.

  3. Anggie Matheus

    Tal cual, sin fecha en el calendario. Por ello hay que celebrar cada pequeña victoria siempre. Cuando nos lo permite el tiempo, la salud y por supuesto una buena compañía. Saludos desde Madrid.

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