
Biviana Ramos
Era una madrugada fría, tan fría como el reloj que me despierta de un profundo sueño, cuando el repique de las campanas me extrae del maravilloso mundo —ese mundo intangible— y me trae de vuelta a la realidad incompatible, donde solo queda seguir con la rutina: me levanto y preparo una sustancial taza de café, un cáliz de redención para mi alma; me alisto y salgo como una guerrera que va a la batalla, me adentro entre la desidia y el aire contaminado, lo que suele llamarse ciudad.
Para mi sorpresa, no había personas en la calle y pocos autos pasaban; todo se sentía tranquilo. Recorrí el camino de siempre para tomar el bus: los mismos edificios, las mismas tiendas, el mismo destino. Sin embargo, esta vez algo captó mi atención: una iglesia de estilo barroco, cuyas puertas estaban abiertas, algo poco habitual. Me fascinó. Por eso fue triste la despedida que hicieron mis ojos cuando, por inercia, subí al bus. Allí, no dejaba de pensar: ¿por qué estarían sus puertas abiertas siendo hoy lunes? Entonces, en mi mente palpitó la respuesta: hoy no era lunes, era domingo. Pero ya me encontraba en camino, y la penosa situación de no saber algo tan obvio me impedía bajar. Así que me quedé, consciente de que cada cuadra que pasaba empeoraba la situación.
Cuando el bus se detuvo frente a mi lugar de destino, tuve que pedirle a mi ego que protagonizara la bajada más segura de todas, aunque por dentro los nervios estallaban. Pero el ego no fue suficiente al recordar que, por ser fin de semana, el pasaje era más costoso, lo que implicaba quedarme sin dinero para regresar. Así, el bus se alejaba, la calma me daba la espalda y yo, por miedo, tendría que caminar hasta mi casa. No podía tomar el camino de siempre; las pocas personas que había notarían mi error y me pintarían de rojo con una sola mirada. Así que caminé en otra dirección, sin saber a dónde ir.
Me fui perdiendo entre la gente hasta encontrarme perdida a mí misma; ya pedir ayuda no era una opción para una mente caótica como la mía. Así que esta vez decidí seguir mi intuición. Incluso con la boca temblando, seguí adelante, hasta que el calor del camino cesó. Sobre mí se erguía una enorme acacia, junto a su familia, que me ofrecía sombra. Algunos rayos de luz pasaban entre sus hojas como si quisieran saludarme; era un teatro de verdes, azules y blancos, un arte vivo que me miraba.
No sé discernir si era por los trasnochos de lágrimas que llevaba a cuestas, por el hambre que sentía al dejar de comer en mañanas ansiosas, por el olvido del agua al ensimismarme, o si era todo una mezcla confusa, pero lo cierto es que todo estaba bien bajo sus sombras. Me adentré en ese pasaje de árboles, y al salir pude notar esos edificios, los mismos de siempre, que me llevarían de vuelta a casa.
Pero ya no eran los mismos.
Porque tampoco lo era yo.
Y quizá —solo quizá— nunca fue lunes.
Fue la costumbre la que me despertó.