Juana M. Ramos: una mujer que no cabe en el molde

Memoria, lengua, herida y rebeldía: la poeta salvadoreña radicada en Nueva York no escribe para explicar el mundo, sino para desarmarlo. En esta conversación, la literatura deja de ser refugio y se convierte en un territorio incómodo donde la libertad femenina tiene un precio.

No todas las escritoras quieren ser comprendidas. Algunas prefieren ser diferentes. Juana M. Ramos pertenece a esa estirpe. Entre la infancia marcada por el silencio, la memoria como reconstrucción emocional, el tránsito entre lenguas y una postura firme frente al lugar de las mujeres en la literatura, esta entrevista revela a una autora que no busca encajar, sino confrontar. Porque en su obra —y en su vida— la libertad no es un discurso: es una decisión.

La poesía no consuela: incomoda

La entrevista comienza con un poema. No es un gesto protocolar ni una forma elegante de romper el hielo: es una declaración de intenciones. En la pantalla aparece Juana M. Ramos leyendo sus versos y ocurre algo poco frecuente: esa voz no seduce, atraviesa. No busca agradar, sino incomodar lo suficiente como para que el lector no salga intacto. Mientras la escucho, confirmo una sospecha que atraviesa la historia de la literatura: hay quienes escriben para ser leídos y hay quienes escriben para ser sentidos. Ramos, sin duda, pertenece a estos últimos.

Cuando el poema termina, no hay prisa por hablar. Se instala un silencio denso, suspendido, como si la palabra hubiera dejado algo abierto que aún no sabemos cómo cerrar. Nadie interrumpe. Nadie reacciona de inmediato. Y en ese breve intervalo ocurre algo decisivo: la conversación deja de ser una entrevista y se convierte en otra cosa. Entramos en un territorio donde la poesía no funciona como género, sino como forma de mirar el mundo.

Hay escritores que embellecen la realidad para hacerla más tolerable. Ramos no. La expone, la desarma, la obliga a mostrar sus grietas. Esa elección no es estética, es ética. Porque la poesía que nace desde la incomodidad no busca refugio, busca verdad. Y la verdad —cuando no se disfraza— rara vez resulta amable.

Cuando finalmente iniciamos la conversación, no se impone la figura de la autora reconocida ni la académica consolidada. Lo que emerge es algo más frágil y, por eso mismo, más revelador: la niña que encontró en la escritura una forma de sostenerse en medio de una ruptura. En ese instante comprendo que no estoy frente a una escritora que eligió la literatura, sino frente a alguien que la necesitó para no quebrarse.

Escribir para no romperse

El divorcio de sus padres no es un dato biográfico accesorio. Es una fractura emocional que reorganiza su forma de habitar el mundo. Ramos lo cuenta con una serenidad que no es indiferencia, sino comprensión. “Pasé de ser una niña extrovertida a volverme muy introvertida”, dice. Y luego añade una frase que no debería pasar desapercibida: “La escritura fue la forma de decir lo que no podía decirle a nadie.”

Esa frase no es una anécdota. Es una declaración fundacional. Porque ahí se revela el verdadero origen de su relación con la palabra. No escribe para publicar, ni pertenecer, mucho menos para cumplir una expectativa estética. Lo hace porque hay algo que no encuentra salida en el lenguaje cotidiano. Y cuando eso ocurre, la escritura deja de ser opción y se convierte en necesidad.

Mientras la escucho, me doy cuenta de que hay una honestidad que atraviesa todo su discurso. No hay impostura intelectual ni intento de sofisticación innecesaria. Más bien, una relación directa con la experiencia. Y eso, en un mundo literario que muchas veces se refugia en el artificio, resulta profundamente disruptivo.

La memoria no es recuerdo: es reconstrucción

Hay algo inquietante en la manera en que Juana M. Ramos entiende la memoria. No la concibe como un archivo fiel del pasado, sino como un proceso activo, inestable, en permanente transformación. La memoria, en su discurso, no conserva: reorganiza. No fija: reinterpreta. Y en ese desplazamiento hay una ruptura clara con la visión romántica de la literatura, esa que supone que recordar es preservar intacto lo vivido.

Cuando le planteo la pregunta —si recordar es fidelidad o reinterpretación—, su respuesta no deja margen para la ambigüedad: la memoria reconstruye. No se trata de regresar al pasado como si fuera un territorio fijo, sino de volver a él desde el presente, con nuevas preguntas, emociones, formas de comprender lo que antes no se entendía. El pasado, entonces, deja de ser un lugar estable y se convierte en un espacio en movimiento.

“Uno recuerda el evento, pero lo que realmente reconstruye es la emoción que ese evento dejó”, explica.

La frase contiene una clave que atraviesa toda su obra. Porque si lo que permanece no es el hecho, sino la emoción, entonces también nosotros somos versiones reconstruidas de lo que creemos haber vivido. Y en ese punto la escritura deja de ser un ejercicio narrativo para convertirse en un proceso de negociación íntima: no para distorsionar la realidad, sino para entenderla.

La oigo con atención, y pienso que esa postura desmonta una de las ilusiones más cómodas de la narrativa: la idea de que podemos contar lo ocurrido con objetividad. Ramos no persigue esa ilusión. Lo que busca es otra cosa, más compleja y más honesta: comprender cómo lo vivido sigue transformándose dentro de nosotros. Y en ese gesto hay valentía: aceptar que lo que sentimos sigue reescribiendo lo que recordamos.

Las conversaciones que no se dijeron

En Una conversación pendiente, su libro más íntimo, aparece una herida que no se cierra del todo: la relación con su padre. No hay dramatismo innecesario en la forma en que lo cuenta. Hay claridad. Durante años la relación fue difícil, marcada por el distanciamiento. Luego vino una reconciliación tardía, una cercanía que parecía abrir la posibilidad de una conversación necesaria.

Pero esa conversación nunca ocurrió.

El padre enfermó. Entró en coma. Y el diálogo quedó suspendido en un lugar del que ya no podía salir.

“Cuando fallece, me doy cuenta de que esa conversación ya no iba a suceder”, dice.

Hay algo profundamente humano en esa escena. Todos hemos postergado palabras importantes creyendo que habrá tiempo. La literatura, en su caso, aparece como un espacio alternativo. “El poema permite crear mundos posibles”, afirma. Y en ese mundo posible, la conversación ocurre. No como reparación, sino como posibilidad.

Juana me hacen entender, que su escritura no busca corregir la realidad. Sino abrirla.

Nueva York: el amor que también desgasta

Nueva York no aparece en la conversación como una ciudad idealizada. Pero si, como una fuerza que exige, empuja, y desgasta. Es un metrópolis que no permite la neutralidad. O la amas o la resistes. Y en esa tensión se construye gran parte de su voz poética.

Su poesía es urbana. No en el sentido superficial del término, sino en su ritmo, en su respiración. El subway, las calles, los rascacielos, el ruido constante: todo forma parte de un paisaje emocional que se filtra en su escritura.

“Es una ciudad que puedes amar profundamente”, dice. “Pero también es una ciudad que puedes odiar.”

Esa dualidad me parece reveladora. Porque desmonta la idea de la ciudad como espacio de realización absoluta. En su caso, Nueva York también es exigencia, presión, competencia. Y sin embargo, es ahí donde su voz se afianza. No a pesar de la ciudad, sino a través de ella.

Pensar en español es habitarse

Cuando hablamos del idioma, la respuesta de Ramos es una de las más contundentes de toda la conversación: “Pienso, amo, odio y siento en español.”

No es una frase decorativa. Es una afirmación identitaria. El idioma, en su caso, no es una herramienta. Es un territorio emocional. Es memoria. Es infancia. Es familia.

Su decisión de escribir en español no responde a una postura ideológica, sino a una fidelidad íntima. Traducirse a sí misma, dice, sería escribir otro poema. Y esa afirmación contiene una verdad que muchos prefieren ignorar: cada lengua tiene su propio pulso emocional.

El español, para ella, no es solo el idioma en el que escribe. Es la lengua en la que se reconoce.

Pero hay un punto en la conversación donde el lenguaje deja de ser reflexión y se convierte en imagen. No ocurre de forma brusca. Más bien se filtra, como si algo más antiguo comenzara a abrirse paso. Ya no estamos en el terreno de las ideas, sino en el de la memoria encarnada. Y es ahí donde aparece una figura que no necesita explicación para imponerse.

María Pistolas: el escándalo de no pedir permiso

No entra en la conversación como un concepto ni como una construcción literaria. Irrumpe. Como irrumpía en el barrio. María Pistolas no era una historia que se contaba: era una presencia que alteraba el orden. En un entorno donde todo parecía tener un lugar definido —las normas, los cuerpos, las formas de habitar— ella representaba exactamente lo contrario: lo que no encajaba.

No se movía ni vestía como se esperaba; tampoco vivía como se suponía. Y en ese gesto —aparentemente simple— desestabilizaba todo lo demás. Porque no hay nada más incómodo para una comunidad que alguien que no necesita su aprobación para existir.

Cuando Ramos la recuerda, no la convierte en símbolo. La devuelve a su dimensión más concreta. “Yo quería sus botas”, dice. Y en esa frase hay una tensión silenciosa: la fascinación de una niña que reconoce la libertad antes de poder nombrarla, y la conciencia de que esa libertad no le está permitida.

El barrio la observaba. La nombraba. La juzgaba. La convertía en relato para intentar controlarla. Pero ella no se detenía. Caminaba. Y ese acto —tan simple, tan cotidiano— se volvía radical.

“La libertad femenina siempre implica pagar un precio”, afirma Ramos.

La frase no suena aprendida. No suena teórica. Suena vivida. Y quizás por eso incomoda tanto: porque no describe una excepción, describe una estructura que sigue vigente.

El feminismo que no se negocia

Hay algo que incomoda en la forma en que Juana M. Ramos habla de las mujeres. No porque exagere, sino porque no suaviza. No pide permiso para nombrar lo evidente: que durante décadas la literatura ha sido un espacio donde las mujeres han tenido que justificarse más que escribir. Y frente a eso, su postura no es conciliadora. Es clara. Abrir espacios no es un gesto simbólico. Es una intervención.

Hablar de feminismo con ella no es entrar en un discurso aprendido, sino en una experiencia vivida. Su trabajo con EntreTmas no responde a una tendencia: responde a una necesidad. La de abrir espacios donde históricamente han sido negados. Porque, como insiste, la literatura sigue siendo un terreno desigual.

De ahí nace la revista. No como una reacción momentánea, sino como una decisión sostenida. Visibilizar. No excluir, sino equilibrar. Pero todo intento de equilibrio en un sistema desigual genera resistencia. “Siempre aparece alguien que dice: ‘esa revista feminista’”, comenta.

Leo las palabras que salen de su voz, y confirmo que esa incomodidad no es un efecto secundario: es la señal de que el trabajo está haciendo efecto. Porque el feminismo que no incomoda no transforma. Y el suyo, claramente, no está diseñado para agradar.

La libertad femenina

Cuando la conversación termina, no me quedo pensando en sus libros ni en su trayectoria. Me quedo en algo más desafiante: en lo que ocurre cada vez que una mujer decide no encajar.

Juana M. Ramos no escribe para pedir permiso. Y eso, todavía hoy, genera fricción. Porque la libertad femenina —la real, la que no se maquilla— rara vez se celebra: se mira con recelo, se cuestiona, se señala; se corrige, se reduce, se domestica.

Pero no desaparece.

Tal vez por eso, más que una escritora, Juana M. Ramos es una pregunta abierta: sobre la memoria, la identidad y el lugar que ocupamos cuando decidimos no encajar. En un tiempo donde todo parece exigir definiciones rápidas, su escritura insiste en algo más complejo: que la libertad no es una respuesta, sino una tensión que hay que sostener.

Y quizá ahí radique su verdadera potencia. No en lo que dice, sino en lo que provoca. En esa incomodidad —sí, necesaria— que obliga a mirar de nuevo, a pensar de nuevo, a cuestionar lo que parecía natural.

Las mujeres que no caben en el molde no son una excepción. Son una advertencia.

Una señal de que el molde, quizá, siempre estuvo equivocado.

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