Raúl Cabrera: el niño que abrió una Biblia y terminó caminando el mundo

El documentalista ecuatoriano conocido como RaulNomada ha dedicado su vida a recorrer el planeta en busca de historias humanas. Su viaje comenzó con una imagen infantil, se consolidó con el proyecto Nomad-A y hoy se acerca a una meta casi imposible: documentar cien países desde la mirada de quienes los habitan.

Raúl Cabrera no se define como turista ni como aventurero. Prefiere decir que es un narrador en movimiento. Durante más de dos décadas ha cruzado  continentes, enfrentado tormentas, enfermedades y pérdidas personales para capturar historias en los bordes del mundo. En esta conversación, el ecuatoriano habla de la figura materna que marcó su destino, del dolor que atravesó tras su muerte y de dos palabras que guían su vida: serendipia y maktub. Lo que parece casualidad —dice— muchas veces es simplemente el destino cumpliéndose.

Hay historias que empiezan con un accidente.
Y hay historias que comienzan con una promesa.

Raúl Cabrera tenía apenas tres años cuando abrió una Biblia ilustrada que pertenecía a sus hermanos mayores. En sus páginas aparecían las maravillas del mundo: templos antiguos, ciudades imposibles, desiertos que parecían no terminar nunca. El niño ecuatoriano no comprendía aún la magnitud de esas imágenes, pero sintió algo que no supo explicar. Una mezcla de vértigo y curiosidad, como si esas fotografías escondieran una invitación silenciosa.

La escena parece pequeña, casi doméstica, pero cuando él la recuerda adquiere otra dimensión. La habitación estaba en silencio y la luz de la tarde entraba por una ventana estrecha. El niño pasaba las páginas lentamente, deteniéndose en cada fotografía. Tocaba las imágenes con la punta de los dedos como si intentara comprobar que aquellos lugares existían de verdad. En su mente infantil no había todavía mapas ni distancias, solo una intuición poderosa: algún día quería caminar dentro de esas páginas.

Hoy, décadas después, ese niño se ha convertido en el documentalista que muchos conocen como RaulNomada, un guayaquileño que ha recorrido casi cien países y que está a punto de completar uno de los proyectos más ambiciosos de su vida: documentar cien territorios del planeta desde la mirada de quienes los habitan.

Cuando lo escucho hablar pienso que algunos hombres viajan para escapar.
Otros, en cambio, viajan para entender.

Raúl pertenece claramente al segundo grupo.

“He documentado lugares hermosos”.

El niño que mirada el mundo

Cuando le pregunto por aquel recuerdo infantil, el documentalista sonríe con una mezcla de sorpresa y nostalgia. Me dice que siempre fue un niño profundamente visual, obsesionado con las imágenes y con la idea de que cada fotografía escondía una historia. Aquella Biblia no era un atlas ni una guía de viajes. Era apenas un libro religioso que circulaba por la casa, pero para él funcionó como una puerta hacia algo mucho más grande.

En medio de la conversación recuerda otra escena que terminó marcándolo. En la casa de su madre había un espejo redondo rodeado de pequeñas luces. Cuando se acercaba, el reflejo se multiplicaba infinitamente, creando un túnel visual donde su rostro parecía repetirse una y otra vez hasta perderse en la distancia. El pequeño Raúl se quedaba observándolo durante largos minutos, fascinado con aquella ilusión óptica que parecía abrir un portal.

“A veces pensaba que ese túnel era el mundo”, me dice.

Hoy, mientras escucho esa anécdota, pienso que esa imagen resume muy bien lo que significa viajar. Mirar hacia adelante y descubrir que siempre hay otro horizonte detrás del horizonte. Quizá sin saberlo, ese niño ya estaba entrenando su imaginación para el tipo de vida que vendría después.

“Todos debemos cumplir nuestros sueños”.

Una madre como brújula

Hay una figura que aparece constantemente cuando Raúl habla de su vida: su madre. No la menciona con solemnidad ni con discursos preparados. La recuerda con una naturalidad que revela su importancia. “Mi mamá fue el pilar de todo”, me confiesa en un momento de la conversación.

Hace poco tiempo ella falleció, y el golpe emocional fue profundo. El documentalista decidió entonces enfrentar el duelo de la única forma que sabía hacerlo: caminando. Durante meses recorrió miles de kilómetros en lo que él describe como una despedida íntima. Más de 27.000 kilómetros que no fueron simplemente geografía, sino también un proceso emocional largo y silencioso.

Durante ese viaje llevaba consigo un pequeño objeto que había pertenecido a su madre: un peine guardado durante décadas. Lo llevaba en el bolsillo y a veces lo sacaba mientras caminaba. Lo observaba unos segundos, como quien busca una conversación imposible, y luego volvía a guardarlo. Caminaba durante horas, muchas veces solo, dejando que el dolor encontrara su propio ritmo.

“Caminé mucho. Lloré mucho. Pensé mucho en mi vida”, me dice.

Cuando escucho esa frase pienso que existen dos maneras de enfrentar la pérdida: detenerse o transformarla. Raúl eligió lo segundo. Su viaje no fue una huida. Fue un ritual de despedida.

“Fue mi luto”, dice.

El nacimiento de Nomad-A

Si el viaje comenzó como impulso personal, el documentalismo llegó como una necesidad de compartir. Raúl recuerda con claridad el momento en que nació Nomad-A, el proyecto que terminaría convirtiéndose en una referencia dentro de su carrera.

La escena ocurre en Francia. Era de noche y caminaba solo por una calle curiosamente llamada la calle del poeta. Venía de una conversación larga con amigos, de esas reuniones donde la vida se discute entre risas y reflexiones. La ciudad estaba casi vacía y el silencio de la madrugada parecía amplificar los pensamientos.

Mientras caminaba comenzó a recordar a las personas extraordinarias que había conocido en sus viajes: pescadores, guías, campesinos, migrantes, soñadores anónimos cuyas historias rara vez aparecían en los medios.

“Había gente increíble viviendo vidas increíbles… y nadie estaba contando esas historias”, me explica.

En ese instante entendió que su cámara podía ser algo más que un instrumento estético. Podía convertirse en un puente entre mundos. Así nació Nomad-A, un proyecto dedicado a mostrar las historias de héroes anónimos que viven vidas extraordinarias lejos de los focos.

La vida en el borde

Serendipia

Viajar puede parecer romántico cuando se mira desde la distancia. Playas perfectas, montañas lejanas, ciudades que parecen postales. Pero la realidad del explorador es mucho más compleja.

Raúl lo sabe bien.

En uno de sus viajes enfermó gravemente de malaria. La fiebre llegó de forma repentina. Primero fue un temblor leve, luego un cansancio profundo que lo obligó a detenerse. Con el paso de las horas la temperatura comenzó a subir y el cuerpo entró en un estado extraño, donde la realidad y los delirios empezaban a mezclarse.

Durante momentos creyó que no iba a salir de esa habitación.

Los médicos tardaron en identificar la enfermedad y el diagnóstico llegó cuando la situación ya era crítica. Aquella experiencia, me dice, cambió su forma de entender el riesgo. Durante mucho tiempo había vivido con la sensación de que el cuerpo podía resistirlo todo.

“Fue ahí cuando entendí algo importante”, me dice con serenidad.

“Somos porcelana”.

“Casi pierdo la vida tras sufrir malaria”.

Entre el personaje y el hombre

Hay un momento de la conversación que me parece especialmente revelador. Le pregunto si alguna vez sintió que el personaje RaulNomada estaba devorando a Raúl Cabrera, la persona real.

Se ríe antes de responder.

“Yo soy nómada”, dice.

Pero luego matiza la idea. Explica que con el tiempo ha aprendido a equilibrar dos identidades: el aventurero que recorre el planeta y el hombre que necesita silencio, familia y raíces. En uno de sus viajes a Japón escuchó una frase que todavía recuerda.

“La rana que vive en un charco nunca comprenderá la magnitud del océano”.

Mientras lo escucho pienso que esa frase resume el espíritu de su vida. Viajar no es simplemente desplazarse. Es ampliar la forma en que se mira el mundo.

El futuro

Rumbo a los 100

A pesar de haber recorrido casi cien países, Raúl habla del futuro como si todavía estuviera comenzando. Quiere hacer una película, está escribiendo una novela y continúa trabajando en Ruta 100, un proyecto que busca documentar el mundo desde una perspectiva profundamente humana.

Cuando le pregunto qué quiere demostrar con todo esto, su respuesta es sorprendentemente sencilla.

“Que los sueños se pueden cumplir”.

No lo dice como una frase motivacional vacía. Lo dice desde la experiencia de alguien que dedicó décadas a perseguir una intuición infantil.

“Sé amable”.

Desde el aeropuerto

Después de escuchar su historia, uno entiende que Raúl Cabrera no es simplemente un viajero.

Es el niño que decidió tomarse en serio una promesa.

El ecuatoriano.
El documentalista.
El soñador que convirtió el mundo en un archivo de memorias.

En algún punto de la conversación le pido un mensaje para quienes lo siguen y admiran. Él se toma unos segundos antes de responder, como si buscara las palabras correctas entre tantos kilómetros recorridos.

“Si puedes ser algo en la vida, sé amable”, dice finalmente.

No lo dice como una frase grandilocuente. Lo dice con la serenidad de alguien que ha visto demasiadas realidades distintas como para creer que el mundo necesita más ruido que humanidad.

Síguelo en Ig: @raulnomada

Mientras terminamos la entrevista imagino una escena que probablemente se repite muchas veces en su vida. Un aeropuerto cualquiera. Puede ser de madrugada o al final de la tarde. La gente camina deprisa arrastrando maletas, mirando pantallas, siguiendo rutas invisibles. En medio de ese flujo constante aparece Raúl Cabrera con su mochila, su cámara y la misma curiosidad que tenía cuando era niño.

Se detiene un momento frente al panel de salidas. Observa los nombres de ciudades que para otros son destinos y para él son historias. No mira el mapa con ansiedad, sino con una calma casi ritual, como quien sabe que cada viaje es simplemente una página más del mismo libro.

Entonces toma su mochila y camina hacia la puerta de embarque.

Mientras cierro mi libreta de apuntes, vuelvo mentalmente a la escena inicial: un niño frente a una Biblia ilustrada.

No sabía entonces que estaba abriendo mucho más que un libro.

Estaba abriendo su destino.

 

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2 comentarios en “Raúl Cabrera: el niño que abrió una Biblia y terminó caminando el mundo”

  1. Ernesto Pérez Rivas

    Excelente documental, tengo el orgullo de conocerlo personalmente desde que era estudiante universitario compañero de mi hijo. Además, en diciembre 2025 tuve la oportunidad de subir con el 1500 mts de altura en el Kahueca Forest Park en N. Zealand .

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