A los 21 años, el autor de Este vuelo de pájaros convirtió un poemario íntimo en una novela sobre la ruptura, la memoria y la obstinación de sentir. Entre la poesía, la psicología y la fragilidad luminosa de su edad, su voz recuerda que a veces la literatura no nace de una estrategia, sino de una herida que todavía no acepta callarse.
Su primer libro, Este vuelo de pájaros, apareció como una novela romántica de 99 páginas narrada de forma no cronológica, pero su verdadero origen fue otro: comenzó como un poemario escrito para una persona especial y terminó convertido en una obra que intenta entender qué queda del amor cuando ya no alcanza para quedarse.
Daniel Colmenares habla del amor con la serenidad extraña de quien todavía es joven, pero ya aprendió que la emoción también puede ser un método. No necesita la grandilocuencia, no sobreactúa la herida, no se parapeta detrás de una pose de escritor atormentado. Habla como si midiera las palabras antes de soltarlas, como si supiera que hay sentimientos que, si se tocan con demasiada fuerza, se rompen. Tal vez por eso su voz resulta tan particular: no es la de un muchacho jugando a parecer profundo, sino la de alguien que todavía cree en la intensidad, aunque ya intuye el precio que esa intensidad cobra cuando la vida decide cambiar de rumbo.
En un tiempo donde demasiada gente quiere escribir para exhibirse, Colmenares parece hacerlo para entender. Ahí está, acaso, el primer punto de interés de su trabajo. Este vuelo de pájaros no nació como una operación literaria ni como un cálculo de mercado. Nació, según ha contado el propio autor, de un poemario pensado para una persona especial y se fue desplazando hasta convertirse en una novela breve que reorganiza, desde el recuerdo y la ruptura, la relación entre Tony y Adeline. El propio libro, en su nota de autor, insiste en que se trata de una obra tejida desde la ficción, aunque inspirada en experiencias, momentos y sentimientos del propio Daniel.
Yo lo escuchaba y, en más de un momento, me vi reflejado. No porque su historia sea la mía, ni porque sus personajes puedan reducirse al expediente fácil del autobiografismo, sino porque en su manera de hablar del amor hay algo reconocible para quienes alguna vez sintieron a esa edad que todo ocurría por primera vez y para siempre. Cuando lo confronté con la idea de que muchos podrían pensar que alguien de 21 años no ha vivido lo suficiente para escribir con hondura sobre el amor, no respondió con resentimiento ni con teatro. Más bien, con una convicción sobria: no siempre hace falta haberlo vivido todo para escribir; a veces basta con sentir, observar, preguntar, escuchar, mirar alrededor y tomarse en serio la experiencia humana.
“Nacemos con una falta… y buscamos a alguien que le dé sentido a nuestra existencia.”
Daniel Colmenares, joven escritor venezolano
El amor como materia de estudio y de riesgo
Hay un detalle que hace más compleja la lectura de Daniel Colmenares: además de escritor y poeta, es estudiante de Psicología. Esa formación no vuelve a su novela más fría; la hace más consciente. Entonces, es el joven que escribe desde la emoción y el estudiante que intenta racionalizar lo que sucede tras una ruptura amorosa, el apego, las expectativas, la manera en que cada persona construye su propia idea de amar. No es una casualidad menor.
Ese cruce entre sensibilidad y observación se nota cuando explica el impulso original del libro. Lo que comenzó como un poemario —un gesto íntimo, casi privado— terminó expandiéndose hasta tocar preguntas más amplias: qué hacemos con lo que sentimos cuando la relación se rompe, qué parte de nosotros se desordena cuando el otro se va, cuánto de lo que llamamos amor responde a una vivencia real y cuánto a las narraciones que arrastramos desde antes de enamorarnos. Ahí es donde su discurso se vuelve más interesante. Daniel no habla del amor como quien recita una consigna romántica, sino como quien examina una experiencia que lo desbordó y decidió no desperdiciar ese desborde.
En el centro de Este vuelo de pájaros están Tony y Adeline, pero reducir la novela a una simple historia sentimental sería empobrecerla. En la conversación, Daniel insistió en separar al autor de la obra. Lo hizo con buen criterio. No negó las zonas de contacto entre vida y literatura, pero tampoco aceptó el atajo de quienes creen que toda ficción íntima es una confesión mal disimulada. Habló de Tony como un personaje construido desde perspectivas, observaciones y experiencias; de Adeline como una figura concebida desde la mirada de ese mismo Tony; y en esa explicación dejó ver algo valioso: entiende que los personajes no son personas calcadas, sino artefactos emocionales donde confluyen memoria, deseo, imaginación y conflicto.
“Esta idea surge tras la necesidad de responder preguntas que nacieron en mí después de terminar una relación.”
Anímate a leer Este vuelo de pájaros
Un muchacho, unos loros y una teoría sobre la soledad
Hay libros que se sostienen por su anécdota y otros por la imagen capaz de justificarlos. En el caso de Colmenares, una de esas imágenes es el pájaro. No aparece como un adorno, sino como una clave de lectura. Durante la entrevista me contó que la metáfora nació de una experiencia cercana a la realidad: vivir en una zona rodeada de naturaleza, observar el vuelo de los loros, descubrir que algunos volaban acompañados y otros en soledad, e investigar después el comportamiento de estas aves cuando pierden a su pareja. El libro propone al lector pensar el amor a partir del comportamiento de los loros y de cómo reaccionan cuando pierden a su compañero de vuelo.
Allí, precisamente, la novela encuentra una de sus intuiciones más fuertes. La teoría del pájaro no pretende convertirse en un tratado ni en una verdad científica disfrazada de literatura. Funciona mejor como provocación moral y poética: qué tan humanos somos para abandonar, reemplazar, negar o racionalizar aquello que una parte de nosotros todavía sigue sintiendo. Ese es uno de los momentos donde Daniel se defiende mejor como autor. No porque se encierre en su tesis, sino porque entiende que la literatura puede hacer preguntas que la vida cotidiana intenta resolver demasiado rápido. En un tiempo de vínculos descartables, esa obstinación por detenerse en la pérdida tiene algo de resistencia.
Luego vino el poema. Quise que la audiencia escuchara “21 de octubre” y dejarlo resonar antes de seguir preguntando. Fue una buena decisión. Allí apareció el otro Daniel: no el narrador que ordena una historia, sino el poeta que aprieta la imagen hasta volverla respiración. Cuando le pregunté por el texto, habló de la frase “Préstame tu peine y péiname el alma”, de Caifanes, como detonante de una intuición: amar también es cuidar con delicadeza eso que no se ve. En ese punto, la entrevista dejó de ser solo una conversación sobre un libro y se convirtió en una charla sobre el lenguaje que ciertos jóvenes todavía se atreven a tomar en serio.
“Esto marcó un punto de inflexión en mi vida.”
No me interesa adornar de más a Daniel Colmenares. La literatura joven no necesita condescendencia; necesita lectura atenta. Su mayor valor no está en la precocidad como espectáculo, sino en haber entendido, a tiempo, que un primer libro no tiene por qué ser perfecto para ser verdadero. Este vuelo de pájaros nació sin editorial; el autor ha asumido la producción del libro y su circulación, desde su bautizo el 11 de enero de 2026 ha vendido ejemplares por todo el país por cuenta propia. Ese dato no es un detalle administrativo: retrata la dimensión artesanal y obstinada de un muchacho que decidió sacar adelante su obra con sus recursos.
La escritura como permiso colectivo
Lo más valioso de entrevistar a Daniel no fue confirmar que tiene talento, sino advertir que sabe por qué escribe. Y eso, créanme, no es poca cosa. Muchos autores tardan años en comprender cuál es el impulso que los pone frente a la página. Él, en cambio, ya parece haber detectado el suyo: escribir para interrogar lo vivido, para darle forma a lo que duele, para convertir una experiencia privada en una pregunta compartida. Cuando habla, uno percibe que la psicología le ha dado vocabulario para pensar el apego, la pérdida, la necesidad de complemento; pero es la poesía la que le da espesor a su mirada. Una cosa le ordena la emoción; la otra la vuelve respirable.
En esa mezcla hay una lección para otros jóvenes que sueñan con escribir y todavía no se atreven. No hace falta haberlo vivido todo. No hace falta haber publicado antes. No hace falta esperar el permiso de una gran editorial ni la bendición de un cenáculo literario. Hace falta, sí, escuchar con honestidad qué está pidiendo salir de uno. Después vendrán las correcciones, las lecturas, las derrotas pequeñas, la disciplina, la conciencia de estilo. Pero el primer paso sigue siendo el mismo: dejar de preguntarse si uno puede y empezar a averiguar qué verdad emocional merece trabajo, forma y lenguaje.
IG: @dacolmenares_
“Es una historia de la cotidianidad…
porque no todo tiene un final claro.”
Por eso este reportaje no quiere quedarse solo en el retrato amable de un autor de 21 años que publicó su primera novela. Quiere decir algo más amplio. Quiere recordar que la literatura todavía puede nacer en las provincias, en las ciudades que no siempre ocupan la portada, en los muchachos que escriben mientras estudian, mientras se forman, mientras buscan una voz propia sin pedir disculpas por su edad. Quiere decir que Venezuela también puede ser territorio de gestación literaria. Y quiere decir, sobre todo, que cuando un joven escribe de verdad, no solo está contando lo que siente: está ensayando una forma de permanencia contra el olvido.
Quizá esa sea la razón por la cual los primeros libros nos conmueven tanto. No porque sean impecables, sino porque dejan ver el momento exacto en que alguien decide no callarse más. Daniel Colmenares hizo eso. Tomó una ruptura, una memoria, una pregunta sobre el amor y las llevó a la página. A partir de ahí, lo demás —las ventas, los lectores, la crítica, los próximos libros— será parte de otro viaje. Pero este ya empezó. Y convendría que quienes vienen detrás, con cuadernos llenos de borradores y dudas, lo miren bien: a veces basta un primer libro honesto para recordarle a toda una generación que todavía tiene permiso para escribir.
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