
Feminicidio, hipocresía moral y el miedo que todavía respira en América
Desde Afganistán hasta Estados Unidos, desde las cifras de la ONU hasta la humillación cotidiana en una mesa de restaurante, la violencia contra la mujer no es un fenómeno lejano ni culturalmente aislado. Es estructural. Este reportaje confronta la doble moral de las sociedades que condenan el extremismo ajeno mientras toleran la denigración diaria, y llama a las mujeres —y a los hombres— a no normalizar el más mínimo gesto de maltrato.
Desde que era niño escuché en mi casa una frase que parecía incuestionable: a las mujeres no se les pega ni con el pétalo de una rosa. Aquella enseñanza no era poesía; era ética. Era la manera más simple de explicar que el respeto no admite grados. No es negociable. No se relativiza. No depende del estado de ánimo ni del contexto.
Sin embargo, crecí viendo cómo el machismo se filtraba por las rendijas del lenguaje, de los chistes, de las discusiones públicas donde el hombre levanta la voz y la mujer baja la mirada. ¿En qué momento la frase dejó de ser convicción y se convirtió en adorno cultural? ¿Cuándo comenzamos a escandalizarnos por la violencia extrema mientras tolerábamos la humillación cotidiana?
La noticia reciente sobre Afganistán, donde bajo interpretación talibán un hombre podría enfrentar apenas días de detención por agredir a su esposa si no hay “lesiones graves”, generó indignación global. Era fácil condenar. Era obvio hacerlo. Pero ¿qué tan lejos estamos realmente de esa lógica cuando en el continente americano la violencia íntima sigue cobrando vidas con regularidad alarmante?
Las cifras que no caben en la comodidad moral
Según el informe conjunto de ONU Mujeres y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), publicado en 2025 con datos de 2024, aproximadamente 50.000 mujeres y niñas fueron asesinadas por su pareja o un familiar el último año. Una cada diez minutos. No en zonas de guerra. No en territorios sin ley. En el ámbito privado. En espacios que deberían ser refugio.
En Estados Unidos, democracia consolidada y bandera global de libertades, los datos oficiales indican que en 2023 hubo más de 4.300 mujeres asesinadas, y alrededor del 36% fueron víctimas de su pareja íntima. Más de mil quinientas mujeres muertas por hombres que alguna vez dijeron amarlas. ¿Qué nombre le damos a eso si no feminicidio estructural, aunque la ley no lo tipifique como tal?
En Canadá, país modelo en políticas sociales, más de 80 mujeres fueron asesinadas por parejas o exparejas en 2024. Y en América Latina, según la CEPAL, al menos 3.828 feminicidios fueron registrados en 2024 en 26 países y territorios. Brasil supera los 1.400 casos; México, los 800; mientras que Venezuela, Colombia, Argentina y Honduras se mantienen en cifras que superan ampliamente los más de 200 casos anuales. Las diferencias estadísticas no anulan la verdad esencial: el patrón se repite.
La violencia empieza antes del golpe
Nos hemos acostumbrado a reaccionar cuando aparece la sangre. Pero el feminicidio no comienza con el disparo ni con la puñalada. Comienza con la minimización. Con la frase: “No exageres”. Con el control disfrazado de amor. Con la humillación pública que nadie interrumpe.
He visto en restaurantes cómo un hombre corrige a su esposa con tono de dueño. He visto en oficinas cómo se interrumpe sistemáticamente la voz femenina. He visto cómo la mujer se disculpa por ocupar espacio, como si existir fuera una invasión. ¿Cuántos de esos gestos son la antesala de algo peor? ¿Cuántas veces el silencio social se convierte en cómplice?
Y aquí la pregunta no es solo para las víctimas. Es para usted. Sí, usted. ¿Alguna vez ha ridiculizado a una mujer en público “porque estaba bromeando”? ¿Ha levantado la voz para imponerse? ¿Ha minimizado el miedo de su pareja diciendo que es exagerada? La violencia no empieza cuando usted golpea. Empieza cuando cree que tiene derecho a dominar.
Cuando en un país latinoamericano un presidente es investigado por declaraciones que relativizan el consentimiento de una menor frente a un adulto en posición de poder, el problema no es solo jurídico; es cultural. El mensaje implícito es devastador: el cuerpo femenino sigue siendo territorio negociable. ¿Qué señal recibe una niña cuando la autoridad minimiza la asimetría entre un profesor y una adolescente? ¿Qué aprende un adolescente cuando escucha que eso puede justificarse?
La hipocresía de señalar lejos y callar cerca
Es cómodo indignarse por Afganistán. Es fácil condenar lo que parece extremo. Lo difícil es aceptar que en nuestras propias calles las mujeres siguen caminando con miedo, compartiendo ubicación en tiempo real, calculando qué ropa ponerse para evitar comentarios, midiendo cada palabra para no provocar ira.
Decimos que vivimos en sociedades modernas. Pero las estadísticas demuestran que la modernidad no erradicó la violencia de género; apenas la maquilló con tecnicismos legales. En Estados Unidos se habla de “domestic violence homicide”. En Canadá, de “intimate partner violence”. En América Latina, de “feminicidio”. Cambia el término. No cambia la mujer enterrada.
¿No es también hipocresía moral presumir igualdad mientras el miedo femenino sigue siendo experiencia cotidiana? ¿No es contradictorio celebrar avances legislativos mientras el respeto básico aún depende de la voluntad individual del agresor? ¿No es más fácil publicar una consigna en redes que intervenir cuando una mujer está siendo humillada frente a nosotros?
Empoderarse no es consigna, es conciencia
Este reportaje no busca competir en horror ni establecer jerarquías de sufrimiento. Busca algo más incómodo: que cada lector revise su propio comportamiento. Que cada mujer identifique el primer gesto de desvalorización como lo que es: una alerta, una bandera roja, un límite que no debe ceder.
Empoderarse no es repetir eslóganes. Es romper con la normalización del control. Es denunciar la burla que parece inofensiva. Es exigir coherencia entre discurso público y conducta privada. Es comprender que el feminicidio no es un rayo que cae del cielo: es la culminación de una cadena de tolerancias sociales.
Si de verdad creemos que a las mujeres no se les pega ni con el pétalo de una rosa, entonces tampoco se les humilla, ni se les minimiza, ni se les silencia. Porque la violencia no empieza en el golpe. Empieza en el desprecio.
Y el desprecio, cuando se normaliza, termina matando.