
Samantha Carrión
El humo del palo santo subía lento, enredándose como si quisiera quedarse flotando a su alrededor, suave, casi perezoso, dibujando espirales invisibles en el aire húmedo de la noche.
Ella estaba sentada junto a la ventana, con la cabeza cargada de pensamientos que chocaban entre sí como olas en tormenta. Obligaciones, responsabilidades, expectativas, conversaciones rotas, amores fallidos, filosofías viejas y heridas nuevas. Una mezcla caótica: lo más terrenal y lo más abstracto enredados en el mismo torbellino.
Prendió el palo santo con la esperanza de acallar el ruido. El fuego chisporroteó con un sonido tan mínimo que apenas se escuchaba, pero para ella fue un llamado.
Inhaló hondo. Exhaló. Cerró los ojos y trató de vaciarse. No funcionó. Los pensamientos, como niños traviesos, volvían a colarse entre el humo.
Fue entonces cuando lo vio.
Un bichito diminuto, blanco, casi transparente, flotaba torpemente hacia la brasa encendida. Lo insólito no era su tamaño ni su fragilidad, sino su falta absoluta de miedo, se acercaba con una calma extraña, como si el fuego fuera un lugar seguro.
Ella, con un gesto instintivo, apagó la brasa con un soplido y sintió el calor rendirse. El humo siguió elevándose, más suave, como si también quisiera observar.
El bichito, indiferente, siguió su camino.
Ella lo siguió con la mirada hasta que lo vio entrar en un agujero en la madera que parecía tallado, pulido por una mano invisible, un pequeño arco perfecto.
La entrada del orificio tenía el relieve de un rostro extraño, a medio camino entre un roedor y un felino, con gesto severo, como un guardián en miniatura.
El bichito entró en el portal y desapareció.
En ese instante algo dentro de ella se abrió. No fue un pensamiento ni una visión concreta, fue más como un estallido silencioso: la certeza de que hay mundos ocultos por todas partes, invisibles para el ojo humano, vibrando detrás de lo obvio, esperando ser vistos.
Dimensiones enteras latiendo detrás de las paredes, bajo los suelos, dentro de un pedazo de madera ardiendo en una habitación común.
De pronto, las dudas, los problemas, lo urgente… todo se desdibujó. Su mortalidad se sintió distinta: ligera, sagrada, como si hubiera algo más grande sosteniéndolo todo, incluso a ella.
Lo que era preocupación se volvió polvo. Lo urgente, lo triste, lo incierto: todo se reacomodó en un orden que escapaba a su entendimiento, pero que la contenía. No era inmortal, no era diosa; era humana, pero algo dentro de ella recordaba.
El palo santo ya no era palo santo. Era un maestro disfrazado, un puente hacia lo invisible.
El bichito no era bichito: era un mensajero, pequeño pero preciso, que le mostraba que nada es azar, que lo diminuto puede contener la llave de lo inmenso.
Ella sonrió por primera vez esa noche. No porque tuviera respuestas, sino porque comprendió que había preguntas más grandes que sus miedos. Preguntas que se abren como portales, tan pequeños, tan sutiles, que a veces sólo el humo y el silencio saben señalarlos
Wild Valkyrie (Samantha Carrión) es artista intuitiva, escritora y coach multidimensional. Su trabajo integra pensamiento crítico, espiritualidad y arte, buscando siempre abrir espacios para el diálogo entre lo visible y lo oculto. Le apasiona acompañar a otros en procesos de autodescubrimiento, mientras sigue su propia búsqueda de sentido a través de historias, encuentros y creación.