Luis Galli: un bosque nacido del amor y la memoria

Hermandad, arte y conciencia en una sola historia.

La obra que Luis Galli escribió junto a su hermana se convirtió en un legado inesperado: un cuento que trascendió el duelo, cruzó fronteras y hoy es una misión artística, ambiental y profundamente humana.

Hay libros que se escriben con tinta, y otros que se escriben con heridas. El Bosque de Cucho pertenece a esa segunda categoría: una historia nacida entre dos hermanos, sostenida por la ternura y el duelo, que terminó convertida en una cruzada ambiental para niños de distintos países. Luis Galli, actor, escritor y hombre de sensibilidad indudable, tomó la última promesa hecha a su hermana y la transformó en un proyecto que ya no le pertenece solo a él, sino a cientos de lectores que encuentran en Cucho —un pequeño perezoso amazónico— una metáfora de resistencia, inocencia y esperanza.

Un historia, dos voces

La génesis del cuento es íntima. No responde a modas editoriales ni a manuales de literatura infantil; responde a la vida. Su hermana escribió los primeros capítulos con la delicadeza de quien conoce la fragilidad del mundo natural. Él escribió los últimos, con la urgencia de quien sabe que el tiempo se acorta. “Mi hermana estuvo redactando el cuento. Me dejó capítulos y yo hago los últimos cinco”, recuerda con un eco de nostalgia. “Ella escribía diez mil veces mejor que yo. Era muy intelectual y específica en sus causas.”

Ese gesto de continuidad terminó convirtiéndose en una promesa: “Yo le dije que iba a transformar El Bosque de Cucho en una misión, en una siembra de conciencia ambiental para los niños del Amazonas.”
Promesa hecha. Promesa cumplida.

La obra comenzó como un proyecto familiar, pero pronto adquirió un destino propio, casi independiente de su autor: presentaciones en museos, consulados, universidades y colegios privados y públicos en distintos países. Una resonancia inesperada para un relato que nació en un momento de fragilidad emocional.

Dolor y propósito

Cuando fue consultado acerca de cómo vivió emocionalmente la publicación del libro, Galli respondió con una honestidad que desarma: “Mi hermana tenía una nobleza extrema enfocada en la protección de la fauna y la flora. Ver los detrimentos causados por el hombre me hizo sentir que debía llevar su misión a un nivel internacional.”

Ese “nivel internacional” no es una frase vacía. Ha llevado el libro a escuelas en Nueva York, New Jersey y Lima; a presentaciones en Ottawa, Miami y Ciudad de México. Ha hablado ante niños, educadores y psicólogos, convirtiendo esta historia en herramienta pedagógica, semilla ambiental y abrazo emocional.

Mi opinión, como periodista y testigo de su pasión, es sencilla: pocos autores logran transformar el dolor en un propósito tan claro, tan útil y tan generoso.

Una voz que interpreta

Luis Galli no puede ocultar su naturaleza teatral. Se le nota en el ritmo, en la cadencia, en la forma en que narra incluso cuando responde una pregunta. El Bosque de Cucho no es solo un cuento: es una pequeña obra escénica cuando él la presenta. “No puedo impedir que me salga el actor”, confiesa con una sonrisa.

“Creo las voces de los personajes, dramatizo, conecto con la audiencia. Es parte de mí.”

En sus presentaciones ante niños, Galli encarna a Cucho, a los animales del bosque y hasta al peligro que acecha a la Amazonía. Su narrativa corporal se convierte en un puente emocional, y lo que pudo haber sido una simple lectura termina siendo un acto interpretativo que conquista a su público.

Lenguaje, mensaje y ética

Hablarle a un niño es una tarea enorme. Luis lo sabe y lo respeta. “Aprendí a respetar al niño como un ser íntegro”, afirma. “Hay que cuidar el lenguaje, pero siempre llevar un mensaje realista.”

El libro aborda temas complejos: minería ilegal, incendios provocados, desplazamiento de animales, contaminación, deforestación. Y aun así, encuentra la manera de decirlo con claridad, sin crudeza innecesaria, sin subestimar la inteligencia de los pequeños lectores. La obra es un recordatorio de que la literatura infantil no debe evadir la realidad, sino ayudar a comprenderla.

Su reflexión es reveladora: “La gente cree que los niños no comprenden, pero entienden tanto como los adultos. Son esponjas.” Ese respeto es, quizás, uno de los pilares del éxito del libro.

Un territorio que respira

La Amazonía en El Bosque de Cucho no es un paisaje: es un personaje. Sufre, denuncia, resiste. Galli lo señala con claridad: “Cuando investigaba me impactaba el efecto invernadero, las lluvias ácidas, los animales en peligro, el exceso de basura en los océanos. Me di cuenta de que estaba en una misión difícil.”

Su mirada ambiental es contundente, pero no moralista. La historia no sermonea; invita a pensar. Y eso, en tiempos tan saturados de discursos, se agradece profundamente.

Teatro y comunidad

En una de las presentaciones más emotivas, realizada en Lima, Galli descubrió un giro inesperado: “Una persona del público me dijo que esto era una obra de teatro.” Y lo era. Él mismo lo había transformado sin darse cuenta: adaptaciones, voces, ritmos, humor, silencios, símbolos. Todo estaba allí.

El público lo confirmó: colas, asistentes que se quedaron fuera, preguntas después de la función. La literatura, en este caso, no solo se leyó: se vivió.

Interpretaciones inesperadas

Una de las historias que más lo conmovió fue la de una madre que le escribió para contarle que su hijo, enfermo, había encontrado consuelo en Cucho. Otra lectora le pidió la versión en inglés para leérsela a sus nietos. “Ahí entendí que el mensaje llega”, comenta con humildad. También habló de su deseo de presentar el libro a niños con cáncer: “Eso lo tengo muy presente.”

Como periodista, debo decirlo: ese gesto lo define. Lo revela. Lo humaniza aún más.

La herida que guía

Cuando le pregunté directamente cómo transformó la enfermedad de su hermana su sensibilidad artística, guardó un segundo de silencio antes de responder: “Me rompió el corazón, pero me dio una brújula. Tengo ideas que no tenía antes respecto a Cucho.” Lo dijo con una mezcla de serenidad y dolor que solo entiende quien ha perdido a alguien irremplazable.

No habla desde el drama; habla desde la gratitud. Viaja con ella, le pide permiso, la presenta en cada evento. La obra es un modo de seguir caminando juntos.

Lo que viene

Galli es un creador inquieto, de múltiples capítulos. Está escribiendo una nueva novela sobre bullying, titulada Cómo matar a un ángel, con lecciones dirigidas a adolescentes que viven ese infierno silencioso. También participa en un largometraje ambientado a finales del siglo XIX, y tiene en mente llevar El Bosque de Cucho al cine. “Me veo entrando en una escena en blanco que luego se llena de colores”, dice imaginando la película.

“Quiero que los niños del mundo puedan verla.”

Su cruce entre literatura, teatro y cine lo convierte en un artista expansivo, de esos que no se quedan quietos.

La herida en su forma más pura

En medio de las preguntas más personales, hubo una que funcionó como llave:

—Si pudieras hablar con tu hermana por un minuto más, ¿qué le dirías?

Galli respiró hondo y respondió: “Que la quiero muchísimo… y que me perdone por no estar a su lado cuando más me necesitaba.”

Fue la confesión más humana de toda la conversación. Y quizá el corazón mismo de este reportaje.

Luis Galli no escribe para entretener. Escribe para recordar, para proteger, para sembrar. El Bosque de Cucho no es solo un libro: es una herencia afectiva, un acto de resistencia ecológica, un abrazo entre dos hermanos que no se quebró ni con la muerte. Lo que empezó como un gesto familiar terminó siendo un proyecto internacional que sensibiliza a niños y adultos sobre la fragilidad del planeta y la importancia de la empatía.

Hay creadores que escriben historias. Y hay otros, como él, que construyen bosques enteros para que nadie tenga que caminar solo. En tiempos de ruido, prisa y desmemoria, la obra de Galli nos recuerda algo esencial: los afectos también pueden salvar el mundo.

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