Juan Carlos Aguirre: contar Venezuela desde el exilio, el Darién y las heridas de la diáspora

El periodista venezolano, ganador del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar de Colombia, conversa sobre migración, censura, xenofobia, oficio, memoria y la responsabilidad de narrar un país cuando buena parte de sus periodistas también tuvo que marcharse.

A propósito del Día del Periodista en Venezuela, Juan Carlos Aguirre reflexiona sobre una profesión atravesada por el cierre de medios, la persecución, el exilio y la necesidad de contar sin explotar el dolor. Desde su experiencia en Venezuela, Colombia, México, Estados Unidos y Centroamérica, el documentalista plantea una idea incómoda: la historia venezolana ya no se escribe únicamente dentro del país, sino también desde las fronteras, las redes sociales, las rutas migratorias y las ciudades donde millones de venezolanos intentan reconstruir su vida.

“Crees que pierdes tu patria, pero después te das cuenta de que también ganas la posibilidad de representarla”.

El Día del Periodista en Venezuela llega este 27 de junio en medio de ambigüedades. Durante años, la censura, la persecución política, el cierre de medios, la precarización del oficio y la diáspora modificaron el mapa de una profesión que alguna vez tuvo grandes redacciones, reporteros de calle, corresponsales, fotógrafos, camarógrafos y editores siguiendo el pulso diario de una nación en conflicto.

En ese contexto aparece Juan Carlos Aguirre, periodista venezolano, productor audiovisual, documentalista y corresponsal internacional. Su nombre ha estado vinculado a coberturas de migración, violencia, frontera, crisis humanitarias y fenómenos sociales en distintos países de América Latina. Recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar de Colombia por su trabajo documental sobre el Darién, una de las rutas migratorias más peligrosas del continente, y también ha sido reconocido en escenarios internacionales por reportajes que cruzan el periodismo tradicional con el lenguaje documental.

La conversación con Aguirre no parte de una nostalgia profesional ni de una celebración vacía del oficio. Sino más bien de una pregunta más incómoda: ¿qué significa ser periodista venezolano después de la diáspora? La respuesta no cabe en un eslogan. En su caso, significa haber sido reportero en Venezuela, vivir amenazas, trabajar fuera del país, documentar el drama migratorio en México, Colombia, Centroamérica, Estados Unidos y el Darién, y entender  que la migración no es una cifra sino una acumulación de rostros, decisiones, pérdidas, riesgos y esperanzas.

La selva habla

Aguirre cuenta que su percepción sobre la migración cambió cuando dejó de verla desde la comodidad de un titular y comenzó a recorrerla. Antes del Darién, ya había trabajado sobre La Bestia, el tren mexicano usado durante años por migrantes que atraviesan el país en condiciones extremas. Luego documentó la selva del Darién, ese territorio convertido en símbolo del fracaso regional frente a la movilidad humana, y más tarde abordó la migración inversa: quienes no lograron llegar a Estados Unidos o fueron expulsados y emprendieron el camino de regreso.

“Cuando empiezas a recorrer esos caminos y escuchar esas historias, tu mentalidad como ser humano cambia”, afirma.

La frase podría parecer sencilla, pero encierra una crítica profunda al periodismo que mira la migración desde lejos. Aguirre no habla únicamente del migrante como víctima ni del periodista como testigo heroico. Habla de una transformación ética: la necesidad de juzgar menos, escuchar más y entender que ninguna realidad humana se explica desde una sola versión.

En su mirada, el gran riesgo de ciertas coberturas migratorias es convertir el dolor en espectáculo. Aguirre cuestiona a quienes colocan al periodista por encima de la historia y usan al migrante como recurso dramático. “El protagonista debe ser el migrante, no el periodista”, sostiene. Esa idea atraviesa toda la entrevista: contar el dolor no autoriza a explotarlo, mostrar la tragedia no significa apropiarse de ella y acompañar una historia no convierte al reportero en salvador.

La experiencia en el Darién le permitió observar también la fragilidad de los discursos públicos sobre la migración venezolana. En muchos países, el venezolano ha sido presentado como amenaza, carga, estadística o problema de seguridad. Pero rara vez se cuenta con la misma fuerza a los médicos, científicos, comunicadores, trabajadores honestos, a los emprendedores o los padres y madres de familia que intenta sobrevivir sin renunciar a su dignidad. Allí hay, según Aguirre, un vacío narrativo enorme.

Migrar y narrar

¿Qué pierde y qué gana un periodista cuando se convierte en migrante? Aguirre responde sin sentimentalismo. Al comienzo, dice, se siente que se pierde todo: el país, las fuentes, la rutina, los códigos, la pertenencia y hasta cierto lugar dentro del oficio. Pero con los años aparece otra lectura: el exilio también entrega perspectiva, distancia, herramientas y la posibilidad de representar una causa que desde dentro muchas veces no puede ser nombrada con libertad.

“Crees que pierdes tu patria, pero después te das cuenta de que también ganas la posibilidad de representarla”, dice.

La afirmación resulta especialmente poderosa en una conversación entre periodistas venezolanos fuera del país. Porque la diáspora no solo desplazó familias, profesionales y comunidades: también desplazó narradores. Buena parte de la historia reciente de Venezuela está siendo contada desde Bogotá, Ciudad de México, Madrid, Miami, Nueva York, Buenos Aires, Santiago o cualquier ciudad donde un periodista venezolano intenta reconstruir su voz.

Aguirre insiste en que sí se puede contar un país desde el exilio, pero advierte contra la trampa de quedarse atrapado en el periodismo de otra época. El oficio cambió. Ya no basta con saber redactar una nota, hablar frente a cámara o cubrir una fuente. Hoy el periodista debe grabar, producir, editar, pensar en plataformas, entender audiencias, adaptarse a economías más precarias y competir en un ecosistema donde los medios tradicionales ya no tienen el monopolio de la conversación pública.

Esa adaptación, sin embargo, no debe confundirse con renunciar al rigor. Aguirre reconoce que los influencers y creadores digitales han entendido mejor que muchos periodistas la lógica de las audiencias, pero marca una frontera: el periodista puede aprender de esos formatos sin abandonar la verificación, el contexto y la responsabilidad. En tiempos de redes, dice en esencia, el problema no es comunicar de otra manera; el problema es olvidar por qué se comunica.

El país afuera

Uno de los tramos más fuertes de la conversación aparece cuando Aguirre habla de la imagen del venezolano en el exterior. La migración venezolana, dice, es particular porque está profundamente polarizada. De un lado, hay profesionales brillantes, trabajadores, científicos, comunicadores, emprendedores y familias que han logrado insertarse con dignidad en otros países. Del otro, también existe una migración conflictiva que ha contribuido a alimentar prejuicios, titulares negativos y discursos xenófobos.

Su planteamiento no busca complacer. Tampoco idealiza a la diáspora. Aguirre se aleja del relato cómodo según el cual todos los migrantes son héroes o todos son víctimas. La realidad, advierte, es más compleja. Hay venezolanos que aportan enormemente en los países donde viven y hay otros que reproducen conductas que dañan la imagen colectiva. Negar cualquiera de esas dos dimensiones empobrece la discusión.

Desde mi lectura, esa honestidad es una de las virtudes de la entrevista. Durante años, hablar de la diáspora venezolana se volvió una especie de campo minado: cualquier crítica podía confundirse con xenofobia y cualquier defensa podía parecer ingenuidad. Aguirre se mueve en un punto más difícil: reconocer la humanidad del migrante sin convertirlo en santo, denunciar la estigmatización sin negar los problemas reales y exigir una narrativa más justa sin pedir una narrativa complaciente.

La pregunta de fondo no es solo cómo nos ven. La pregunta es quién está construyendo esa mirada. Si la historia de la migración venezolana queda en manos de titulares policiales, videos virales, discursos electorales o reportajes que explotan el sufrimiento, el resultado será una memoria incompleta y peligrosa. Por eso Aguirre insiste en cambiar la narrativa: no para ocultar lo malo, sino para evitar que lo malo sea lo único visible.

Censura interior

Venezuela aparece en la conversación como origen, herida y posibilidad. Aguirre recuerda episodios de agresión y amenazas durante su trabajo como periodista en el país. Habla de una época en la que cubrir fuentes políticas y militares podía tener consecuencias directas. También reconoce que el periodismo venezolano deberá enfrentar una reconstrucción profunda cuando el país pueda abrir una nueva etapa democrática e institucional.

La censura, para él, no es un asunto superado por el hecho de estar fuera. La autocensura acompaña. Puede aparecer como miedo, cálculo, prudencia o responsabilidad familiar. El periodista que salió de Venezuela no necesariamente deja atrás todos los mecanismos de defensa que aprendió bajo presión. A veces los arrastra durante años. A veces los combina con nuevas presiones políticas, económicas o ideológicas en los países donde trabaja.

“La censura siempre te va a acompañar”, sostiene.

Y lo dice desde una mirada pragmática, no romántica. Aguirre rechaza esa idea heroica del periodista que siempre avanza “con el pecho al frente” sin medir consecuencias. Después de años de oficio, tragedias, amenazas y coberturas extremas, sabe que la realidad suele ser menos épica y más dura. La libertad de prensa también se negocia con la seguridad, la familia, el trabajo, el futuro y la posibilidad de regresar algún día.

Esa afirmación incomoda, pero aterriza el debate. El periodismo venezolano ha sido atravesado por una larga pedagogía del miedo. No siempre hace falta cerrar un medio o encarcelar a un reportero para controlar una conversación pública. A veces basta con instalar límites invisibles. La autocensura puede ser más eficaz que la censura formal porque opera dentro del propio periodista, incluso cuando ya no está frente al censor.

Redes y memoria

¿Quién está contando hoy la historia de Venezuela? Aguirre responde que la están contando todos, pero especialmente las redes sociales. Allí conviven periodistas, políticos, influencers, ciudadanos, migrantes, testigos y opinadores. En esa gran bitácora digital se acumulan videos, denuncias, recuerdos, opiniones, imágenes y fragmentos de país. La historia ya no depende únicamente de cuatro canales de televisión o de algunos periódicos impresos.

Esa democratización tiene ventajas evidentes. Permite que hablen quienes antes no tenían espacio. Permite que una señora en un pueblo, un bodeguero, un migrante en Nueva York o un joven desde una frontera aporten una pieza del relato nacional. Pero también tiene riesgos: ruido, manipulación, emocionalidad extrema, propaganda, desinformación y versiones contradictorias de una misma realidad.

Aguirre no propone volver al pasado. No hay nostalgia tecnológica en su planteamiento. Más bien defiende la necesidad de tener criterio dentro del nuevo ecosistema. Las redes no son el enemigo. El problema es usarlas sin responsabilidad, sin contexto y sin conciencia de que cada publicación también puede convertirse en documento para el futuro. La memoria venezolana se está escribiendo en tiempo real, pero no todo lo que se escribe ayuda a entender.

Ese punto resulta clave para una generación que ha vivido la destrucción del país entre archivos rotos, medios cerrados, titulares efímeros y publicaciones digitales que desaparecen con la misma velocidad con la que se vuelven virales. ¿Qué quedará dentro de cincuenta años? ¿Los reportajes? ¿Los videos? ¿Los expedientes? ¿Los testimonios? ¿Los hilos de redes sociales? ¿Las entrevistas? Tal vez todo. Tal vez demasiado. Tal vez lo difícil no será encontrar información, sino distinguir qué fue verdad entre tantas versiones de la verdad.

Volver algún día

Aguirre no oculta su deseo de regresar a Venezuela. Lo dice con una mezcla de nostalgia, terquedad y sentido de pertenencia. Quiere que su hija conozca el país. Volver a Margarita, Barquisimeto y Caracas, vivir sus últimos años cerca de lo que reconoce como propio, reencontrarse con los sonidos, los paisajes, los acentos y las costumbres que forman parte de su memoria. Quiere, incluso, volver a vender pizzas si la vida lo permite.

Pero su idea de regreso no está construida sobre una fantasía ingenua. Para volver, dice, también habrá que reconstruir el tejido social. Venezuela no solo tendrá que resolver un problema político o económico. Tendrá que mirarse moralmente. Revisar la forma en que se rompieron sus vínculos, la manera en que se instaló la desconfianza y el modo en que la polarización convirtió al otro en enemigo.

En esa reconstrucción, el periodismo tendrá un papel delicado. No bastará con cambiar de gobierno, abrir medios o recuperar instituciones. Habrá que recuperar la escucha. Aguirre insiste en que la responsabilidad de los periodistas es escuchar a todos, incluso a quienes incomodan. No se puede contar una sociedad leyendo una sola página del libro. Y esa imagen, dicha frente a un escritor, adquiere un peso especial.

“Si no escuchamos, no hablamos”, afirma.

La frase resume una ética posible para el periodismo venezolano que viene. Escuchar no significa justificar. Escuchar no significa igualar responsabilidades ni diluir culpas. Escuchar significa entender la complejidad de un país fracturado para narrarlo sin reducirlo a propaganda, venganza, consigna o consuelo.

Oficio y país

La entrevista con Juan Carlos Aguirre deja varias certezas y una inquietud. La primera certeza es que el periodismo venezolano no murió con el cierre de redacciones ni con la salida de miles de profesionales. Se desplazó, se fragmentó, se adaptó y comenzó a hablar desde otros lugares. La segunda es que la diáspora venezolana sigue necesitando mejores narradores: menos explotación del dolor, menos estigma, menos espectáculo y más profundidad humana.

La tercera certeza es que el periodista migrante no trabaja únicamente con recuerdos. Trabaja con una responsabilidad presente. Cada historia que cuenta desde afuera puede ayudar a explicar lo que ocurre dentro. Un testimonio puede combatir el olvido. El reportaje corregiría una caricatura. Las entrevistas pueden dejar una pieza para quienes mañana intenten comprender cómo un país entero terminó repartido por el mundo.

La inquietud es insistente: ¿estamos escuchando lo suficiente? En una época donde todos opinan, todos publican, todos reaccionan y todos parecen tener una versión definitiva de los hechos, escuchar se ha vuelto casi un acto de resistencia. Aguirre lo plantea sin solemnidad, pero con firmeza. La historia venezolana no puede contarse desde una sola orilla. Tampoco desde una sola herida.

Este 27 de junio, Día del Periodista en Venezuela, la conversación con Juan Carlos Aguirre funciona como una advertencia y una invitación. Advertencia porque recuerda que el poder no solo intenta controlar lo que se dice, sino también lo que se deja de decir. Invitación porque todavía hay periodistas, dentro y fuera del país, dispuestos a narrar con rigor, con memoria y con la conciencia de que contar la verdad sigue siendo una forma de servicio público.

La historia de Venezuela sigue abierta. Se escribe en las fronteras, en las redacciones que quedan, en las plataformas digitales, en los testimonios de los migrantes, en los documentales, en las voces de quienes no pudieron regresar y en la terquedad de quienes todavía creen que un país también puede reconstruirse desde su memoria.

Juan Carlos Aguirre pertenece a esa generación que ha tenido que contar mientras migra, mirar mientras duele y preguntar incluso cuando la respuesta incomoda.

 

Comparte este artículo

1 comentario en “Juan Carlos Aguirre: contar Venezuela desde el exilio, el Darién y las heridas de la diáspora”

  1. Redacción Carlos Luis Barrios

    Conversar con Juan Carlos Aguirre ha sido una experiencia profundamente enriquecedora. Más allá de los premios, los documentales y el reconocimiento internacional que ha cosechado a lo largo de su carrera, encontré a un periodista que sigue creyendo en el valor de escuchar, observar y contar historias con honestidad. Sus reflexiones sobre la migración, el exilio, la censura, la diáspora venezolana y los desafíos actuales del periodismo aportan una mirada serena, crítica y necesaria en tiempos donde abundan las opiniones rápidas y escasean las conversaciones profundas.

    Esta es una entrevista que merece ser leída y escuchada con atención. Juan Carlos no habla desde la teoría ni desde la comodidad de un escritorio. Habla desde las fronteras, desde las carreteras, desde los lugares donde las historias humanas adquieren rostro y nombre. Su trayectoria demuestra que el periodismo sigue teniendo sentido cuando se ejerce con rigor, sensibilidad y compromiso con la verdad.

    Como venezolano, me queda además una sensación de orgullo. Juan Carlos Aguirre representa a una generación de profesionales que, dentro y fuera del país, han sabido abrirse camino con talento, disciplina y credibilidad. Su trabajo no solo deja en alto el nombre del periodismo venezolano, sino también el de una Venezuela que sigue produciendo profesionales capaces de destacar y aportar valor en cualquier lugar del mundo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio