
Sergio Flores
El plan era sencillo: ser feliz. Cinco letras, una promesa. Pero resultó mucho más complejo de lo que imaginé. La felicidad no es algo que se encuentra afuera, sino una búsqueda hacia adentro: mirar qué creemos de nosotros mismos y cómo eso nos sostiene, especialmente cuando todo parece ir en contra.
Crecí en un pueblo pequeño, donde la mirada del otro lo determinaba todo. La opinión ajena no era solo una opinión: era un hecho. En los pueblos, uno aprende que no hay espacio para la diferencia; hay que encajar, complacer, quedar bien. Aprendí a cumplir, no a escucharme. Me enseñaron a ser bueno en todo, a no salirme del molde, a ser “gente de pueblo” en el sentido más dócil y obediente del término.
El peso de ser mirado
Esa forma de vida deja cicatrices invisibles. Uno termina armado con piezas que no encajan, una versión de sí mismo diseñada para no incomodar. Con el tiempo comprendí que muchas de mis decisiones estaban orientadas por el miedo al juicio, no por lo que realmente deseaba.
Hablando con unas amigas que también crecieron en lugares pequeños, bautizamos ese patrón como el «síndrome de la gente de pueblo». No es un diagnóstico, claro, pero lo entendemos: en las comunidades pequeñas, la reputación es una moneda valiosa, y la ciencia incluso respalda que parte de nuestra identidad se construye imaginando cómo nos ven los demás.
Salir de ahí no es fácil. Abandonar esa mirada interna que te exige ser lo que otros esperan es una tarea titánica.
Migrar no borra la historia
Cuando migré, pensé que dejarlo todo atrás me liberaría. Creí que una nueva ciudad —Nueva York— me ofrecería un punto de partida limpio. Pero pronto entendí que uno no escapa de lo que lleva dentro. La cabra siempre tira para el monte, dicen.
Cambiar de país no es cambiar de piel: es enfrentarte a quién eres sin tus referencias de siempre. Descubrí que los patrones emocionales que me habían acompañado, los mismos que alguna vez me “salvaron”, seguían vivos en mí. Aunque nadie me conocía, mis viejas reglas internas continuaban marcando el paso.
Por eso admiro a quienes logran dar un giro real y dejan fuera de su maleta todo lo que los hacía prisioneros.
La memoria también miente
Durante las terapias tradicionales y con el proceso MMK (The Work), aprendí algo esencial: la memoria no es un archivo fiel. Cada recuerdo es una reconstrucción emocional. Me di cuenta de que muchos de mis “hechos” eran, en realidad, interpretaciones. Y empecé a preguntarme:
¿Busco entender o solo confirmar lo que ya creo? ¿Estoy dispuesto a revisar mis creencias, o prefiero aferrarme a ellas por miedo al cambio?
Comprender eso fue como desarmar un espejo viejo. No podía cambiar lo que pasó, pero sí podía transformar la emoción que había detrás.
El hilo rojo que apunta hacia adentro
En una de esas sesiones me pidieron elegir dos palabras para anclar mis emociones. Elegí paz y felicidad. La idea era simple: cuando algo me desbordara, podía decidir entre tener la razón o estar en paz. A veces lo aplico, otras lo olvido. Supongo que la culpa aprendida pesa más que el hábito de cuidarse.
Un día leí sobre los hilos rojos que conectan a las personas. No lo entendí como un destino romántico, sino como una brújula interna. Ese hilo no apunta hacia adelante, sino hacia adentro. Lo descubrí cuando comencé a hacerme cargo de mi creatividad. Ese era mi hilo, mi don.
Cuando finalmente lo tomé en serio, algo empezó a alinearse. Las preguntas dejaron de doler y comenzaron a abrir espacio.
Hacerse cargo
He comprendido que la felicidad no se sostiene si negamos lo que realmente somos. La paz tampoco. Ambas florecen cuando nos hacemos responsables de lo que nos mueve, aunque sea con miedo o duda.
En mi caso, ese movimiento nació de la creatividad. Reconocerla, atenderla, cuidarla. Porque cuando uno se hace cargo de su don, la vida cambia de raíz.
Ser gente de pueblo, entonces, ya no significa vivir pendiente de cómo te miran, sino recordar de dónde vienes y decidir qué parte de ti eliges llevar. No se trata de renegar del origen, sino de sanar la herencia emocional que pesa.
Si algo es definitivo, es esto: nunca podremos ser felices si seguimos ocultando lo que realmente somos.
¿De qué parte de tu “pueblo interior” todavía no te has hecho cargo?
Sergio Flores es un venezolano en Nueva York. Actor y buscador constante de sí mismo. En proceso de desaprender lo aprendido y reconectar con lo que verdaderamente lo mueve. Lo único claro: elegir la felicidad como punto de partida.
Excelente entrevista !