El presente y su estética del pasado

Hace unos días vi a un muchacho en Nueva York tomando fotos con una cámara digital vieja. De esas pequeñas, plateadas, que parecían extinguidas desde finales de los dos mil. Me llamó la atención porque el teléfono que llevaba en la mano probablemente tenía una cámara mucho mejor. Aun así, quería esa otra imagen: la imperfecta, la granulada, la que parece sacada de Facebook en 2008.

Desde entonces no dejo de notarlo.

Está en la ropa, en la música, en Netflix, en TikTok y hasta en la forma en que la gente intenta guardar recuerdos. De pronto volvieron los jeans anchos de los noventa, los colores neón de los ochenta, las botas exageradas, los lentes diminutos, las chaquetas oversize y hasta ciertas estéticas que durante años parecían condenadas a quedarse enterradas en álbumes familiares.

Hay adolescentes hablando con nostalgia de épocas que ni siquiera vivieron.  Y mientras la inteligencia artificial intenta convencernos de que el futuro llegó, millones de personas parecen entretenidas reconstruyendo el pasado.

No estoy diciendo esto desde un estudio sociológico ni desde una investigación académica. Es simplemente algo que llevo meses viendo en redes sociales y también caminando por la Gran Manzana. Una sensación rara. Como si culturalmente hubiésemos comenzado a mirar hacia atrás.

Y no ocurre solamente con la moda.

Durante años la industria musical parecía obsesionada con sonar cada vez más digital, más rápida, más limpia. Ahora pasa algo curioso: artistas urbanos comenzaron a regresar a géneros que hace no mucho parecían viejos para el mercado. Ahí está Bad Bunny acercándose a la salsa, a la plena y a sonidos mucho más tradicionales del Caribe. Karol G mezclando merengue, bachata y referencias noventeras mientras TikTok revive reguetones antiguos como si fueran clásicos de otra era. A mi me encanta este remember.

Y funciona.

La gente los escucha porque hay algo allí que todavía se siente cercano, reconocible, incluso cálido. Lo mismo pasa con el regreso del vinilo, con las cámaras digitales viejas, con las fotos impresas y con esta extraña obsesión contemporánea por agregar grano visual a las imágenes. Durante años la tecnología intentó borrar defectos, limpiar colores, perfeccionar rostros. Ahora las aplicaciones hacen exactamente lo contrario: ensucian las fotos para que parezcan humanas.

Eso me parece fascinante. Brutal.

También está ocurriendo en las historias que consumimos. Las plataformas comenzaron a mirar hacia América Latina otra vez, pero no necesariamente desde la modernidad extrema sino desde relatos más atmosféricos, familiares y emocionales. Ahí están las adaptaciones de Cien años de soledad o La casa de los espíritus, series ambientadas décadas atrás y una especie de regreso lento hacia narrativas donde importa el tiempo, la memoria y el peso de los personajes.

Incluso en la literatura se siente algo parecido. Cada vez más escritores jóvenes latinoamericanos vuelven al realismo mágico, a las historias familiares, a los pueblos, a los fantasmas emocionales, a las atmósferas densas. Durante mucho tiempo parecía que todo debía escribirse rápido, minimalista y urgente. Ahora pareciera existir otra necesidad: volver a narrar con calma.

Tal vez estoy equivocado.

Porque no se trata únicamente de estética vintage. Hay algo más profundo detrás de esta necesidad de volver. Lo veo cuando la gente compra libros físicos aunque tenga Kindle. Cuando imprimen fotografías en lugar de dejarlas morir dentro de un teléfono. Cuando vuelven los manuscritos, las cartas, los discos, los objetos que ocupan espacio y obligan a detenerse unos minutos.

Antes comunicarse era más incómodo. Había que esperar llamadas, encontrarse físicamente para comentar una novela o escuchar un álbum completo sin saltar canciones cada treinta segundos. No todo era práctico. No todo era rápido. Pero quizás precisamente por eso ciertas cosas permanecían más tiempo dentro de uno.

Hoy todo ocurre demasiado rápido. Las tendencias duran días. Las canciones explotan y desaparecen en una semana. Las conversaciones quedan enterradas bajo cientos de mensajes nuevos. Tal vez por eso tanta gente empezó a mirar décadas anteriores buscando algo difícil de explicar. No necesariamente porque aquellos años fueran mejores, sino porque parecían tener otro ritmo. Otra textura.

A veces pienso que internet pasó tantos años intentando verse futurista que terminó extrañando las cosas que lo hacían sentirse humano.

Y quizá por eso esta década se parece tanto a un gran regreso. No un retroceso. No una renuncia al presente. Más bien una necesidad de rescatar aquello que la velocidad moderna fue dejando atrás.

Comparte este artículo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio