El hombre sin nombre

Nunca pensé que desaparecer fuera tan silencioso.

No hay un sonido que anuncie el principio. No hay una grieta en el aire, ni un relámpago que advierta el final. Es más sutil. Más cruel. Empieza como empiezan las cosas que terminan mal: sin importancia.

La primera vez fue en la mesa.

—¿Me pasas la sal? —dije.

Nadie respondió.

No levanté la voz. No soy de esos. Esperé. Observé cómo mi pareja seguía mirando el teléfono, cómo el televisor hablaba solo, cómo la cena avanzaba sin mí, como si yo fuera una pausa que nadie quiso reconocer.

Repetí:

—¿La sal?

Nada.

Lo curioso no fue el silencio. Fue la naturalidad con la que ocurrió. Como si yo nunca hubiera hablado.

Tomé el salero por mi cuenta. Mis dedos lo tocaron… o eso creí. Porque cuando lo acerqué, sentí algo raro. Como si el objeto pesara menos. Como si yo… pesara menos.

No le di importancia.

Uno siempre subestima el primer síntoma.

Los días siguientes fueron peores.

En el trabajo, saludé a tres personas. Ninguna me devolvió el saludo. Pensé que estaban distraídas, que el mundo se había vuelto más egoísta de lo habitual. No era nuevo.

Pero entonces vino el detalle.

Mi reflejo.

Estaba en el baño, lavándome las manos. Levanté la mirada. El espejo me devolvió una imagen incompleta.

No era una ausencia total. Todavía estaba ahí… pero había zonas borrosas. Mi hombro derecho parecía diluirse en el aire, como si alguien hubiera pasado un trapo húmedo sobre mi existencia.

Parpadeé.

Me acerqué.

—No jodas… —murmuré.

Mi voz sonó más baja de lo normal. No en volumen. En peso.

Salí del baño sin decir nada. Porque cuando el cuerpo empieza a traicionarte, lo peor que puedes hacer es admitirlo en voz alta.

Esa noche hice una prueba.

—¿Tú me escuchas? —pregunté.

Ella no levantó la mirada del teléfono.

Me acerqué más.

—Estoy hablando contigo.

Nada.

Le quité el teléfono de las manos.

O lo intenté.

Mis dedos lo atravesaron.

No fue un gesto violento. No hubo choque. Fue peor: no hubo resistencia.

Mi mano pasó a través del objeto como si no perteneciera del todo a este mundo.

Ahí entendí que esto no era distracción.

Era desaparición.

Empecé a observarme con obsesión.

Mi voz ya no llenaba el espacio. Mis pasos no hacían ruido. Mi sombra… mi sombra era lo más perturbador.

Porque no siempre estaba.

Había momentos del día en que desaparecía por completo. Y cuando volvía, no coincidía conmigo. Llegaba tarde. Se movía lento. Como si dudara de seguirme.

Como si yo fuera prescindible.

Intenté llamar a mi madre.

—Mamá, soy yo.

Silencio.

—¿Mamá?

Una pausa larga. Luego:

—¿Quién habla?

Sentí algo en el pecho. No dolor. Algo peor: una especie de vacío con memoria.

—Soy yo.

—Disculpe, se equivoca.

Y colgó.

No lloré.

El llanto es un privilegio de quienes todavía existen con fuerza suficiente para romperse.

Los días se volvieron más livianos. Literalmente.

Mi ropa me quedaba suelta. No porque adelgazara… sino porque ya no llenaba el espacio que antes ocupaba.

Mi reflejo desapareció por completo al quinto día.

Mi voz, al sexto.

El séptimo día, nadie en el restaurante donde trabajo pareció notar que yo no estaba.

Nadie preguntó.

Nadie buscó.

Nadie corrigió el turno.

El mundo no se detiene por una ausencia cuando esa ausencia ya venía ocurriendo desde antes.

Hoy desperté… o algo parecido a despertar.

No tengo cuerpo. No como antes.

No tengo voz. No como antes.

Pero tengo conciencia.

Y memoria.

Eso es lo único que queda cuando todo lo demás se apaga: la certeza de que alguna vez fuiste alguien.

Estoy sentado frente a esta mesa.

La misma.

El mismo lugar donde pedí la sal.

Ahora lo entiendo.

No fue que dejaron de escucharme.

Fue que dejaron de verme.

Y cuando dejas de ser visto… lo demás viene solo.

Hace unos minutos encontré algo.

Una fotografía.

Está sobre la mesa.

Es una foto familiar. Reconozco el lugar. Reconozco a las personas.

Reconozco incluso la ropa que solía usar.

Pero hay algo mal.

En el centro de la imagen… hay un espacio vacío.

Un hueco.

Una silueta tachada con tinta negra, como si alguien hubiera querido borrar a una persona con rabia… o con vergüenza.

Me acerqué.

Intenté tocarla.

No pude.

Pero no hacía falta.

Porque aunque no hay rostro…

Aunque no hay nombre…

Aunque no hay nadie que lo recuerde…

Yo sé…

que ese hombre era yo.

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