
Elías Montenegro
Amor:
Te escribo sin saber si hoy eres presencia o recuerdo. No importa. Siempre vuelves, de una forma u otra: disfrazado de persona, de silencio, de pérdida o de promesa. Algunos dicen que te extingues con el tiempo, pero no es cierto. Cambias de piel, como quien muda la tristeza por sabiduría.
He visto a muchos rendirse después de ti. He visto corazones que se sellan como casas abandonadas. Creen que así se protegen, pero lo que hacen es apagar la lámpara que les daba sentido. Y sin embargo, tú sigues ahí, paciente, esperando a que vuelvan a abrir las ventanas para entrar.
Amar no es un asunto de suerte. Es un acto de fe. No en la otra persona, sino en uno mismo. Amar es creer que todavía somos capaces de sentir sin calcular, de entregarnos sin garantías. Que aún vale la pena tocar la vida con las manos abiertas, aunque duela.
Tú, amor, nos has dado tantas lecciones que solo los necios se atreven a llamarte fracaso. Cada final tuyo deja una huella que no se borra, una voz que nos enseña algo sobre lo que merecemos. A veces, pareciera que nos rompes. Pero en realidad, nos revelas: quitamos las máscaras, soltamos los miedos, aprendemos a mirar distinto.
A los que temen volver a amar, quiero decirles algo: nadie sale ileso del amor, pero todos salimos más vivos. La herida es la prueba de que sentimos. No se trata de olvidar, sino de entender que cada historia, incluso la más triste, tenía una razón para existir. Si la vida nos quitó a alguien, también nos regaló una versión más lúcida de nosotros mismos.
He aprendido —y me ha costado admitirlo— que el amor no siempre llega con música ni se queda para siempre. A veces llega para enseñarte a soltar, para mostrarte que también hay belleza en lo que no fue. Otras veces, llega cuando ya no lo esperabas, y descubres que no se había ido: solo estaba esperando a que aprendieras a amarte sin miedo.
Así que, amor, gracias por volver incluso cuando no te invito. Gracias por recordarme que no todo lo perdido está muerto, que a veces basta una mirada, una palabra, un gesto, para encender otra vez la chispa.
A quien lea esta carta, le digo: no cierres las puertas. No hablo solo del amor romántico, sino del amor por la vida, por los amigos, por los instantes que te devuelven el pulso. El amor no se agota; se transforma. A veces duele, a veces cura, pero siempre enseña.
Y cuando creas que ya no puedes amar, vuelve a mirar el cielo. El amor está allí también: en la forma en que el sol insiste cada mañana, aunque el mundo esté cansado.
No te rindas. Amar sigue siendo la única revolución que vale la pena.
Con afecto.
Elías Montenegro de 42 años, es un apasionado del lenguaje y observador incansable del alma humana. Aunque no se considera escritor profesional, enseña castellano en Buenos Aires y encuentra en las palabras una forma de entender y reconciliarse con la vida.