Adriana Malavé: la mujer detrás de la comunidad que sostiene a los venezolanos en Nueva York

Adriana Malavé no se presenta como heroína, pero miles de venezolanos en el área triestatal la reconocen como un eslabón silencioso entre la nostalgia y la supervivencia. Fundadora de Venezolanos en New York, creadora de comunidad, conferencista y referente para migrantes que buscan orientación, su trabajo demuestra que una cuenta de Instagram, bien usada, puede convertirse en una infraestructura emocional y práctica para toda una diáspora.

De un restaurante a una comunidad

La historia comienza lejos de auditorios y conferencias. Adriana trabajaba en un restaurante de Nueva York cuando empezó a notar un patrón: cada semana llegaban venezolanos recién arribados, llenos de preguntas. Dónde alquilar, a quién llamar, cómo conseguir trabajo, qué papeles necesitaban.

Junto a una prima que entonces vivía en la ciudad, tuvo una idea que parecía menor, pero que le cambiaría la vida: abrir una cuenta de Instagram “para resolver esas inquietudes” en un solo lugar. En una época en la que la red social era más escaparate  que herramienta comunitaria, imaginó algo distinto: un espacio práctico, cercano, casi un periódico hecho por la gente y para la gente.

Se inspiró en cuentas como Venezolanos en España o Venezolanos en Costa Rica, pero decidió alejarse del enfoque de noticias y del precio del dólar. Lo suyo sería mostrar “qué estamos haciendo los venezolanos en Nueva York”: oportunidades, contactos, servicios, historias. Un catálogo vivo de la migración.

Con el tiempo, la prima se fue a España y ella quedó sola al frente del proyecto. Lo que comenzó como blog personal se transformó en referencia: en el restaurante escuchaba a desconocidos recomendar “búscalo en Venezolanos en New York”, sin saber que la administradora estaba ahí mismo, sirviéndoles la mesa.

Liderar sin hacer ruido

Adriana no se mostraba. Durante años fue casi un fantasma digital: la gente conocía la cuenta, pero no el rostro detrás. Eso no impidió que la plataforma creciera hasta superar los 90.000 seguidores. Lo que sí marcó la diferencia fue el propósito.

“Hay cosas que no me generan dinero y las hago con toda la emoción del mundo”, explica. Su brújula no es el algoritmo sino la coherencia: publicar lo que realmente aporta, decir que no cuando algo no le resuena, evitar convertir la comunidad en simple vitrina comercial.

Cree en el karma, en las vibras, en que el universo devuelve lo que uno siembra. Y, sobre todo, en que el teléfono puede ser un arma poderosísima si se utiliza bien.

El caso que le cambió la mirada

Durante la pandemia, esa intuición tomó forma concreta. Antes de que el mundo entendiera la magnitud del COVID-19, un joven médico venezolano fue internado en el hospital Elmhurst. Estaba solo; su familia, en Perú. Los parientes contactaron a Adriana a través de la cuenta.

Ella fue al hospital, preguntó, insistió. El muchacho estaba en coma. No había embajada, ni consulado, ni estructura oficial que respondiera. Solo un vacío enorme.

Entonces hizo lo que mejor sabe: activar comunidad. Habló con dueños de restaurantes, explicó el caso, organizó una colecta para traer al tío del joven, la única figura familiar que podía acompañarlo en sus últimos días y encargarse de los trámites. Lograron traerlo, pudieron velar al chico con dignidad, repatriar el cuerpo y cerrar el duelo.

“No nos imaginamos el poder que tenemos en las manos con un teléfono”, reflexiona. Fue la primera vez que pidió dinero por redes, y la respuesta la convenció de que, cuando la comunidad se articula, es capaz de llegar donde las estructuras formales no llegan.

Congreso Mundial de Líderes

Ese mismo criterio la llevó, años después, al Congreso Mundial de Líderes, donde fue invitada como conferencista. Su ponencia giró en torno a dos ideas: construir comunidad desde la ética y ser coherente entre lo que se dice y lo que se hace.

En el evento conoció a una mujer ecuatoriana que, cuarenta años antes, hacía en su comunidad algo muy parecido a lo que hoy Adriana hace con redes sociales, pero sin redes, sin celulares, sin algoritmos. Esa historia la conmovió tanto que cambió su discurso la noche anterior para mencionarla. No quería que su ponencia fuera solo sobre ella, sino sobre una cadena de mujeres que han sostenido comunidades mucho antes de que existiera la palabra “influencer”.

Mientras muchos hablan de liderazgo desde el negocio, Adriana insiste en no olvidar la humanidad. En un mundo saturado de productos digitales y contenidos “de moda”, ella reivindica la diferencia entre tener seguidores y tener comunidad.

Migrar sin identidad

Adriana no se declara política, pero su trabajo la obliga a ver las consecuencias prácticas de las decisiones políticas. Lo que más la preocupa es algo que muchos dan por sentado: la identidad.

Sin consulado ni estructura consular operativa, miles de venezolanos en Nueva York no pueden renovar pasaporte ni actualizar documentos. Eso no solo afecta viajes; complica trámites de repatriación, procesos legales y cualquier gestión que requiera una identificación vigente. Para ella, el derecho básico a la identidad debería ser el mínimo garantizado a cualquier migrante.

Frente a ese vacío, sueña con estructuras que todavía no existen: una cámara de comercio venezolana que arrope a profesionales y emprendedores, programas de formación para homologar títulos, ciclos de charlas gratuitas sobre cómo crear empresas, entender el sistema, evitar fraudes y multas. Ya está trabajando con organizaciones locales para abrir espacios educativos de ese tipo.

Emprender con los pies en la tierra

Desde su posición, ve a diario el entusiasmo –y también los tropiezos– de quienes quieren emprender en Nueva York. Su mensaje es claro: probar está bien, pero no quedarse eternamente en la informalidad.

Recomienda pensar en clave de “prueba piloto”, sí, pero con un plan para formalizar: registrar la empresa, sacar permisos, entender las normas de la ciudad. En un entorno donde una simple irregularidad puede terminar en una multa inesperada, la información es tanto o más valiosa que el capital inicial.

El costo de estar disponible

El liderazgo comunitario tiene un precio emocional que pocas veces se ve. Adriana lo ha pagado en silencio. Ha habido días con más de cien mensajes directos, todos urgentes, todos esperando respuesta inmediata, mientras en su vida personal atravesaba un divorcio y la muerte de su padre con apenas un mes de diferencia.

Aprendió a poner límites: incorporar a su prima para ayudar a responder, establecer horarios, aceptar que no puede resolverle la vida a todo el mundo en tiempo real. “No puedes vivir solo para responder mensajes”, admite. Aun así, se toma el tiempo de enviar notas de voz, orientar, acompañar. La clave, dice, es entender que nadie puede sostener a una comunidad si primero no se sostiene a sí mismo.

Venezuela reconstruida en el exilio

Aunque vive lejos, Adriana siente que ha reconstruido una parte de Venezuela en Nueva York. A través de la cuenta ha conocido a personas que hoy considera familia. Siempre ha tenido presente un modelo: la forma en que las comunidades judías se apoyan entre sí.

Para ella, comprarle a un compatriota no es solo un acto económico; es un gesto simbólico y afectivo. Un pabellón criollo vendido, una hallaca encargada, un libro comprado a un escritor venezolano se convierten en excusa para conversar, compartir historias y reforzar una red de apoyo mutuo.

“Si tú me apoyas con mi libro y yo

mañana te compro un anillo, los dos subimos”, repite.

Esa cadena de reciprocidad es el corazón de Venezolanos en New York.

Nueva York, oportunidad y desafío

Adriana ama Nueva York desde niña. No idealiza la ciudad: sabe que es cara, exigente, agotadora. Pero también sabe que ofrece oportunidades gratuitas que muchos desconocen: clases de inglés en escuelas públicas, programas de formación, recursos comunitarios que pueden cambiarle la vida a quien decide buscarlos y se informa.

Por eso insiste en que la migración actual exige algo más que resistencia: exige lectura, criterio, ganas de investigar más allá del titular. En tiempos de sobreinformación y desinformación, no basta con leer el primer párrafo de una noticia ni quedarse solo con lo que se comparte por WhatsApp.

Entre notificaciones, entrevistas, conferencias y DM, Adriana Malavé sigue haciendo lo que empezó en un restaurante: crear un espacio donde los venezolanos puedan encontrarse, apoyarse y reconocerse. En una ciudad inmensa, fría y vertiginosa, su trabajo recuerda una verdad sencilla: a veces, la diferencia entre sentirse perdido y sentirse acompañado cabe en la pantalla de un teléfono… y en la voluntad de una sola persona de encender la luz.

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