243 años después: ¿qué pensaría Simón Bolívar si caminara hoy por las calles de Venezuela?

¿Qué sentiría al recorrer un país donde millones de ciudadanos han tenido que partir, donde tantas familias permanecen separadas por el exilio y donde la libertad continúa siendo una aspiración para buena parte de la población?

La pregunta adquiere una dimensión especial este 24 de julio. Hoy se cumplen 243 años del nacimiento del Libertador y, al mismo tiempo, un mes del devastador terremoto que volvió a golpear a nuestro país. Dos acontecimientos distintos, separados por más de dos siglos, pero unidos por una misma realidad: la extraordinaria capacidad de resistencia del pueblo venezolano frente a la adversidad.

Confieso que durante mucho tiempo tuve una relación contradictoria con el nombre de Simón Bolívar. No porque hubiera dejado de admirar al hombre que cambió el destino de América, sino porque durante años su imagen fue utilizada de manera tan insistente como instrumento de propaganda política que terminé asociando su nombre con un discurso oficial del que siempre me sentí distante. Me costó comprender que el problema nunca fue Bolívar. El problema fue la apropiación interesada de su figura por quienes decidieron convertir uno de los símbolos más importantes de nuestra historia en patrimonio exclusivo de un proyecto político. Con el paso del tiempo entendí que el Libertador no podía ser juzgado por el uso que otros hicieron de su legado.

La historia demuestra que Bolívar pertenece a una dimensión mucho más amplia que cualquier gobierno. Su lucha no estuvo limitada a la independencia de Venezuela. También fue decisiva para la libertad de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Panamá. Su visión trascendía las fronteras porque entendía que la independencia de una nación perdía sentido si el resto del continente permanecía sometido. Ese alcance universal explica por qué sus escritos forman parte del programa Memoria del Mundo de la UNESCO y por qué el Premio Internacional Simón Bolívar continúa reconociendo a quienes trabajan en favor de la libertad, la dignidad humana y la autodeterminación de los pueblos. La historia terminó otorgándole un lugar que ninguna coyuntura política podrá modificar.

Sin embargo, recordar a Bolívar únicamente desde la admiración histórica sería insuficiente. Las fechas conmemorativas también deben servir para confrontarnos con el presente. Recordar no consiste solo en mirar hacia atrás; también implica preguntarnos qué significado conserva hoy el legado de quienes construyeron la nación. Por eso vuelvo a la pregunta inicial: ¿qué pensaría el Libertador si observara la Venezuela de nuestros días?

La respuesta no puede construirse desde la especulación, pero sí desde sus propias palabras. En la Carta de Jamaica, escrita en 1815 durante uno de los momentos más difíciles de su vida, Bolívar afirmó:

«Se han roto las cadenas; ya hemos sido libres y nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos.»

Resulta imposible leer esa frase sin detenerse a reflexionar sobre la realidad contemporánea. Bolívar entendía que la libertad nunca era una conquista definitiva. Sabía que podía perderse de muchas formas y que las amenazas contra una nación no siempre provenían del exterior. La historia demuestra que también pueden surgir desde el propio poder cuando desaparecen los límites institucionales y los ciudadanos dejan de ser el centro de la vida republicana.

Hay quienes sostienen que los venezolanos no hicimos lo suficiente para impedir el deterioro democrático del país. Esa afirmación desconoce la historia reciente y, sobre todo, desconoce el sufrimiento de millones de personas. Nosotros votamos una y otra vez convencidos de que la democracia seguía siendo el camino para resolver nuestras diferencias. Salimos a las calles durante años para exigir respeto a la Constitución y a la voluntad popular. Denunciamos abusos, acompañamos a familiares de presos políticos, participamos en manifestaciones pacíficas y defendimos nuestros derechos aun cuando hacerlo implicaba enormes riesgos personales. Muchos compatriotas fueron detenidos arbitrariamente, otros sufrieron torturas, centenares perdieron la vida y millones terminaron abandonando el país porque permanecer significaba aceptar condiciones incompatibles con una vida digna. La tragedia venezolana no nació de la indiferencia ciudadana; nació de la imposición de un modelo de poder que respondió a las demandas democráticas con represión y persecución.

Por esa razón considero profundamente injusto responsabilizar al pueblo de un desenlace que ha tenido un costo humano inmenso. Venezuela no llegó hasta aquí porque sus ciudadanos renunciaran a la libertad. Llegó hasta aquí porque quienes controlan el poder fueron desmontando progresivamente los contrapesos institucionales, restringiendo espacios democráticos y utilizando los recursos del Estado para perpetuarse. Esa diferencia no es menor. Cuando se analiza nuestra historia reciente es indispensable distinguir entre quienes ejercieron el poder y quienes padecieron las consecuencias de ese ejercicio.

Quizá el contraste más doloroso entre la época de Bolívar y la nuestra se encuentra en el fenómeno migratorio. La generación del Libertador recorrió montañas, llanos y cordilleras con la esperanza de conquistar un país libre. Nuestra generación ha cruzado selvas, desiertos, mares y fronteras impulsada por una necesidad completamente distinta: encontrar oportunidades, seguridad y libertad lejos de la tierra donde nacimos. Ningún venezolano abandona con alegría el lugar donde aprendió a hablar, donde descansan sus recuerdos y donde permanecen buena parte de sus afectos. La inmensa mayoría de quienes emigramos lo hicimos porque las circunstancias nos obligaron a escoger entre el arraigo y la posibilidad de construir un futuro. Esa diferencia explica por qué la diáspora venezolana constituye una de las heridas más profundas de nuestra historia contemporánea.

En el Discurso de Angostura, Bolívar dejó otra reflexión que conserva una vigencia extraordinaria:

«Nuestras manos ya están libres, y todavía nuestros corazones padecen de las dolencias de la servidumbre.»

Aquella afirmación revela que el Libertador nunca entendió la independencia como un simple cambio de autoridades. Para él, la libertad exigía instituciones sólidas, equilibrio entre los poderes públicos, respeto por la ley y ciudadanos protegidos frente a cualquier forma de arbitrariedad. Su proyecto político no consistía únicamente en expulsar al dominio español; aspiraba a construir una República donde la dignidad humana estuviera por encima de cualquier interés particular.

Esa visión resulta especialmente pertinente cuando observamos la realidad venezolana. Resulta difícil imaginar que Bolívar pudiera sentirse conforme con un país donde numerosas organizaciones nacionales e internacionales han documentado denuncias sobre violaciones de derechos humanos, donde miles de familias han vivido el drama del exilio y donde la confrontación política ha dejado heridas que todavía permanecen abiertas. La mejor manera de honrar al Libertador no consiste en repetir su nombre ni en levantar estatuas. Consiste en defender los principios que dieron sentido a su lucha: la libertad, la justicia, la institucionalidad y el respeto por la voluntad soberana de los ciudadanos.

Este aniversario también coincide con un momento especialmente doloroso para el país. Hace apenas un mes, un terremoto volvió a recordarnos la fragilidad de la vida y la enorme capacidad de solidaridad que caracteriza a los venezolanos. Una vez más fueron los ciudadanos quienes tendieron la mano a los damnificados, quienes organizaron redes de apoyo y quienes demostraron que, incluso en medio de las circunstancias más difíciles, el sentido de comunidad permanece intacto. Esa respuesta espontánea confirma que Venezuela sigue siendo mucho más grande que cualquiera de sus crisis. Los desastres naturales ponen a prueba la fortaleza de las instituciones, pero también revelan la calidad humana de quienes se niegan a abandonar a sus semejantes.

Después de tantos años, comprendí que reconciliarme con Bolívar también significaba reconciliarme con una parte de nuestra historia que nunca debió quedar secuestrada por la propaganda. Ningún gobierno tiene derecho a apropiarse de un personaje cuya vida pertenece a la memoria colectiva de un continente. Bolívar seguirá siendo el Libertador mucho después de que desaparezcan los discursos que intentaron utilizar su nombre para fines políticos. Los símbolos auténticos sobreviven precisamente porque representan ideales que trascienden a los gobiernos y a las generaciones.

Al terminar esta reflexión no encuentro una respuesta definitiva para la pregunta con la que inicié este artículo. Tal vez nadie pueda responder con certeza qué pensaría Simón Bolívar al recorrer la Venezuela del siglo XXI. Lo que sí podemos afirmar es que su pensamiento continúa desafiándonos a defender la libertad como una responsabilidad permanente y no como una conquista irreversible. Los venezolanos conocemos el costo de perderla porque lo hemos vivido en carne propia. También sabemos que ninguna dificultad, por profunda que sea, logra borrar el vínculo que sentimos con nuestro país ni la convicción de que Venezuela merece reencontrarse con los valores republicanos que inspiraron su nacimiento.

Estoy convencido de que la historia terminará distinguiendo con claridad a quienes dedicaron su vida a ampliar las libertades de los pueblos y a quienes utilizaron el poder para restringirlas. Ese juicio no depende de consignas ni de campañas propagandísticas; depende del paso del tiempo, de la memoria de las sociedades y de la honestidad con la que las nuevas generaciones interpreten su pasado. Bolívar ya ocupa un lugar indiscutible en esa historia. El resto de los nombres será la propia historia quien se encargará de juzgarlos.

Carlos Luis Barrios

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2 comentarios en “243 años después: ¿qué pensaría Simón Bolívar si caminara hoy por las calles de Venezuela?”

  1. María Teresa Canelones Fernández

    Excelente artículo ☀️

    Gracias por alumbrar el camino de los venezolanos a través de la escritura 🙏

    1. Redacción Carlos Luis Barrios

      Gracias a ti por recibir mis palabras con tanto cariño. Mientras haya una historia que contar y una verdad que defender, seguiré escribiendo por Venezuela y por los venezolanos. 🙏🇻🇪

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