
El Mundial 2026 tendrá uno de sus partidos más incómodos fuera de la cancha. El próximo 26 de junio, Egipto e Irán se enfrentarán en Seattle en un encuentro que los organizadores locales han asociado con el Pride Match, una iniciativa vinculada al fin de semana del Orgullo LGBTQ+ en la ciudad. FIFA ha aclarado que no se trata de una designación oficial del torneo, sino de una actividad local; sin embargo, el símbolo ya hizo su trabajo: poner bajo los reflectores a dos selecciones cuyos países mantienen políticas durísimas contra las personas homosexuales.
La coincidencia parece escrita por un guionista con sentido de la ironía. Irán y Egipto protestaron ante FIFA por las actividades del Orgullo alrededor del partido, alegando razones culturales y religiosas. Pero el problema no es la bandera arcoíris en Seattle; el problema es lo que esa bandera recuerda. En Irán, las relaciones entre personas del mismo sexo están criminalizadas y pueden ser castigadas incluso con la pena de muerte. En Egipto, aunque la homosexualidad no aparece tipificada de forma directa como delito, las autoridades utilizan cargos de “libertinaje”, “incitación al libertinaje” y normas de moral pública para detener, perseguir y encarcelar a personas LGBTQ+.
Las cifras ayudan a entender la dimensión del asunto. ILGA World ha documentado que 64 Estados miembros de la ONU aún criminalizan los actos sexuales consensuados entre personas del mismo sexo, y que en siete países la pena de muerte está prescrita legalmente para esas conductas. Irán está entre ellos. En Egipto, Amnistía Internacional denunció en 2017 la detención de al menos 22 personas en apenas tres días tras la aparición de una bandera arcoíris en un concierto en El Cairo. Human Rights Watch también ha reportado arrestos arbitrarios, torturas, abusos en prisión y vigilancia digital contra personas LGBTQ+ en el país.
Por eso este partido no es solo fútbol. Es una postal incómoda del mundo actual: dos selecciones nacionales jugando en una ciudad que celebra públicamente aquello que sus Estados persiguen puertas adentro. Seattle no inventó la contradicción; apenas la puso en pantalla gigante.
El balón rodará durante noventa minutos, pero la pregunta quedará mucho más tiempo en el aire: ¿puede un Mundial hablar de inclusión mientras algunos de sus protagonistas vienen de países donde amar distinto sigue siendo tratado como delito? El Pride Match, oficial o no, ya dejó un mensaje. A veces la historia no necesita pancartas enormes. Le basta con poner a Irán y Egipto frente a una bandera arcoíris.
Hola.
Me parece genial esta manera pacífica de protesta contra 2 países que castigan la homosexualidad.
Dar visibilidad, que falta mucho aún por los derechos LGTBQ.
Gracias Carlos por traer esta reflexión.