Cada 27 de junio vuelve la misma pregunta. Aparecen los mensajes de felicitación, las fotografías de redacciones, los recuerdos de viejas coberturas y las frases que hablan de la nobleza del oficio. Sin embargo, este año me cuesta celebrar sin antes detenerme a pensar qué significa realmente ser periodista venezolano en este momento de nuestra historia. Más aún cuando, en medio de una de las mayores tragedias naturales que ha vivido el país en los últimos años, el trabajo de informar volvió a demostrar que ejercer el periodismo en Venezuela continúa siendo un acto de enorme responsabilidad, pero también, en demasiadas ocasiones, de valentía.
Escribo estas líneas desde la diáspora. Como millones de venezolanos, tuve que reconstruir mi vida lejos del país donde nací. Desde la distancia he visto desfilar algunos de los capítulos más dolorosos de nuestra historia reciente: protestas reprimidas, jóvenes asesinados, presos políticos, periodistas perseguidos, medios cerrados, familias separadas y millones de compatriotas dispersos por el mundo buscando las oportunidades que su propia tierra dejó de ofrecerles. Han pasado los años y, aunque el calendario avance, muchas heridas siguen abiertas porque los problemas que las originaron nunca terminaron de sanar. La distancia permite observar el panorama completo, pero no disminuye el peso emocional de ver cómo un país continúa acumulando cicatrices.
Venezuela sigue siendo una nación profundamente polarizada. Un país donde todavía existen temas que se hablan en voz baja, donde muchas personas miden sus palabras antes de pronunciarlas y donde el periodismo continúa enfrentando obstáculos que en cualquier democracia consolidada resultarían inaceptables. La censura ya no siempre necesita clausurar una emisora o cerrar un periódico para hacerse sentir; muchas veces basta con generar un ambiente de incertidumbre donde cada palabra es calculada y cada decisión editorial pasa primero por el filtro del miedo. Esa es quizás una de las transformaciones más silenciosas y más peligrosas que ha sufrido el ejercicio periodístico venezolano.
Por eso, cuando llega el Día del Periodista, no puedo evitar preguntarme qué celebramos exactamente. ¿Celebramos la censura? ¿Celebramos el cierre de espacios informativos? ¿Celebramos el bloqueo de medios de comunicación? ¿Celebramos la autocensura que se ha instalado silenciosamente en tantas redacciones y también en tantos hogares? Son preguntas incómodas, pero necesarias, porque un país que deja de formularse preguntas termina acostumbrándose a las respuestas impuestas.
La autocensura es, probablemente, la forma más peligrosa de silencio. No necesita tribunales, ni decretos, ni amenazas públicas para instalarse. Basta con el miedo. Basta con que un periodista descarte una pregunta, elimine un párrafo o renuncie a una investigación para evitar consecuencias personales o familiares. Basta con que una fuente decida no hablar o que un ciudadano prefiera guardar silencio antes que exponerse. Es un mecanismo mucho más sofisticado porque no siempre deja huellas visibles, pero termina produciendo el mismo resultado: una sociedad que conoce cada vez menos sobre sí misma.
Y, sin embargo, tampoco puedo escribir estas líneas desde la comodidad del juicio. Muchos periodistas permanecen en Venezuela haciendo su trabajo bajo circunstancias extremadamente difíciles. No todos tuvieron la posibilidad de marcharse. No todos pudieron comenzar una nueva vida en otro país. Muchos siguen allí, recorriendo calles, entrevistando ciudadanos, verificando información y tratando de cumplir con su responsabilidad profesional en medio de limitaciones que quienes estamos fuera apenas alcanzamos a imaginar. Por eso no me corresponde exigir heroísmos desde la distancia ni convertir el periodismo en una competencia de sacrificios.
Los acontecimientos ocurridos durante la cobertura del devastador terremoto que recientemente golpeó varias ciudades venezolanas son un recordatorio de esa realidad. Mientras miles de familias buscan desesperadamente a sus seres queridos entre los escombros y el país entero sigue con angustia el avance de las labores de rescate, numerosos periodistas salen a documentar el desastre enfrentándose no solo al impacto humano de la tragedia, sino también a las dificultades propias de informar en un contexto extremadamente sensible. Diversos reporteros denunciaron restricciones para registrar determinadas zonas, obstáculos durante la cobertura y un ambiente de tensión mientras intentaban mostrar la dimensión de una emergencia en la que también surgían preguntas legítimas sobre la capacidad de respuesta, la atención a las víctimas y las necesidades inmediatas de las comunidades afectadas.
Mi aplauso es para esos periodistas que, aun sintiendo temor por su integridad física y por la seguridad de sus familias, decidieron permanecer allí donde la noticia estaba ocurriendo. Para quienes entendieron que informar en medio de una tragedia también significa dejar constancia de aquello que funciona y de aquello que falla; de las historias de solidaridad, pero también de las carencias, las demoras y las decisiones que merecen ser conocidas por toda la sociedad. Porque el periodismo adquiere su mayor valor precisamente cuando resulta incómodo para quienes preferirían controlar el relato de los acontecimientos. En momentos como esos, una cámara deja de ser únicamente una herramienta de trabajo para convertirse en un testimonio de la memoria colectiva.
Creo que el periodismo venezolano merece reconocimiento precisamente porque ha logrado sobrevivir. Ha sobrevivido a la crisis económica, a la migración masiva de profesionales, al cierre de medios, a las restricciones tecnológicas, a la precarización laboral y a un entorno cada vez más complejo para ejercer la profesión. Ha sobrevivido gracias a hombres y mujeres que, dentro y fuera del país, siguen creyendo que contar la realidad continúa siendo un servicio público indispensable. Pero sobrevivir no puede ser la meta final. Ningún oficio debería conformarse únicamente con resistir cuando su verdadera vocación consiste en servir a la sociedad.
El periodismo existe para buscar la verdad, contrastar los hechos, fiscalizar al poder y ofrecer a los ciudadanos la información necesaria para tomar decisiones libres. Cuando alguna de esas funciones se debilita, la sociedad entera pierde. No pierde solamente una profesión; pierde una herramienta esencial para comprender su presente y para construir su futuro. Allí donde el periodismo retrocede, avanzan inevitablemente la desinformación, los rumores y las versiones interesadas de quienes prefieren que los ciudadanos conozcan únicamente una parte de la realidad.
Hoy Venezuela parece encontrarse en una especie de sala de espera histórica. Muchos sienten que algo debe cambiar. Otros creen que nada cambiará. Algunos hablan de una transición. Otros desconfían de cualquier posibilidad de transformación. Lo cierto es que nadie parece tener respuestas definitivas sobre el futuro inmediato del país y, precisamente por eso, el periodismo sigue siendo indispensable. Cuando abundan las dudas, la información se vuelve más necesaria que nunca. Cuando la incertidumbre domina el debate público, los ciudadanos necesitan más preguntas y menos consignas. Ninguna reconstrucción nacional puede comenzar sobre la base del silencio.
Este 27 de junio no tengo ánimo para celebrar triunfos inexistentes ni para repetir discursos optimistas por compromiso. Pero sí tengo razones para defender una profesión que, pese a todas las dificultades, sigue siendo una de las pocas herramientas capaces de iluminar la realidad cuando otros prefieren oscurecerla. Cada reportero que sale a la calle, cada fotógrafo que documenta una tragedia, cada corresponsal que insiste en verificar un dato y cada periodista que se niega a renunciar a una pregunta representan una forma de resistencia profundamente democrática que merece ser reconocida.
Quizás este año el verdadero homenaje no sea una felicitación ni una ceremonia. Quizás el verdadero homenaje sea recuperar el valor de preguntar, incluso cuando hacerlo incomode al poder; documentar una tragedia aunque existan obstáculos para hacerlo; defender el derecho de los ciudadanos a conocer lo que ocurre sin maquillajes ni silencios interesados. Porque ningún país puede reconstruir las ciudades que derrumba un terremoto ni sanar las fracturas que dejan los años de confrontación si antes renuncia al derecho irrenunciable de conocer la verdad.
