
La artista que quebró al periodista. Una conversación que no quiso ser entrevista.
No todas las entrevistas nacen para ser entrevistas. Algunas aparecen como encuentros necesarios. Conversar con Ileana Mariotto fue atravesar geografías, cuerpos, pérdidas, afectos y memorias compartidas. Desde Caracas hasta Londres, desde el amor hasta el cáncer, de la migración a la reconstrucción íntima, esta conversación se transformó en una experiencia emocional que desbordó cualquier estructura periodística. Lo que sigue no es un reportaje tradicional: es el relato de dos sensibilidades que se reconocen en el acto de contar.
Como temblor de tierra
No suelo temblar cuando trabajo. Estoy habituado al ritmo, a la pauta, a ese control casi quirúrgico del tiempo y del discurso. Pero aquel día algo se desacomodó. Apenas apareció Ileana en la pantalla, sentí una vibración sorda, imprecisa, como cuando la tierra avisa antes de moverse. El cuerpo entendió antes que la razón.
Las preguntas se me desordenaron. Perdí por momentos el hilo. Tuve que respirar hondo para volver al centro. No era nerviosismo. Era otra cosa. Una forma extraña de reconocimiento.
Mientras decía la introducción —esa que hablaba del cruce entre Caracas y Amberes, del papel como archivo de memoria, de fragmentos que se vuelven rostro— comprendí que no estaba iniciando una entrevista. Estaba empujando una puerta. Y ella la cruzó sin prisa, con una verdad que no se prepara ni se ensaya.
Había algo más, y tardé en aceptarlo. No era solo emoción ni intuición profesional. Era la sensación —incómoda, casi física— de estar entrando en un territorio donde la distancia periodística iba a resultar insuficiente. Como si el oficio, con todas sus herramientas, no alcanzara para sostener lo que estaba por decirse. En ese instante entendí que escuchar iba a ser más importante que conducir, y que quizás mi tarea no sería preguntar, sino no interrumpir aquello que ya estaba ocurriendo.
La captura del momento
Ileana lo dijo casi sin dramatismo, pero con una claridad que duele: todo empezó con una foto. Una imagen tomada en un momento feliz, luminoso, sin sospecha de lo que vendría después. Un matrimonio, un amor seguido con intuición y valentía, una mudanza hecha desde el corazón. En esa decisión —irse, apostar, dejar atrás certezas— comenzó un viaje que no fue lineal ni justo, pero sí profundamente formador.
A veces la vida se parece a una película que no elegimos ver, pero que igual nos toca protagonizar. Después de esa foto llegaron los embarazos perdidos, el cáncer, los hospitales, las quimioterapias que no funcionaban, las caídas físicas y simbólicas, la fragilidad llevada al límite. Seis meses en un hospital en Londres. Un cuerpo agotado. Una mente intentando sostenerse. Y, aun así, algo que no se rompió del todo seguía latiendo.
Cuerpo, guerra, arte
Hablar de enfermedad nunca es sencillo. Las palabras suelen quedarse cortas o caer en la tentación del dramatismo. Ileana eligió otro camino. No habló desde la queja ni desde la épica del dolor, sino desde una lucidez adquirida a fuerza de atravesarlo. Narró cómo el tumor apareció ligado a un embarazo, cómo la vida se partió en dos sin aviso, cómo no solo se quebraron proyectos de maternidad, sino también la imagen que tenía de sí misma. Contó, además, ese momento cruel en que, cuando creyó haber dejado atrás lo peor, la existencia volvió a exigirle resistencia con otra pérdida inesperada.
Y, sin embargo, fue allí —en ese territorio de vulnerabilidad extrema— donde el arte se hizo presente. No como refugio decorativo ni como distracción amable, sino como una necesidad urgente, casi fisiológica. Crear se convirtió en una manera de seguir respirando, de sostener el cuerpo cuando la voluntad flaqueaba. Un gesto cotidiano que no prometía alivio inmediato, pero ofrecía permanencia. Una disciplina emocional aprendida en el límite.
“No es inspiración”, afirma. “Es supervivencia”.
No un impulso romántico, sino un acto de resistencia silenciosa. No la búsqueda de belleza, sino la decisión de quedarse. De habitar el presente aun cuando duele. De transformar la fragilidad en materia, y el miedo en forma. Allí, en ese ejercicio obstinado de crear para no desaparecer, el arte dejó de ser lenguaje y se volvió pulso vital para Ileana.
El papel como testigo
Cuando Ileana habla del papel, no se refiere a un soporte ni a una técnica. Habla de un archivo humano en permanente combustión. De historia escrita, de memoria impresa, de voces que quedaron fijadas mucho antes de que llegáramos nosotros y que, sin saberlo, siguen dialogando con el presente. Para ella, cada hoja conserva una carga simbólica: el contexto político de su época, la ideología que la produjo, el lenguaje que normalizó ciertas ideas y silenció otras.
Busca periódicos antiguos, revistas olvidadas, documentos que han dejado de circular. Los intercambia con otros coleccionistas, los rastrea en mercados, los guarda como quien preserva evidencia. En esos fragmentos encuentra verdades incómodas, ironías involuntarias, contradicciones que sobreviven al paso del tiempo. Descubre —y nos recuerda— que muchas de las discusiones que creemos actuales ya estaban ahí, escritas hace décadas, anunciadas con otras palabras, bajo otros rostros.
“El papel no miente”, dice Ileana en algún momento de la conversación. “Puede mentir quien escribe, pero el papel siempre deja rastro del tiempo en el que fue creado”.
Esa convicción atraviesa toda su obra. El collage, en su trabajo, no es ornamento ni ejercicio estético. Es una forma de lectura crítica del mundo, una manera de confrontar el presente con sus propias raíces. Al recomponer esos fragmentos, no busca nostalgia, sino conciencia. No reconstruye el pasado: lo pone en tensión con el ahora, obligándonos a mirar de frente aquello que preferimos creer superado.
En el estudio
Hay un momento que regresa varias veces mientras Ileana habla: el estudio. No como espacio idealizado, sino como refugio real. La imagino allí, rodeada de papeles antiguos, recortes clasificados por tonos, por épocas, por texturas. Nada está del todo ordenado y, sin embargo, todo tiene sentido para ella.
Trabaja de pie. Se mueve. Se detiene. A veces el cuerpo duele y hay que parar. Otras veces el error abre una puerta inesperada. El olor del café diluido —que usa como pigmento— se mezcla con el silencio. No hay música constante. Hay escucha. Hay espera.
En ese caos controlado, la obra aparece. No como resultado inmediato, sino como consecuencia de haberse quedado lo suficiente frente a sí misma. El estudio no es un lugar donde se produce arte: es un lugar donde se negocia con la propia historia.
Europa, la distancia y el deseo de hogar
Vivió en Estados Unidos, Italia, Suiza, Londres. Recorrió países, culturas, sistemas. Aprendió mucho. Se formó. Se transformó. Pero también entendió algo que dijo sin rodeos: hay ciudades hechas para producir, no para ser feliz.
Nueva York, Londres, capitales que exigen rendimiento constante. Lugares donde el tiempo se negocia y el afecto se posterga. Con los años, ese ritmo empezó a pesarle. El deseo de volver a España —a la cercanía, al encuentro espontáneo, a la vida compartida— comenzó a tomar forma como una decisión de salud emocional.
No es huida. Es elección.
Migrar: convertirse en avatar
Uno de los momentos más reveladores de la conversación llegó cuando evocó su regreso a Venezuela después de muchos años. No lo hizo desde una nostalgia idealizada. Describió un choque sensorial: el olor, la humedad, el taxi, la sensación de que algo se activaba en ella, como un personaje dormido. Confesó que sintió que entraba “otra” al país. Un avatar.
Migrar, explicó, no es solo mudarse. Es aprender a adaptarse tanto que, a veces, no sabes quién eres del todo. Te vuelves camaleón. Cambias de idioma, de códigos, de gestos. Y en ese proceso, algo se gana, pero algo también se diluye.
Quizás por eso se detuvo con tanta emoción en los abrazos pausados. En esos afectos que no se gastan con la distancia, pero sí duelen con la ausencia. En la gente que te quiere desde lejos y aun así te conoce mejor que nadie. En los amigos de infancia que guardan una versión de ti intacta, anterior a los exilios, a las adaptaciones, a los silencios aprendidos. Nombró reencuentros que no solo alivian, sino que reparan; que devuelven algo que creíamos perdido. Y dejó entrever la urgencia —casi física— de volver a un lugar donde el cariño no se agenda, donde el afecto no necesita confirmación ni calendario, donde basta con estar para sentirse en casa.
Dónde está hoy
Hoy, Ileana Mariotto vive y trabaja en Europa, con su estudio activo y una obra que sigue creciendo lejos de la prisa del mercado. Su presente no está marcado por la urgencia de producir, sino por una relación consciente con el tiempo, el cuerpo y el proceso creativo.
Viene de una etapa intensa de exposiciones, proyectos y viajes, pero atraviesa ahora un momento más reflexivo: menos ruido, más profundidad.
No habla de “etapas” como quien enumera logros, sino como quien reconoce ciclos. Su trabajo actual continúa dialogando con la memoria, con lo femenino y con la ironía del mundo contemporáneo, pero desde un lugar más íntimo, más selectivo, donde crear no es responder a una demanda externa, sino sostener una coherencia vital.
Frida Kahlo y el dolor compartido
La serie Behind Frida no nació como homenaje estético. Nació como diálogo íntimo. Ileana encontró en Frida una mujer atravesada por el dolor, el cuerpo herido, la maternidad frustrada, la creación como tabla de salvación. Pero también encontró algo más profundo: la multiplicidad femenina.
Cada Frida de su serie es una mujer distinta. Una máscara. Una emoción. Un estado. Alegría, rabia, celos, tristeza, envidia, deseo. Todo aquello que solemos ocultar para funcionar socialmente. Detrás de Frida estaba Ileana. Detrás de Ileana, muchas mujeres.
El arte vuelve a ser, una vez más, una forma de nombrar lo que no siempre se puede decir.
Una frase
En medio de la conversación, casi sin énfasis, Ileana dice algo que lo ordena todo:
“Yo no hago arte para contar lo que pasó.
Lo hago para poder quedarme en el presente.”
La frase no pide atención. Pero se queda. Resume su relación con el dolor, con la memoria, con el cuerpo y con el oficio. No hay nostalgia en su obra; hay conciencia. El pasado no es refugio, es material. El presente, en cambio, es el lugar que hay que aprender a habitar.
Warhol, el miedo y los límites
Hubo momentos oscuros en el estudio. Piezas que le provocaron miedo real. Retratos que no avanzaban sin resistencia, imágenes que parecían devolverle una energía demasiado densa para ser sostenida. En algunos casos, tuvo que cubrirlos, apartarlos, dejarlos en pausa. Aprendió a tomar decisiones éticas: no trabajar con familias completas, poner límites, cuidarse. Entendió que crear también implica saber cuándo detenerse.
Descubrió, además, que investigar a ciertos artistas podía ser perturbador. Que admirar una obra no implica admirar a la persona que la produjo. Que hurgar demasiado en determinadas biografías abre zonas incómodas. Lo vivió con especial intensidad mientras trabajaba un retrato de Warhol. Algo en ese proceso la inquietaba. La presencia del personaje se volvía pesada en el estudio, casi invasiva. No pudo terminarlo.
Esa misma noche, sin retirar los fragmentos ya dispuestos, tomó una decisión casi instintiva: cubrir el retrato y comenzar otro encima. Marilyn apareció entonces como un gesto de desplazamiento, de salvación simbólica. Mientras recomponía el rostro, encontró entre los recortes una frase que parecía esperar ese momento: Behind you. No era una elección consciente. Fue una aparición. Algo perturbador y, al mismo tiempo, profundamente evocador. Como si el propio collage hubiese hablado.
Ahí entendió que el collage no solo construye imágenes: también revela tensiones. Que puede ser crítica, ironía, pregunta incómoda lanzada al espectador. Y aun así, siguió. Con cuidado. Con honestidad. Con respeto por sí misma.
El público completa la obra
En las exposiciones, Ileana observa más de lo que explica. Mira a quienes se detienen en silencio frente a un retrato sin saber muy bien por qué. A quienes no buscan información, sino permiso para sentir. A quienes, después de unos segundos, bajan la mirada como si acabaran de reconocerse en algo que no estaban esperando ver.
Hay personas que no dicen nada. Otras se acercan y susurran: “esa soy yo”. Y en ese instante ocurre algo que no se puede medir ni documentar: la obra deja de pertenecerle a la artista y se convierte en una experiencia íntima del otro. El collage ya no es papel, ni técnica, ni discurso; es espejo.
Ahí se completa el círculo. La intención inicial se diluye y aparece una lectura nueva, irrepetible, personal. Como sucede con la literatura, donde cada lector termina de escribir el libro que lee. Como sucede con la vida misma, donde cada encuentro nos devuelve una versión distinta de lo que somos.
Amarse: el aprendizaje final
Al final de la conversación, cuando ya no quedaba necesidad de impresionar ni de sostener una narrativa heroica, le pedí a Ileana un mensaje para mujeres jóvenes. No recurrió a metas, ni a fórmulas de éxito, ni a discursos de reconocimiento. Se detuvo en algo mucho más incómodo y decisivo: aprender a amarse.
Confesó que durante muchos años no supo quién era. Que confundió el amor con la aprobación. Que buscó afuera lo que todavía no podía darse a sí misma. Y que el verdadero punto de quiebre no llegó con los logros ni con el paso del tiempo, sino con la toma de conciencia.
Comprendió —tarde, como suele ocurrir— que dejar de pedir permiso también es una forma de madurar. Que creer en una misma no es arrogancia, sino responsabilidad emocional. Y que enamorarse de quien se es, con la historia completa y las cicatrices incluidas, constituye un acto de valentía silenciosa.
No lo expresó desde el triunfo. Lo hizo desde la calma. No sonó como consigna. Sonó como aprendizaje ganado.
Desde el Storyteller
Esta no fue una entrevista más. Fue un espejo. Un recordatorio íntimo de que nadie está realmente roto, solo fragmentado. De que todo —incluso lo que duele— puede resignificarse si se mira con honestidad. De que los pedazos no siempre piden ser ocultados: a veces solo esperan ser reordenados.
Ileana Mariotto no grita. Susurra verdades. Y quizá por eso su obra permanecerá más allá del impacto inmediato. Porque no busca convencer, sino acompañar. Ella no impone sentido, sino que lo deja abierto.
Yo llegué a esta conversación con la intención de hacer periodismo. De mantener distancia, estructura, control. Pero algo ocurrió en el camino. Algo difícil de explicar con precisión: una energía compartida, una familiaridad extraña, una vibración que me descolocó. Me fue imposible sostener la objetividad habitual sin traicionarme.
Por eso esta entrevista no se presenta como reportaje tradicional. Porque fingir neutralidad habría sido deshonesto. Porque hubo momentos en los que escuchar fue más importante que conducir. Y porque, a veces, contar una historia no consiste en ordenar datos, sino en reconocer lo que nos atraviesa.
Hoy dejo al periodista a un lado y escribo desde el lugar del storyteller. No para embellecer lo ocurrido, sino para ser fiel a ello. Porque algunas conversaciones no se documentan: se habitan. Y esta fue una de ellas.
Cómo reaccionar ante tanta honestidad y sensibilidad en este artículo. Cada palabra, cada frase me colocaron frente a un espejo. Nunca habría tenido la capacidad de escribir mi historia con un verbo así de extraordinario. Gracias Carlos
Me llenaste la vida
Te abrazo con mi cariño
Ileana 🥰
Qué belleza leerte ahora a ti… gracias de verdad por escribir con el alma abierta. Saber que el texto te hizo sentir alguna emoción ya le da sentido a todo el trabajo que hay detrás de cada palabra.
Tu historia tiene una fuerza propia Ileana, yo solo intenté escucharla con respeto y traducirla con cuidado. Los roles se invirtieron tu fuiste la modelo y yo el artista que te pintó en palabras. Si algo de lo que escribí logró reflejarte, entonces el puente se construyó bien.
Recibo tu abrazo con mucho cariño y admiración por tu sensibilidad. 💫