Los que cruzan con el nombre en la boca

Aroldo Maktub

En la mochila llevaba tres cosas: una foto doblada, un número de teléfono escrito en tinta corrida y su nombre completo aprendido de memoria, por si el mar decidía borrarlo todo.

Se llamaba Ibrahim. Se repetía el nombre como quien reza. Ibrahim hijo de Samira. Ibrahim que sabía arreglar radios viejas. Ibrahim que corría más rápido que sus primos. Ibrahim que no era “ilegal”, aunque esa palabra empezara a perseguirlo incluso antes de cruzar la frontera.

La noche en que subió a la lancha, el agua parecía tranquila. Siempre parece tranquila antes de exigir algo a cambio. Nadie hablaba mucho. El miedo ocupa espacio y deja poco aire para las conversaciones. Una mujer abrazaba una bolsa como si dentro llevara un corazón latiendo. Un hombre miraba el horizonte con los ojos secos de tanto llorar antes.

Ibrahim pensó en su madre. Pensó en el patio de tierra donde aprendió a leer. Pensó en el ruido de las radios que arreglaba, en las voces que lograba rescatar de la estática. Se preguntó si alguien podría rescatarlo a él si el mar decidía convertirlo en silencio.

Cuando el motor falló, nadie gritó al principio. Fue un segundo espeso, como si el mundo contuviera la respiración. Luego llegaron las órdenes, el agua entrando, el pánico con manos frías.

A la mañana siguiente, las noticias hablaron de “un grupo de migrantes”. Una cifra aproximada. Un operativo en curso. Ningún nombre.

Pero en la orilla apareció una mochila. Dentro, una foto doblada y un papel con tinta corrida. Y un nombre completo escrito con letra firme.

Ibrahim.

A veces el mar devuelve lo que el mundo prefiere no mirar.
No para tranquilizarnos, sino para preguntarnos cuántos nombres más estamos dispuestos a convertir en número.

Inspiración:

 

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