
Gabriel Matute
El niño dejó de llorar el tercer día.
No porque estuviera fuerte.
Sino porque ya no tenía fuerzas.
En la selva del Darién el aire pesa. No es aire: es agua caliente que se mete en los pulmones y los convierte en barro. Caminábamos en fila, como sombras húmedas, pisando un suelo que traga botas, sueños y, a veces, personas.
Yo llevaba a mi hijo sobre los hombros. Pesaba menos que la mochila, pero dolía más. Cada paso era una negociación con el miedo. Cada crujido, una advertencia. Cada silencio, una despedida anticipada.
Vimos un zapato solo en el fango.
Luego una camisa.
Después nada.
La selva no explica. Solo absorbe.
Una mujer resbaló cruzando el río. El agua bajaba marrón, rabiosa. Intentaron agarrarla, pero el miedo también empuja. Nadie volvió a verla. Seguimos caminando porque en el Darién detenerse es quedarse.
Mi hijo me preguntó cuándo llegábamos a “la otra vida”.
No supe qué responderle.
En la noche, los insectos devoran la piel. En el día, el sol castiga sin juicio. Los coyotes prometen rutas seguras y desaparecen cuando más los necesitas. El hambre se convierte en compañera silenciosa, y la dignidad, en algo que cargas sin saber si sobrevivirá al viaje.
El quinto día, el niño volvió a llorar.
Y yo agradecí ese llanto como si fuera una señal divina.
Porque en el Darién, cuando alguien deja de llorar demasiado tiempo, casi nunca es buena noticia.
Cruzamos la última pendiente al amanecer. La selva quedó atrás, pero algo de ella se quedó en nosotros. Un miedo nuevo, más profundo. Una cicatriz sin herida visible.
Dicen que somos “migrantes”.
Pero en el Darién aprendí otra palabra: sobrevivientes.
Y entendí que hay caminos que no se cruzan.
Se soportan.
Una triste realidad que sufrieron millones de paisanos… excelente reportaje