
Carlos Luis Barrios
Qué regalo tan silencioso ese despertar: abrir el teléfono y descubrir que, más allá del ruido del mundo, hay personas que todavía pronuncian tu nombre con cariño.
Mientras leía cada mensaje, volví al pasado. Nos vi juntos, y también separados. Cada uno en su camino, pero unidos por una línea invisible que no se rompe con la distancia. Esa línea se llama elección.
La amistad verdadera no se impone. Se decide. Nadie nos obliga a quedarnos, y aun así nos quedamos. Porque hemos aprendido a sostenernos sin invadirnos, a acompañarnos sin exigirnos.
Y entre tantos recuerdos entendí algo que ellos, sin saberlo, me enseñaron: antes de amar bien a otros, debo aprender a tratarme con la misma ternura con la que trato a mis amigos. No para ponerme por encima de nadie, sino para no abandonarme mientras acompaño.
Pero el amor no tiene una sola forma.
Así como los amigos sostienen la historia que fuimos, la pareja acompaña la historia que estamos construyendo. Una pareja que te valida, que te ama más en tus sombras que en tus luces, que no compite contigo sino que camina contigo, termina siendo el complemento sereno de la felicidad. No porque complete lo que falta, sino porque potencia lo que ya existe.
El amor de amigos te recuerda quién eres.
El amor de pareja te impulsa a quién puedes llegar a ser.
Ambos son necesarios. Ambos son elección. Ambos exigen conciencia.
Porque cuando uno aprende a estar en paz consigo, ama sin miedo. Escucha sin prisa. Permanece sin presión. Y entonces la amistad no se convierte en costumbre, ni la pareja en dependencia, sino en compañía verdadera.
Hoy agradezco a quienes siguen allí.
A los amigos que sostienen mi memoria.
A la persona que sostiene mi presente.
Y a ese aprendizaje constante de quedarme conmigo sin dejar de caminar con otros.
Desde ese equilibrio, el amor —en todas sus formas— florece.