El amor no debería dejar marcas

En el barrio todos sabían que en la casa azul se escuchaban golpes.
Pero nadie sabía —o nadie quería saber— contra qué se estrellaban.

Decían que era el portazo del viento.
Que la licuadora vibraba más de la cuenta.
Que los platos eran frágiles.
Siempre hay una excusa doméstica para el infierno.

Claudia no lloraba fuerte. Había aprendido que el silencio es una forma de sobrevivir. Tenía treinta y dos años y un título universitario guardado en una carpeta manila que olía a humedad. “Las cosas no son tan graves”, se repetía mientras cubría con maquillaje la sombra morada que no era de ojos.

Él —porque estos hombres suelen quedarse sin nombre— decía que la amaba.
Lo decía con la misma boca que la llamaba inútil.
Lo decía con la misma mano que apretaba demasiado fuerte.

Y la palabra amor, mal usada, es un arma blanca.

Una tarde, mientras él gritaba por una camisa mal planchada, Claudia miró sus propias manos. Eran manos limpias. Manos que cocinaban, que escribían, que habían sostenido a su madre en el hospital. Manos que no habían golpeado jamás a nadie.

Entonces entendió algo sencillo, casi infantil: el problema no era ella.
Nunca lo fue.

El miedo es un cuarto cerrado sin ventanas. Pero incluso los cuartos cerrados tienen puertas. Esa noche no hubo gritos. No hubo platos rotos. Solo una maleta pequeña, la carpeta manila y un mensaje de voz guardado como evidencia.

Cuando salió, el barrio la vio. Nadie dijo nada. Pero esta vez el silencio no era cómplice. Era vergüenza.

Días después, la casa azul volvió a ser solo una casa. Él golpeó las paredes, pero las paredes no responden. Las manos violentas, cuando se quedan solas, ya no asustan; se delatan.

Claudia consiguió trabajo en una biblioteca pública. A veces, cuando acomoda libros, piensa en la palabra “amor” y sonríe con ironía. El amor no duele. No humilla. No encierra.

El amor no deja moretones invisibles.

Y si deja marcas, no es amor: es violencia con perfume barato.

En el barrio ya no se escuchan golpes en la casa azul.
Se escucha, en cambio, una historia distinta: la de una mujer que entendió que su dignidad no es negociable.

Y que nadie —nadie— tiene derecho a tocarla para herirla.

Porque las manos que aman, sostienen.
No destruyen.

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