El artista colombiano radicado en Nueva York habla sobre migración, identidad, imperfección y propósito humano en una conversación que revela al creador más allá del color.
Arquitecto durante una década, artista a tiempo completo desde hace varios años, Calicho Arevalo convirtió el riesgo en su mejor aliado. Desde el distrito financiero de Nueva York, reflexiona sobre la soledad del migrante, la belleza imperfecta y la responsabilidad silenciosa del arte urbano.
Dejar una oficina estable para vivir exclusivamente del arte no es un acto romántico; es una decisión que sacude la estructura interna de cualquiera. No se trata solo de cambiar de empleo, sino de renunciar a la certeza. Para Calicho Arevalo, ese fue el punto de quiebre: el momento en que entendió que los planos ya no contenían su voz y que su lenguaje necesitaba expandirse hacia algo más visceral, más expuesto, más humano.
“El día más difícil fue cuando salí de la oficina y dije: ahora sí voy a vivir solo del arte. No había nada garantizado.”
Durante una década, la arquitectura le enseñó rigor, proporción, equilibrio. Le dio herramientas técnicas, disciplina, método. Hoy esa formación no desaparece; se transforma. Vive en la estructura invisible desus murales, en la manera en que organiza el espacio y dialoga con la ciudad. Pero el arte le abrió una dimensión que la arquitecturano alcanzaba: la posibilidad de habitar lo surreal, de convertir emoción en forma, de permitir que una pared respire imaginación.
“La arquitectura es tangible; el arte me permite explorar algo nuevo, algo que puede inspirar un sentimiento”, explica con la serenidad de quien ya asumió el riesgo.
Lejos de hablar de ruptura, Calicho habla de etapas. De un “bebé artista” en crecimiento, mientras el arquitecto aguarda su regreso en otra forma: escultura, diseño interior, nuevas fusiones. No es abandonar un camino; es ampliarlo. Es entender que la identidad creativa no se fragmenta: evoluciona.
Migrar también pinta
Si hay una línea constante en su obra, es la experiencia del migrante. Personajes que aparecen solos, pero nunca vacíos. Figuras que caminan acompañadas por la ciudad, aunque carguen silencios interiores.
“No tengo familia aquí. Esa experiencia de estar solo se refleja en mis personajes.”
Nueva York es intensidad, oportunidad, velocidad. Pero también es distancia. La migración, en su caso, no fue solo geográfica; fue emocional. Y esa emoción se filtra en cada mural. No desde la queja, sino desde la afirmación identitaria.
Más color. Más ritmo. Más raíces.
En sus pinturas aparecen líneas amarillas, azules y rojas junto a los ojos; trazos que evocan la bandera colombiana, pero también la memoria indígena. Aparecen frutas, aves, ranas, símbolos que solo existen en su tierra. Elementos que funcionan como recordatorios de origen.
“Es como cocinar”, dice. “Pongo diferentes ingredientes simbólicos para darle contexto a mi arte.”
Y esa metáfora culinaria no es casual. Cada mural es una receta emocional donde lo latino no se diluye: se intensifica.
Animales y resiliencia
El universo animal de Calicho no es una estética decorativa; es un lenguaje. Un abecedario simbólico en constante construcción. Conejos, tigres, palomas, aves. Cada criatura encarna un estado, una transformación, una lectura de la ciudad.
No estamos en una carrera de ratas. Estamos en el camino del conejo.”
El conejo representa al desconocido amable, al primer encuentro. A la posibilidad. Cuando el vínculo se profundiza, ese personaje atraviesa un portal oscuro y se transforma en su identidad real: tigre, panda, elefante. Cada ser humano es distinto; Nueva York es diversidad radical. Y esa diversidad encuentra reflejo en su bestiario urbano.
La resiliencia aparece como hilo conductor. “Busco animales que representen resistencia. Eso es lo que necesitamos aquí.” Porque sobrevivir en una ciudad como Nueva York no es solo cuestión económica; es emocional.
Imperfección consciente
La calle no concede privilegios. Impone frío, cables eléctricos, superficies irregulares, ruidos, interrupciones. Le enseñó a Calicho algo que ningún taller cerrado puede ofrecer: soltar el control.
“Hoy me seducen las capas imperfectas. La intención es más importante que la perfección.”
Hubo muros difíciles. Lugares incómodos. Pinturas realizadas más por supervivencia que por inspiración. Sin embargo, incluso en esos escenarios encontró revelación. La belleza dejó de ser pulcritud; se volvió textura. Las capas superpuestas, las manchas visibles, las marcas del proceso empezaron a tener valor.
“La imperfección es belleza”, admite.
Y en medio de esa madurez creativa, también emerge la vulnerabilidad:
“Todavía no soy el artista que quiero llegar a ser.”
Esa frase no suena a derrota, sino a ambición consciente. A hambre creativa. A esa incomodidad que empuja hacia el siguiente nivel.
Arte y responsabilidad
Para Calicho, el artista no puede vivir al margen de su tiempo. No desde la agresión, sino desde la reflexión. Ha abordado causas sociales y movimientos contemporáneos, entendiendo que el arte posee un poder silencioso: instalar preguntas sin imponer respuestas.
“El deber del artista es hacer imágenes que dejen una reflexión para esta generación.”
Hoy su prioridad es otra capa más profunda: que el arte no termine en el muro. Que se traduzca en acción. Donaciones vinculadas a protección animal, salud mental, acceso al agua. Que cada obra pueda convertirse en puente hacia algo concreto.
“Me interesa cómo mi arte puede convertirse en acción.”
Porque para él, el propósito no es accesorio: es estructura.
Fe sobre miedo
Si pudiera intervenir un solo muro en el mundo, elegiría uno con peso histórico. El de Berlín. Un símbolo de división convertido en superficie de memoria. Allí escribiría un mensaje simple: amor.
Y lanza una advertencia que nace de su propia introspección:
“Cuando haces algo con energía negativa, el primero al que le haces daño es a ti mismo.”
En un momento de expansión personal, Calicho explora nuevas disciplinas —actuación, baile, comunidad— para no quedar atrapado en la soledad del pintor. Entiende que el crecimiento artístico también implica crecimiento humano.
A los jóvenes que lo observan con aspiración les deja una consigna clara, directa, sin adornos:
“Encuentra tu pasión. Faith over fear. Prepárate y conviértete en lo que quieres ser.”
El arte urbano, insiste, no está hecho para decorar. Está hecho para interrumpir la monotonía. Para que alguien, en medio del tránsito gris, se detenga un segundo y se sienta visto.
Y en ese instante —breve pero decisivo— el mural deja de ser pared.