La muñeca de San Judas: la historia que llevaba más de veinte años esperando contar

 

Quiero compartir con ustedes el nacimiento de mi nueva novela, una historia que comenzó mucho antes de que escribiera su primera página y que, el próximo 28 de octubre, dejará de pertenecerme solamente a mí.

Hay noticias que uno desea compartir de inmediato. Otras necesitan tiempo, quizá porque todavía cuesta creer que aquello que comenzó como una idea, una inquietud o una pregunta sin respuesta haya terminado por convertirse en algo que podemos sostener entre las manos. Hoy quiero contarles una de esas noticias, pero antes necesito regresar a ciertos recuerdos de mi vida que, sin saberlo entonces, terminaron por encontrar un lugar en las páginas de una novela.

Cuando era muy joven y comenzaba a ejercer el periodismo en Venezuela, conocí el caso de una niña que había sufrido abusos por parte de su propio padre. Según la información que conocí entonces, el caso quedó impune. Recuerdo que aquella historia me produjo una impresión difícil de explicar. Me preguntaba qué podía ocurrir en la conciencia de una niña cuando la persona que debía protegerla se convertía en la causa de su sufrimiento. También me inquietaba pensar en las historias que nunca llegábamos a conocer, en las denuncias que se apagaban y en las vidas que continuaban después de una injusticia sin que nadie volviera a preguntar por ellas.

Han pasado más de veinte años y todavía conservo aquel recuerdo. No sé cuántas veces regresó a mi pensamiento durante todo este tiempo. Lo que sí sé es que, cuando comencé a construir La muñeca de San Judas, comprendí que algunas experiencias permanecen con nosotros hasta que encontramos una manera de darles sentido.

Así nació parte de Candelaria, la protagonista de mi novela. No quise reproducir aquel caso real ni apropiarme de la historia de esa niña. Imaginé a otra, nacida en la Caracas de finales del siglo XVIII, dentro de una familia mantuana que considera su existencia una vergüenza y decide mantenerla oculta. Quise que fuera ciega porque me interesaba explorar cómo una persona podía comprender la crueldad sin haber visto jamás el rostro de quienes la ejercían.

Candelaria reconoce a las personas por sus pasos, por el olor de sus ropas, por la manera en que respiran cuando se acercan. Aprende a distinguir una mano que acaricia de otra que amenaza. Y, mientras escribía sobre ella, descubrí que su verdadera tragedia no estaba únicamente en la ceguera, sino en el rechazo de quienes podían verla y habían decidido ignorarla.

La casa de los Del Valle

Quienes me han acompañado durante la escritura saben que La muñeca de San Judas es una novela histórica ambientada en Caracas entre 1798 y 1812. Sin embargo, aunque en sus páginas aparecen acontecimientos decisivos para Venezuela, buena parte de la historia transcurre dentro de una casa.

Allí vive Sebastián del Valle, un hombre poderoso, defensor de la Corona española y de las jerarquías que sostienen su posición social. Su autoridad alcanza a su esposa, a sus hijos y a las personas esclavizadas que trabajan para la familia. Ramón de Jesús, su hijo, ha aprendido a reconocer en ese poder una forma de relacionarse con los demás.

Doña Eugenia, en cambio, me obligó a enfrentar preguntas mucho más difíciles. Es una mujer sometida a su marido, educada para obedecer y profundamente condicionada por sus creencias religiosas. Pero también es una madre que participa, desde su silencio y sus decisiones, en el sufrimiento de su hija. Mientras la escribía, me resistía a convertirla en una mujer completamente malvada o absolutamente inocente. Me interesaba esa región incómoda del comportamiento humano donde alguien puede ser víctima de una injusticia y, al mismo tiempo, permitir que otra persona la padezca.

Y está Dionisia, una mujer negra esclavizada que se convierte en el principal refugio de Candelaria. No tiene riquezas ni autoridad, pero encuentra maneras de protegerla. A través de ella quise explorar una forma de resistencia que muchas veces ocurre lejos de los grandes acontecimientos: la de quien cuida una vida cuando los demás han decidido abandonarla.

A su alrededor aparecen Bartolomé, Tomasa, Jacinta, Josefa del Carmen y otros personajes que fueron adquiriendo su propia voz. Con algunos sentí ternura; otros me provocaron indignación. Hubo momentos en que sus decisiones me obligaron a revisar lo que creía saber de ellos.

La historia que escuchaba en mi casa

Mi interés por la historia de Venezuela comenzó mucho antes de esta novela. Mi madre es profesora de Historia y Ciencias Sociales, y durante mi infancia en Yaracuy crecí rodeado de libros y de sus relatos sobre los acontecimientos que dieron forma a nuestro país. En casa se hablaba de la Colonia, de la independencia, de los personajes que habían participado en aquellos procesos y de las transformaciones que experimentó la sociedad venezolana.

Me gustaba escucharla. Pero, conforme fui creciendo, empecé a hacerme preguntas que no siempre encontraban respuesta en las páginas de los libros. ¿Qué ocurría con las personas que no participaban en las decisiones políticas? ¿Cómo vivían quienes trabajaban para las grandes familias? ¿Qué significaba hablar de libertad en una sociedad donde todavía existía la esclavitud?

Muchas de esas inquietudes me acompañaron hasta que, durante mi Máster en Escritura Creativa en la Universidad Internacional de La Rioja, en España, decidí desarrollar esta historia como mi Trabajo de Fin de Máster.

Para escribirla tuve que investigar una Caracas que ya no existe. Me interesaba conocer las costumbres domésticas, la alimentación, la vestimenta, los oficios, las formas de tratamiento, las relaciones entre las clases sociales y el peso de la Iglesia en la vida cotidiana. También estudié los acontecimientos del 19 de abril de 1810, la declaración de independencia del 5 de julio de 1811 y el terremoto del 26 de marzo de 1812.

Quería comprender cómo esos sucesos pudieron transformar la vida de personas que no necesariamente tenían participación en las decisiones de su tiempo. La independencia fue un acontecimiento extraordinario, pero sus ideales no alcanzaron de inmediato a todos los habitantes de aquella sociedad. Mientras algunos discutían la ruptura con España, otros continuaban sometidos a las mismas relaciones de poder que habían conocido desde su nacimiento.

No escribí esta novela para cuestionar la importancia de nuestra independencia, sino para acercarme a sus contradicciones humanas. La historia nos permite conocer lo que ocurrió; la literatura nos ofrece la posibilidad de imaginar cómo pudieron vivirlo quienes no dejaron testimonios.

Las creencias que también heredé de Yaracuy

Hay otra parte de esta novela que tiene mucho que ver con el lugar donde nací.

Quienes conocen Yaracuy saben que en nuestra tradición cultural conviven las devociones religiosas, las creencias populares, la brujería y los relatos de acontecimientos que parecen escapar a cualquier explicación. Crecí escuchando historias de aparecidos, de promesas, de favores concedidos por los santos y de experiencias que los mayores contaban con una naturalidad que hoy todavía recuerdo.

No puedo separar completamente esas creencias de mi manera de imaginar el mundo. Por eso, en La muñeca de San Judas, la religiosidad católica y lo sobrenatural forman parte de la vida de los personajes. Algunas cosas ocurren ante sus ojos; otras permanecen en el territorio de la duda. Me gusta pensar que el lector podrá decidir qué explicación darles, si es que desea encontrar alguna.

También quise que la música tuviera un lugar dentro de la experiencia de lectura. Por eso, el libro incorpora códigos QR mediante los cuales podrán escuchar determinadas piezas relacionadas con la narración. Cuando un vals aparezca en una escena, tendrán la posibilidad de escucharlo mientras leen.

Entre esas piezas se encuentra “Duerme, lucerito”, un arrullo que escribí e interpreté, con música de mi tío Adelmo Barrios, autor del Himno del Deporte de Venezuela y del Himno de Cocorote. Incorporarlo tiene para mí un significado especial, pues reúne la escritura con una parte de nuestra memoria familiar. No es necesario escuchar la música para comprender la historia, pero me hacía ilusión ofrecerles esa posibilidad: que, por un instante, las palabras también pudieran tener sonido.Lo que significa escribir sobre Venezuela desde lejos

Vivir fuera de Venezuela ha transformado mi relación con el país. La distancia me ha permitido reconocer cosas que antes daba por sentadas, aunque también me ha enfrentado a una preocupación: la facilidad con que el dolor de nuestra historia reciente puede convertirse en rechazo hacia todo lo que nos identifica.

He pensado mucho en la endofobia, en esa actitud que lleva a algunas personas a despreciar sus propios orígenes. Comprendo el desencanto de quienes han sufrido, perdido oportunidades o tenido que abandonar su tierra. Yo también conozco lo que significa empezar de nuevo lejos del lugar donde nací. Pero me preocupa que terminemos confundiendo nuestras desgracias contemporáneas con la totalidad de lo que somos.

Venezuela tiene una historia que merece ser conocida, discutida y comprendida, incluso en sus episodios más dolorosos. No necesitamos idealizarla para reconocer que nos pertenece.

Me gustaría que La muñeca de San Judas pudiera llegar a lectores de distintos países, pero también a esos venezolanos que han construido su vida lejos de casa y a sus hijos, algunos de los cuales conocen nuestra tierra principalmente a través de los recuerdos familiares. Quizá esta novela pueda despertarles la curiosidad por una parte de nuestra historia que todavía tiene mucho que decirnos.

La primera vez que Candelaria salió de mis páginas

El pasado 18 de octubre viví un momento que guardaré con especial cariño. Tuve la oportunidad de presentar públicamente por primera vez algunos fragmentos de La muñeca de San Judas durante el encuentro Palabra, Imagen y Escena, celebrado en Terraza 7, en Nueva York.

Compartir aquellas páginas con escritores y asistentes de distintas nacionalidades fue una experiencia que me conmovió. Durante mucho tiempo, los personajes habían vivido únicamente en mis apuntes, en mi computadora y en las conversaciones con las personas más cercanas. De pronto, escuchaba sus nombres en voz alta frente a lectores que comenzaban a conocerlos.

Confieso que sentí nervios. Una cosa es escribir las desgracias de los personajes desde la tranquilidad de una habitación y otra muy distinta es encontrarse frente a un público para hablar de ellos. Pero también sentí una alegría difícil de describir: la de comprender que aquella historia estaba preparada para salir al encuentro de otras personas.

El próximo 28 de octubre de 2026, día de San Judas Tadeo, será publicada La muñeca de San Judas.

He elegido compartir esta noticia con ustedes porque muchos han formado parte de mi camino, incluso sin saberlo. Algunos me han acompañado desde mis primeros intentos de escritura; otros llegaron a través de El rufián, de mis entrevistas, de los proyectos editoriales o de las conversaciones que hemos sostenido alrededor de los libros.

A través de carlosluisbarrios.com también he tenido la oportunidad de acompañar gratuitamente a otros escritores. Quiero seguir ofreciendo ese espacio, especialmente a mis paisanos yaracuyanos que tengan textos y deseen compartirlos con nuevos lectores. Cada propuesta de publicación será atendida con criterio editorial profesional, porque creo que una historia merece ser escuchada y también recibir el cuidado necesario antes de llegar al público.

Y ahora que mi propia novela está a punto de publicarse, pienso nuevamente en aquella pregunta que me acompañó durante tantos años: ¿qué ocurre con las personas cuya historia nadie escucha?

A unos les levantaron estatuas. Otros conservaron sus apellidos en los libros. Pero también existieron quienes no dejaron testimonio porque nunca tuvieron la posibilidad de contar lo que habían vivido.

Yo quise escribir sobre esos otros.

A mis amigos, a mi familia y a quienes me leen desde cualquier lugar del mundo: gracias por acompañarme hasta aquí. Dentro de pocos días conocerán a Candelaria, a Dionisia y a los habitantes de una Caracas que he intentado reconstruir con respeto, imaginación y muchas preguntas.

Después de tanto tiempo viviendo conmigo, sus historias comenzarán a pertenecer también a ustedes.

Con cariño,

Carlos Luis Barrios

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