Por Carlos Luis Barrios
Cuando terminó La bola negra, el público aplaudió. En la sala del Paris Theater de Manhattan, aquel sonido nos devolvió poco a poco al lugar donde estábamos. Durante la película habíamos seguido a unos hombres separados por las épocas y unidos por algo que se parecía demasiado: la dificultad de encontrar un sitio donde vivir sin tener que esconder una parte de sí mismos. Mientras escuchaba los aplausos, pensé en las familias a las que pertenecían, en quienes los habían querido, en todo lo que sus vidas habían dejado sin explicar. Hay historias que terminan en una pantalla y continúan después, cuando uno empieza a reconocerlas fuera del cine.
La primera imagen que se me quedó fue la de Sebastián trepando por la escultura del santo que lleva su nombre. Entre la destrucción, el muchacho busca apoyo en las flechas que atraviesan aquel cuerpo. Me impresionó la escena, su composición, la belleza inquietante de un hombre que consigue sostenerse en las heridas de otro. Más adelante, cuando supe lo que Sebastián tendría que vivir y guardar, regresé mentalmente a ese instante. Había algo de su destino en aquel esfuerzo por encontrar dónde poner las manos mientras todo se derrumbaba.
Desde allí me dejé conducir por la escenografía, por los espacios que Javier Calvo y Javier Ambrossi construyen para alojar el deseo, el miedo y la celebración. Me gustó que la película se permitiera esa abundancia visual, que hubiera lugar para el espectáculo incluso dentro de una historia tan dolorosa. La aparición de Penélope Cruz me produjo una alegría inmediata. Quería seguir mirándola. Su personaje trae consigo una libertad que parece ensanchar la escena: durante un momento, el cuerpo puede mostrarse, la voz puede ocuparlo todo, la vida puede entregarse al placer de estar allí. Y nosotros, que conocemos el curso de la historia, miramos esa libertad con el temor de quienes saben que puede acabarse.
Esa inquietud va acercándonos a Sebastián y Rafael hasta que la película nos deja junto a ellos, pendientes de lo que todavía pueden decirse. Cuando Sebastián comprende que van a fusilar a Rafael, la espera se vuelve insoportable. El hombre sigue delante de él; puede escucharlo, atenderlo, recibir lo que le confía. Sin embargo, alguien ya ha decidido que no habrá después. Me dolió esa forma de empezar a perder a una persona mientras aún está viva, cuando todavía parece posible hacer algo y cada minuto vuelve más evidente la impotencia.
En esa cercanía encontré el centro emocional de la película. Me conmovieron el compromiso de Sebastián y ese afecto que debe crecer entre el desconcierto y la amenaza. Hay una confianza que se entrega deprisa porque el tiempo escasea, una responsabilidad que pasará de unas manos a otras. También queda la posibilidad de un amor que apenas alcanza a reconocerse. Pensé en lo poco que se les permite averiguar: cómo habría sido encontrarse en otra circunstancia, conversar sin vigilancia, conocerse sin que cada gesto tuviera el peso de una despedida.
Entonces los versos de Lorca encuentran un lugar entre ambos:
Tú nunca entenderás lo que te quiero
porque duermes en mí y estás dormido.
Escucharlos en La bola negra me acercó a la intimidad de El amor duerme en el pecho del poeta. Antes de convertirse en un texto que otros leeríamos, hubo alguien intentando decirle a otro cuánto lo quería. Esa sencillez humana me acompañó durante el resto de la película: detrás del autor al que admiramos hubo un hombre que necesitó ser correspondido, que tuvo sus incertidumbres y que imaginó una vida. Recordar a García Lorca desde ahí hizo más dolorosa su ausencia. Como escritor pensé en sus páginas pendientes; como hombre, en todas las mañanas que le faltaron.
Pero la película sigue avanzando y lleva esa ausencia hasta otros vínculos, otras casas, otras maneras de heredar lo que alguien no pudo contar. Allí se abrió para mí su dimensión familiar. Una persona puede crecer con una explicación incompleta de quienes la precedieron y organizar sus afectos alrededor de esa falta. Lo que para uno fue una huida puede haber sido vivido por otro como abandono. Entre ambas experiencias caben años de resentimiento, preguntas que nadie hizo y respuestas que llegaron cuando ya no estaba quien debía escucharlas.
Me interesa observar cómo las personas aprenden a comportarse dentro de sus familias: qué pueden decir, cuándo conviene callar, qué nombre se evita para mantener tranquila una conversación. La bola negra me hizo pensar en esa educación silenciosa. A veces basta una reacción en la mesa, una broma repetida o el modo en que alguien cambia de tema para que un muchacho comprenda qué parte de su vida tendrá que reservarse. Después pasan los años y los demás se preguntan por qué cuenta tan poco, por qué se aleja, por qué nunca termina de sentirse en casa.
La historia de Carlos prolonga esa pregunta fuera de la familia. Su deseo de pertenecer tropieza con personas que se atribuyen la facultad de aceptarlo o excluirlo. Mirándolo, pensé en el cansancio de tener que demostrar una y otra vez que se merece estar donde están los demás. Las épocas cambian, y con ellas las formas del rechazo. Algunas se vuelven menos explícitas, aprenden modales, se presentan como preocupación o costumbre. Quien las recibe sigue teniendo que decidir cuánto de sí mismo puede mostrar sin perder un afecto, un trabajo o un lugar.
Por eso el diálogo de la película con nuestro tiempo me parece tan necesario. Hoy existen derechos que han permitido a muchas personas construir una familia y vivir su relación con reconocimiento y protección. Esas conquistas llegan hasta lo cotidiano: poder nombrar a la pareja, compartir una celebración, hacer planes sin tener que inventar una explicación. También necesitan arraigar en las relaciones humanas, allí donde una ley convive con una mirada de desaprobación o con un silencio que todavía castiga. Agradecer lo conseguido exige prestar atención a su fragilidad.
Más adelante, Lorca vuelve a acompañarnos con Pequeño poema infinito:
Equivocar el camino
es llegar a la nieve.
La nieve terminó por reunir para mí las vidas que la película había ido acercando. Y la canción, La nieve, prolongó esa emoción de una manera que me encantó. Quise seguir escuchándola, quedarme un poco más con aquellos hombres antes de regresar a mis asuntos. Había algo profundamente familiar en el deseo de retenerlos: cuando una historia nos importa, cuesta aceptar que debemos dejar a sus personajes en el lugar donde los encontramos.
El aplauso llegó con esa dificultad todavía dentro. Lo escuché como una respuesta compartida a lo que acabábamos de ver. Después pensé que la película también nos devolvía una tarea pequeña y cercana: escuchar mejor a quienes tenemos al lado, preguntar por lo que nunca se cuenta, procurar que alguien pueda llegar a casa sin preparar antes una versión aceptable de su vida.
Quedaba, además, la advertencia que resuena hacia el final, ese eco de Lorca que atraviesa los años y alcanza nuestra butaca. La llevé conmigo al pensar en los derechos conquistados, en las familias que todavía tienen conversaciones pendientes y en la facilidad con que podemos acostumbrarnos al sufrimiento ajeno. Los aplausos habían terminado. La frase seguía allí:
«¡Mira que nos acechan todavía!
