Estamos cansados, pero no sabemos de qué

No es el trabajo. No es la edad. No es el país. Es algo más evidente… y más difícil de decir.

Hay un cansancio que no se cura durmiendo ni cambiando de rutina. Es un desgaste más profundo, difícil de explicar y todavía más complicado admitir. Este texto recorre ese cansancio invisible que atraviesa al migrante, al estudiante, al adulto y al joven: una forma de fatiga emocional que no siempre entendemos, pero que todos, en algún punto, estamos sintiendo.

Anoche terminé mi turno de trabajo con esa sensación que ya conozco demasiado bien: el cuerpo funcionando, pero la cabeza en otro sitio. Recogí mis cosas, para ir a casa, respondí preguntas, sonreí cuando tocaba sonreír, hice todo lo que se supone que hay que hacer para que el día cierre en orden. Nadie notó nada extraño. Yo tampoco, al principio. Pero cuando salí a la calle y el frío me golpeó la cara, entendí que no estaba cansado como otras veces. No era agotamiento físico. Era otra cosa, más lenta, más pesada, como si viniera acumulándose desde hace tiempo como el sucio de las uñas y sin pedir permiso.

Caminé unas cuadras sin apuro, mirando a la gente pasar con esa rapidez que tiene Nueva York incluso de noche. Todos iban hacia algún lugar, o al menos eso parecía. Yo también. Pero había algo incómodo en ese movimiento, como si avanzar no estuviera resolviendo nada. Me detuve frente a una vitrina apagada y me vi reflejado. No pensé “qué día tan largo”. Pensé algo peor: ¿de qué exactamente estoy cansado?. Y no supe responderme.

La vida que se sostiene, no la que se vive

Hoy, en medio del turno, un cliente me preguntó cómo estaba. No fue una pregunta profunda, ni siquiera parecía interesado en la respuesta. Era una cortesía automática, de esas que se dicen sin pensar. Yo respondí lo mismo de siempre: “todo bien”. Lo dije rápido, sin analizar demasiado, esa persona seguía en lo suyo. Él asintió, continuo hablando con su acompañante, y la escena se cerró ahí, como si nada hubiera pasado.

Minutos después me quedé pensando en esa respuesta. No porque fuera falsa, sino porque ya no sabía qué significaba. “Todo bien” se había convertido en una forma de evitarme a mí mismo, en una frase útil para seguir funcionando sin tener que explicar lo que no termino de entender. Y lo más inquietante no fue haberla dicho. Fue darme cuenta de que la digo todos los días, en distintos contextos, a distintas personas, sin detenerme a comprobar si es verdad.

No es mentira. Tampoco es honestidad. Es otra cosa: una forma eficiente de seguir adelante sin abrir ninguna puerta incómoda. Porque cuando uno se detiene demasiado en lo que siente, corre el riesgo de tener que hacer algo con eso. Y no siempre estamos listos para eso. Entonces uno responde, sonríe, continúa. Y el día sigue. Pero algo por pequeño, casi imperceptible, se va quedando atrás.

El cansancio que dejó de ser evidente

Cuando éramos niños, el cansancio tenía lógica. Corríamos, jugábamos, nos caíamos, y el cuerpo pedía descanso de forma honesta. Dormir era suficiente. Al día siguiente, todo volvía a empezar con una claridad que hoy parece lejana. Había una relación directa entre lo que hacíamos y lo que sentíamos. No había demasiadas capas entre la experiencia y la emoción.

Ahora no es así. El cansancio aparece incluso cuando el día ha sido “normal”. No siempre está ligado a un esfuerzo concreto. A veces llega después de cumplir con todo, de hacer lo correcto, de no cometer errores. Y eso es lo que desconcierta. Porque no sabemos dónde ubicarlo. No hay una causa evidente, y por lo tanto, tampoco hay una solución clara. Lo que no se entiende, no se resuelve. Se arrastra dicen mis mentores.

Migrar también es desgastarse por dentro

Hay un tipo de cansancio que se intensifica cuando cambias de país, pero no nace ahí. Migrar lo expone. Porque no se trata solo de aprender nuevas reglas, adaptarse a otros códigos o empezar desde cero en lo profesional, con dinámicas que no conocías. Es algo más íntimo: la necesidad constante de explicarte, de traducirte, de ajustar quién eres para encajar en un contexto que no te reconoce de entrada, y probablemente tampoco a la salida.

Esa adaptación permanente tiene un costo. No siempre se ve, pero se siente. Es la diferencia entre ser espontáneo y ser calculador, entre hablar con soltura y medir cada palabra. El migrante no solo extraña un lugar; extraña la versión de sí mismo que no necesitaba justificarse, ni traducirse. Y esa tensión, sostenida en el tiempo, cansa de una forma que no siempre se puede explicar en una conversación casual.

La productividad: ¿refugio o trampa?

En medio de ese cansancio difuso, aparece una salida aparente: mantenerse ocupado. Llenar la agenda, sumar tareas, multiplicar objetivos. Trabajar más, estudiar más, hacer más, dejar de existir para ti y dedicarle a otros, dar lo que algunas personas no merecen desgastándote, pudiendo darte todo ese cariño. Durante un tiempo funciona, porque da la sensación de control. Una vez leí, que el movimiento reemplaza a la reflexión, y eso alivia, al menos superficialmente.

Pero el efecto no dura. Porque el cansancio del que hablamos no viene del exceso de actividad, sino de la falta de sentido. Y eso no se resuelve con más acción. Se posterga. Se tapa. Se disfraza. Hasta que vuelve a aparecer, generalmente en los momentos de silencio, cuando ya no hay nada que distraiga. Ahí es donde se vuelve incómodo de verdad.

El momento que evitamos

Hay un instante del día que muchos conocen, aunque no lo nombren. Suele ser en la noche, cuando todo se apaga y no queda nada urgente por hacer. No hay ruido, no hay exigencias inmediatas, no hay distracciones impostergables. Y en ese vacío aparece una incomodidad difícil de describir. No es tristeza clara, tampoco es ansiedad definida. Es una especie de inquietud que no tiene forma precisa, pero ocupa espacio.

La reacción más común es evitarla. Encender algo, revisar el teléfono, buscar cualquier estímulo que impida quedarse ahí. Porque quedarse implica escuchar. Y escuchar implica preguntarse cosas que no siempre queremos responder. Pero ese es el punto exacto donde el cansancio empieza a tener sentido. No cuando lo evitamos, sino cuando lo enfrentamos.

Volver a uno mismo, aunque incomode

No hay una fórmula elegante para salir de esto. No hay una lista de pasos que garantice claridad. Lo que sí hay es una posibilidad, incómoda pero necesaria: detenerse lo suficiente como para dejar de actuar en automático. Eso implica revisar decisiones, cuestionar rutinas, aceptar que algunas cosas que parecían firmes ya no lo son tanto.

A veces el cansancio no es señal de debilidad, sino de desalineación. Es el cuerpo, o algo más,  indicando que hay una distancia entre la vida que se está viviendo y la vida que se necesita. Y esa distancia no se reduce con descanso físico. Se reduce con ser honesto con uno mismo, obviamente, no es cómodo para uno mismo, pero que suele ser el único punto de partida real.

Por eso, a ustedes, querid@s lector@s, amig@s migrantes: tal vez no estamos cansados del trabajo, ni de la ciudad, ni de las personas que nos rodean. Tal vez estamos cansados de sostener una vida que, poco a poco, dejó de pertenecernos. Y apenas hace unos días descubrí que esto no se resuelve con un fin de semana libre ni con un cambio superficial. Probablemente, si es que se resuelve, sea teniendo el valor de detenerse y preguntarse, sin distracciones y sin excusas, en qué momento empezamos a vivir en automático y dejamos de escucharnos por atender todo el ruido que hay afuera.

Porque hay una diferencia que casi nadie explica, pero todos sienten tarde o temprano. Como dice el cantautor Alejandro Sanz: “No es lo mismo ser que estar, no es lo mismo estar que quedarse… Tampoco es igual que parar… no es lo mismo… No gana el que tiene más ganas, no sé si me explico, porque no es lo mismo conformarse a pelear. No es lo mismo, es distinto… vivir es lo más peligroso que tiene la vida…”.

Y la verdad es que no es lo mismo estar presente en tu propia vida… que vivirla por ti mismo.

¿En qué momento empezaste a decir “todo bien”… sin saber si era verdad?

Comparte este artículo

1 comentario en “Estamos cansados, pero no sabemos de qué”

  1. Gladys Indira Rodríguez

    De verdad que como me identifico con tus palabras, no he podido dejar de leer ni un momento y decir como podemos muchos sentirnos de la misma manera …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio