Gisela Fontainés: memoria, exilio y el oficio de sostener la palabra

Gisela Fontainés, periodista y escritora venezolana

Escribir para no desaparecer

Llegó a la escritura siendo casi una adolescente y lo hizo sin imaginar que aquella terapia silenciosa terminaría convirtiéndose en una forma de vida. Periodista, escritora y autora de manuales para escritores, Gisela Fontainés ha construido una comunidad alrededor de la palabra mientras lidia con el peso del exilio, la disciplina del oficio y la responsabilidad de acompañar a otros en el camino de publicar. En esta conversación, habla sin artificios sobre migración, éxito editorial y la necesidad de escribir incluso cuando el mundo parece desmoronarse.

Origen silencioso

La historia de Gisela Fontainés con la escritura no comienza con un plan de carrera ni con una vocación anunciada. Inicia, como tantas historias auténticas, con una necesidad íntima. Tenía apenas dieciséis o diecisiete años cuando empezó a coquetear con la poesía. No era una ambición literaria ni una búsqueda de reconocimiento; era algo más elemental, casi instintivo. Escribir era una forma de ordenar emociones, de comprender lo que pasaba dentro de ella, incluso encontrar refugio en medio del ruido cotidiano. “Comencé con la poesía como terapia”, me dice durante la conversación.

Y la palabra “terapia” aparece sin dramatismo, como una constatación natural de quien encontró en la escritura una manera de respirar.

Detrás de ese primer acercamiento también había una historia familiar que quizás explica más de lo que parece. Su padre fue poeta. Nunca llegó a publicar, pero disfrutaba profundamente del acto de escribir y dejó incluso una novela guardada entre papeles que Gisela aún conserva. Esa herencia silenciosa no fue una presión ni una guía explícita; más bien significó una presencia constante, una sombra amable que le recordaba que la literatura podía habitar la vida cotidiana. Cuando recuerda esos años, lo dice con una mezcla de nostalgia y sorpresa, como si todavía le costara creer que aquel gesto adolescente terminaría marcando su destino.

En esos días, la idea de escribir un libro le parecía casi imposible. Leía mucho, devoraba páginas, pero los libros le parecían objetos descomunales, construcciones demasiado grandes para alguien común. Recuerda haberlo comentado con sus primos: aquellos volúmenes extensos parecían escritos por una élite inaccesible. “Yo decía que la gente que escribía libros debía ser gente privilegiada”, cuenta entre risas. Sin embargo, incluso en esa percepción ingenua ya estaba sembrada una inquietud: algún día quería escribir uno. O tal vez abrir una librería. Sin darse cuenta, la literatura ya había encontrado un lugar permanente en su vida.

Vocación inesperada

El periodismo fue su último cartucho

Lo curioso es que el periodismo no estaba en sus planes. Durante mucho tiempo imaginó que estudiaría medicina. Esa era la dirección que veía para sí misma, la identidad profesional que había construido en su mente desde la adolescencia. Sin embargo, cuando finalmente llegó el momento de elegir carrera, el camino tomó un giro inesperado. El periodismo apareció como una opción tardía, casi accidental. Ella misma lo describe con una frase reveladora: fue “el último cartucho”.

Lo que ocurrió después cambió completamente su perspectiva. Una vez dentro del periodismo descubrió algo que hasta entonces no sospechó: había encontrado su lugar natural. La intensidad de la investigación, la posibilidad de narrar la realidad y la responsabilidad de observar el mundo con atención la atraparon por completo. Hoy lo dice con convicción absoluta: si tuviera que vivir otra vida, volvería a ser periodista. No es una frase retórica. Es la certeza de alguien que ha comprendido su vocación a través de la experiencia.

Esa pasión también explica la manera en que vive su trabajo. El periodismo, para ella, no es simplemente una profesión; es una forma de estar en el mundo. Implica curiosidad permanente, capacidad de observación y una disposición constante a escuchar historias ajenas. En la conversación se percibe esa energía particular que tienen los periodistas que realmente aman su oficio. Hay una intensidad natural en su forma de narrar y una honestidad directa que evita cualquier tono impostado.

La marca del exilio

La migración introdujo un capítulo completamente distinto en su historia personal y profesional. Gisela Fontainés llegó a Estados Unidos después de haber sido perseguida políticamente en

Ha sido reconocida por su labor filantrópica y apoyo a la comunidad hispana

Venezuela. Aquella experiencia no solo transformó su vida, también cambió su mirada como periodista y como escritora. El exilio es, inevitablemente, un proceso de reconfiguración emocional. La distancia obliga a reinterpretar el pasado y a construir una nueva relación con la identidad.

Cuando le pregunto si migrar cambió su forma de escribir, responde con una reflexión que combina experiencia personal y observación profesional. La migración, dice, transforma la mirada de cualquier persona, pero en el caso de un periodista ese cambio es aún más profundo. El exilio obliga a mirar el país desde otra perspectiva, a comprender la distancia y a confrontar el dolor de ver cómo se construyen narrativas sobre la propia tierra.

En ese contexto nació uno de sus proyectos más personales: un blog llamado Rostros del exilio. A través de ese espacio comenzó a narrar historias de venezolanos que habían dejado su país. No fue una iniciativa pensada desde el marketing ni desde la estrategia editorial. Fue una respuesta emocional. “Me dolía muchísimo lo que se comenzaba a decir de nosotros como país”, explica. Sentía que muchas de esas narrativas no representaban a las personas que ella conocía. Entonces decidió escribir. Y al hacerlo volvió a descubrir algo que ya había aprendido en la adolescencia: escribir también puede ser una forma de sanar.

Disciplina creativa

En algún momento de la conversación le pregunto qué significa para ella ser escritora más allá del libro publicado. La respuesta revela una visión muy íntima del oficio. Para Gisela Fontainés, es una conexión profunda entre pensamiento y emoción, entre la mente y el alma. Habla de la escritura como una sinapsis entre la pluma y el papel, un proceso invisible donde se revelan aspectos de uno mismo que no aparecen en ninguna otra actividad.

Sin embargo, esa dimensión casi espiritual convive con una disciplina muy concreta. La inspiración puede aparecer en ciertos momentos —sobre todo cuando escribe poesía—, pero también hay largos períodos de bloqueo creativo. Cuando eso ocurre, lo vive con intensidad. “Cuando se me tranca la escritura sufro”, confiesa. Esa honestidad es importante porque desmonta el mito romántico del escritor permanentemente inspirado.

La solución, dice, es la disciplina. En este momento está retomando un libro de poesía que había dejado en pausa y ha tomado una decisión radical: aislarse durante varios meses para poder concentrarse. Les ha advertido a sus amigos que no la verán durante ese tiempo. La meta es sencilla y exigente al mismo tiempo: escribir una página diaria. Incluso cuando el resultado no le gusta. Aún cuando la musa parece ausente. Esa persistencia, reconoce, es una parte fundamental del oficio.

Enseñar a escribir

Además de escribir, Gisela Fontainés acompaña a otros en el proceso de crear y publicar libros. En su caso, esa actividad surge de una combinación de vocación y pragmatismo. Después de haber recorrido su propio camino como autora, comprendió que podía compartir ese conocimiento con otros. También entendió que ese acompañamiento podía convertirse en un modelo de negocio legítimo dentro del mundo editorial.

Durante la conversación explica que muchas personas desean escribir, pero pocas se atreven a dar el primer paso. El obstáculo principal no suele ser la falta de herramientas ni de conocimiento técnico. Es algo mucho más profundo: la inseguridad personal. “El error más común es no creer en uno mismo”, afirma con claridad. Hoy existen numerosas herramientas tecnológicas que facilitan el proceso de escritura, pero ninguna de ellas puede reemplazar la confianza necesaria para comenzar.

Cuando le planteo la pregunta que muchos aspirantes a escritores se hacen —si realmente se puede enseñar a escribir—, su respuesta combina realismo y optimismo. Para ella, lo fundamental es empezar. La práctica constante es la única manera de desarrollar una voz propia. Publicar un libro, insiste, no garantiza lectores ni reconocimiento inmediato. La escritura es un proceso que exige paciencia, constancia y trabajo.

Mitos del éxito

«Escribe y publica tu libro» y un libro de colorear lanzado en 2025 que se convirtió en uno de los más vendidos en Amazon

La conversación también aborda un tema delicado: el éxito editorial. En el imaginario de muchos escritores principiantes existe la idea de que publicar un libro es el punto culminante del proceso. Sin embargo, la realidad suele ser más compleja. Fontainés lo explica sin rodeos. Tener un libro no significa que se venderá. El mercado editorial es exigente y la visibilidad se construye lentamente.

Le pregunto qué cambió en su vida cuando uno de sus libros alcanzó la categoría de best seller. Su respuesta no habla de celebridad ni de reconocimiento público. Habla de responsabilidad. Cuando un libro logra cierta visibilidad, explica, el compromiso con los lectores se vuelve más grande. Es necesario mantener la calidad del trabajo y conservar los pies en la tierra.

También introduce un matiz interesante. Aunque cree firmemente en la disciplina y el esfuerzo cotidiano, reconoce que el éxito también puede contener una dosis de bienestar. No se trata de negar el trabajo personal, sino de aceptar que la trayectoria de un libro depende de múltiples factores. Lo importante, insiste, es seguir trabajando con constancia.

Memoria y escritura

En uno de los momentos más reflexivos de la entrevista surge el tema de la memoria. Le pregunto qué se pierde cuando las experiencias no se escriben. La respuesta revela su relación cotidiana con la palabra. Gisela mantiene libretas, notas en el teléfono, archivos en la computadora y espacios digitales donde registra ideas. A veces se despierta en la madrugada con una palabra en la mente y sabe que debe anotarla inmediatamente si no quiere que desaparezca.

Esa relación constante con la escritura también incluye un diálogo activo con su comunidad. En redes sociales suele pedir palabras o frases a sus lectores y a partir de ellas construye poemas. Es una forma de recordar que la literatura no tiene por qué ser un ejercicio solitario. Puede convertirse en un espacio de intercambio creativo.

Cuando le pregunto qué le gustaría que entendiera alguien que encontrara sus libros dentro de muchos años, su respuesta vuelve a la dimensión humana de la escritura. No le preocupa el número de lectores. Lo que realmente le importa es conectar con personas concretas. “Si conecto con una sola persona ya es suficiente”, dice. Para ella, la escritura adquiere sentido cuando logra acompañar a alguien en un momento difícil.

Sigue a la periodista en IG: @giselafontaines

Escribir con libertad

En la parte final de la conversación aparece un tema inevitable en el mundo contemporáneo: la inteligencia artificial. Fontainés reconoce que estas herramientas pueden ser útiles, pero advierteque también existe el riesgo de que la abundancia de contenido diluya el deseo auténtico de escribir. La tecnología puede facilitar el proceso, pero la voz personal sigue siendo insustituible.

Antes de despedirnos le pido un consejo para quienes sienten el impulso de escribir pero todavía no se atreven a hacerlo. La respuesta es tan práctica como inspiradora. Recomienda escribir todos los días, incluso si solo se trata de unas pocas líneas. Un ejercicio que aprendió de su mentor y que consiste en vaciar las ideas en el papel apenas comienza el día. Escribir sin juzgar, sin corregir, sin miedo.

La lógica es simple y poderosa. Diez líneas al día pueden convertirse en un capítulo al mes. Y un capítulo al mes puede transformarse en un libro al cabo de un año. Lo importante es comenzar. Creer en la propia voz. Y prepararse para enfrentar críticas, dudas y obstáculos.

La conversación termina con una idea que resume su filosofía de vida. La escritura no es únicamente un proyecto profesional. Es una manera de vivir con intensidad. De no renunciar a los sueños. De seguir adelante incluso cuando el camino se vuelve difícil.

Porque al final, escribir no es solo narrar historias. Es una forma de ejercer la libertad.

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